Canino

Título: Canino (Kynodontas)
País y año: Grecia, 2009
Dirección: Giorgos Lanthimos
Intérpretes: Christos Stergioglou, Michele Valley, Aggeliki Papoulia
Guión: Efthymis Filippou, Giorgos Lanthimos
Cartel de Canino

Ha pasado ya un cierto tiempo desde que vi la joya griega Canino y aún no me he sobrepuesto a sus implicaciones. Todavía me sorprendo a mí mismo pensando profundamente en todas las cosas que me fueron sugeridas durante aquellos 94 minutos. Y es que no es para menos, porque, en un mundo como éste en el que cada vez es más difícil encontrar historias originales y planteamientos nuevos, Canino es un oasis de cine, puro cine. Y bastante literatura, a mi modo de ver. Sinceramente y sin exagerar, creo que no veía nada parecido desde Los Idiotas del maestro danés, quien dijo que 'una película debería ser como una piedra en el zapato'. Pues bien, esta lo es. Una piedra preciosa y afilada.

Una familia —padre, madre y tres hijos; dos hembras y un varón— viven a las afueras de una ciudad indeterminada, en una casa de campo con una piscina y una gran parcela rodeada por elevados setos. Los hijos rondan los veinte años pero jamás han salido de la casa. Están siendo educados, quién sabe por qué motivo, de un modo totalmente distinto al habitual y sin contacto con el mundo exterior. A través de unas cassettes que el padre graba en casa, les enseñan un vocabulario alterado (un "coño" es una lámpara, un "mar" es una butaca de cuero, un "teléfono" es un salero), les enseñan a ladrar en los confines de la parcela cuando existe la amenaza del peor monstruo que existe en el mundo: un gato. Incluso les llegan a decir que la madre está embarazada de un perro que nacerá pronto. Según el padre, los hijos sólo podrán salir de la casa cuando maduren, es decir, cuando se les caiga el colmillo derecho. Ni que decir tiene que los jóvenes se comportan de un modo totalmente diferente a los demás jóvenes de su edad.

La cinta es una sobredosis de absurdo extremo, como por ejemplo la escena del baile de las hijas (¿cómo baila alguien que nunca ha visto a nadie bailar?) o la propia forma de hablar de los miembros de la familia (un galimatías de palabras intercambiadas), o el modo en que los hijos creen que un hermano muerto (del cual no sabemos si no es otro mito inventado por los padres) se encuentra al otro lado del seto y a quien lanzan objetos a modo de recuerdo. Hay otras escenas mucho más extrañas e impactantes, pero no pienso desvelarlas. Sólo decir que este film no entiende el significado de la palabra "tabú". Por momentos, de hecho, parece zambullirse en ellos con una facilidad sobrecogedora.

Una de las mayores virtudes de Canino es la multitud de interpretaciones que admite. Estoy seguro de que cada persona le dará su propia 'explicación' a los eventos que se desatan en la pantalla. Desde mi punto de vista, la película propone una visión alternativa de lo que son las convenciones sobre las que construimos nuestras vidas y del modo en que todo lo que damos por sentado es —en mayor o menor medida— una convención. El lenguaje, las creencias, los significados... todos estos pilares los aprendemos de algo externo que nos posee, de lo que nos gobierna y domestica absolutamente: el poder. Así, el argumento de Canino, la historia que nos cuenta, se ensambla siguiendo una deconstrucción de valores y convenciones. 'Deconstruir' es dislocar el centro que convencionalmente determina la estructura de un sistema. Si cambiamos de sitio el centro del significado nos resulta más fácil vislumbrar aspectos más profundos. El hecho de que los niños nos parezcan anormales —y su comportamiento, totalmente aberrante— no debe indicarnos que nuestro entorno es el 'normal' y el suyo no; más bien, que nuestras vidas y sistemas de creencias, las órdenes que seguimos ciegamente, las palabras y mensajes que articulamos, son igualmente anormales y aberrantes... no son el centro, no son verdades unívocas. Y no nos damos cuenta. No podemos salir de nuestra parcela, no se nos termina de caer el colmillo. Nunca abandonamos la inocencia, la ignorancia, nunca crecemos ni maduramos. Tan sólo ladramos de miedo, como perros condicionados por el padre, por el dueño. La película, finalmente, parece representar una explosión de la voluntad (que no rebeldía) a pesar de toda opresión. Esto no significa, sin embargo, ninguna concesión optimista al humanismo.

En todo caso el cinéfilo está de enhorabuena, ya que todas estas consideraciones de fondo encuentran un vehículo efectivo en la forma. Esa dislocación del centro se reproduce en los encuadres de los planos, que se resisten a colocar en el foco de atención lo que en principio debería serlo. En multitud de escenas, lo que debería ser el 'centro' se queda fuera de plano o en los márgenes del encuadre. Es el centro que no es un centro, que está fuera del sistema. Lo que importa es lo marginal.

Pero no sólo es éso. Son las interpretaciones de los actores, el aséptico montaje, la puesta en escena, el guión, el retorcido humor que se va configurando escena por escena tras la extrañeza inicial, los sutiles y efectivos efectos de sonido, y toda una batería de virtudes cinematográficas que hacen de este título una de las mejores películas que recuerdo en mucho tiempo. En años, quizá.