The chaser

Título: The chaser (Chugyeogja)
País y año: Corea del Sur, 2008
Dirección: Hong-jin Na
Intérpretes: Yun-seok Kim, Jung-woo Ha, Yeong-hie Seo
Guión: Hong-jin Na, Shinho Lee
Cartel de The chaser

Para empezar a hablar sobre The Chaser, tengo que mencionar primero la “pérdida de virginidad” que experimenté al ver Oldboy allá por el año 2005. Nunca había visto algo parecido: una historia de venganza frenética y brutal, rompedora tanto en la forma como en el fondo, un tour de force cinematográfico equivalente a la última media hora de Uno de los nuestros bajo los efectos de una sobredosis de esteroides. Fue para mí una revelación tan importante como lo fue ver El resplandor o Alien, el octavo pasajero cuando era pequeño. Y lo más importante es que me descubrió el cine más reciente de Corea del Sur, donde se inyecta nueva vida a géneros que en otros países se encuentran en coma profundo.

The Chaser reúne todas las características que me fascinan del cine de este país: el extraño y oscuro sentido del humor, la originalidad de la historia, los giros narrativos inesperados y sobre todo la capacidad para reinventar el cine de género. Cuando se trata de un thriller o una película de terror, existe cierto margen en el que el espectador se siente cómodo o al menos dentro de un terreno conocido, ya que la historia está siempre supeditada a las convenciones del género, por muy enrevesada o extraña que esta sea. En el caso de The Chaser, un thriller policíaco con elementos de cine negro, este condicionamiento a las reglas existe sólo durante los primeros veinte minutos, para ser después pulverizado por la propia historia, que empieza a cobrar vida propia: el guión parece escrito siguiendo los acontecimientos de un hecho real en directo, se guía por casualidades o acciones puntuales de los personajes y no por las pautas del género. La historia trata de un ex policía convertido en proxeneta, desquiciado porque sus “chicas” están desapareciendo en lo que él piensa es un macabro plan de la competencia para atraer a nuevas trabajadoras. Sin embargo la realidad es mucho más terrible: un asesino en serie está acabando con ellas. Si bien nada resulta demasiado sorprendente (aparte de la ultraviolencia marca de la casa) durante la búsqueda del asesino, antes de llegar a la mitad del metraje la película da un giro radical para convertirse en una vuelta de tuerca a la clásica historia del gato y el ratón, dejando al espectador descolocado y con el estimulante pensamiento de que “aquí puede pasar cualquier cosa”.

El protagonista, Joong-ho, es un proxeneta cuya inflexible forma de hacer negocios pone en peligro a las chicas que trabajan para él; los motivos que le mueven son repugnantes y es el causante indirecto de las desgracias que acontecen. (Esto no impide que, como en toda narración clásica, Joong-ho evolucione como personaje a medida que se desarrolla la historia, e incluso se le presente la posibilidad de purgar sus acciones). La decadencia moral del protagonista principal y la absoluta depravación del asesino forman la base emocional de la película, dejando muy poco lugar a la empatía y con el único respiro que ofrece el más bien desconcertante sentido del humor. A esto se une la brutal representación de la violencia, algo a lo que nos tiene acostumbrados el cine asiático y que en este caso alcanza unas cotas de realismo realmente escalofriantes. La particular forma de “trabajar” del asesino en serie se presenta con todo lujo de detalles en su tosquedad y salvajismo, y las peleas entre este y Joong-ho son épicas no sólo por la intensidad del momento sino por el realismo de la interpretación de los actores, que parecen estar de verdad enzarzados en un combate a vida o muerte. Incluso una escena casi cómica en la que Joong-ho le estampa una silla plegable en la cabeza a un policía parece tan real que uno se pregunta si en el rodaje se aplicó el principio del Dogma para las escenas violentas.  

The Chaser se toma su tiempo en revelar sus intenciones, construyendo cuidadosamente unos personajes y una situación que van metiéndose en nuestra cabeza al principio lentamente y más tarde con el ímpetu del cincel oxidado con el que el asesino remata a sus víctimas. A medida que la historia se va desentrañando y las piezas comienzan a encajar, la película aumenta revoluciones hasta alcanzar un ritmo endiablado, para llegar casi descarrilando a un desenlace de puro paroxismo que nos depara algo mucho más grande de lo que se dejaba entrever al principio.