Carretera asfaltada en dos direcciones

Título: Carretera asfaltada en dos direcciones (Two-Lane Blacktop )
País y año: EEUU, 1971
Dirección: Monte Hellman
Intérpretes: James Taylor, Dennis Wilson, Warren Oates, Laurie Bird
Guión: Rudy Wurlitzer, Will Corry
Cartel de Carretera asfaltada en dos direcciones

Monte Hellman está considerado un autor emblemático dentro de su generación y un director de culto alejado de cualquier encasillamiento, gracias a lo excéntrico de algunas de sus propuestas y su interés por explorar temas importantes desde un punto de vista nada convencional. Sus dos mejores trabajos pertenecen, cómo no, a la década de los 70: Gallos de pelea (Cockfighter, 1974) y Two-Lane Blacktop. Esta se considera uno de los mejores exponentes del sub-género denominado "road movie existencial", y nació a la sombra del hito generacional que prendió la mecha de este tipo de películas: la imprescindible Easy Rider (1969). Como ocurre con los moteros de Dennis Hopper o el fugitivo de Punto Límite: Cero (Vanishing Point, cuyo comentario en FilmBunker podéis encontrar aquí), los protagonistas de Two-Lane Blacktop viven completamente al margen de la sociedad y en sagrada comunión con el asfalto. La carretera les ofrece una vía de escape a las leyes y convenciones sociales, un lugar casi mítico donde el único dictado que han de seguir es, para bien o para mal, el de su propia conciencia.

La historia de Two-Lane Blacktop no podía ser más sencilla: dos jóvenes recorren las autopistas de EEUU para participar en carreras de coches ilegales. Sin una ruta fija ni un destino final, se mueven por el mapa guiados por puro instinto. No sabemos nada sobre ellos, no hay ninguna referencia a su pasado, ninguna explicación o pista que nos indique por qué se han embarcado en esta particular odisea. No sabemos ni la información más básica: sus nombres. En los créditos aparecen como “El Mecánico” y “El Conductor” (interpretados por el cantante y compositor James Taylor y el batería de los Beach Boys Dennis Wilson). Gracias a la habilidad al volante del Conductor y la potencia de su coche, un Chevy del 55 de apariencia destartalada que el Mecánico ha transformado en una máquina imbatible, ganan todas las carreras y pueden continuar financiando su interminable viaje a ninguna parte. Hasta que se producen dos encuentros fortuitos que alterarán las prioridades de la pareja. El primero ocurre en un restaurante de carretera, donde recogen a una autoestopista (“La Chica”, interpretada por Laurie Bird) cuya personalidad impredecible pondrá a prueba el casi malsano hermetismo que rodea a la pareja protagonista. El segundo encuentro se da en plena carretera, en un pique con el conductor de un Pontiac GTO (Warren Oates, en otro de sus inolvidables personajes secundarios de la década de los 70), con el que más tarde harán una arriesgada apuesta: recorrer medio país en una carrera épica hasta llegar a Washington D.C.

Para muchos espectadores, entre los que me incluyo, Two-Lane Blacktop puede resultar por momentos una experiencia frustrante. La falta de una línea argumental convencional, la extrema sobriedad con la que está rodada y la distancia que el director pone entre el espectador y los protagonistas hacen de esta una película hasta cierto punto impenetrable. A ello se une el desconcierto que provoca el comportamiento del Mecánico y el Conductor, la falta de coherencia entre algunas escenas y la fría monotonía con la que Hellman muestra el viaje en carretera. Sin embargo, llega un momento en que esta letanía de bares de carretera, gasolineras y asfalto se transforma en una especie de mantra, que encuentra su sentido en la repetición constante. El imponente paisaje se convierte en un personaje más y el simbolismo se vuelve cada vez más marcado. Los motivos del Mecánico y el Conductor siguen siendo confusos, pero su determinación es tan extrema que es imposible no sentir fascinación por ellos: nos preguntamos si son arquetipos del inconformismo de la época, de la rebelión contracultural, del individualismo… si la carrera con el GTO representa un pulso al resto de la sociedad. En cualquier caso, esta huida constante, este movimiento perpetuo en búsqueda de libertad termina por convertirse en una obsesión por la que irremediablemente hay que pagar un precio. Tal y como dice la letra de “Me and Bobby McGee”, una canción de Kris Kristofferson que aparece en la película: “Freedom's just another word for nothing left to lose”.