Cold Fish

Título: Cold Fish (Tsumetai nettaigyo)
País y año: Japón, 2010
Dirección: Shion Sono
Intérpretes: Denden, Mitsuru Fukikoshi
Guión: Shion Sono, Yoshiki Takahashi, Megumi Kagurazaka, Hikari Kajiwara, Asuka Kurosawa
Cartel de Cold Fish
Esta reseña revela detalles del argumento

Es cierto que no tengo mi atención puesta en el cine japonés actual más allá de lo que pueden llegar a hacer directores como Takeshi Kitano o Hayao Miyazaki, que además no se prodigan demasiado. Durante años estuve obsesionado con los grandes clásicos de la edad de oro del cine nipón, aquel cine tradicionalista y de raíces, del shogunato y los samuráis, de la edad media y el feudalismo de los señores de la guerra. Por extensión fui descubriendo obras más o menos diferenciadas de este corte (Barbarroja, 1965), pero más allá de los años 50, 60 y 70 la mayoría de ojos rasgados que he visto han sido surcoreanos o tailandeses, casi todos ellos pertenecientes a este milenio.

Las únicas referencias que tengo de Cold Fish (2010) no provienen precisamente de su director, Shion Sono, del cual sólo conozco una película del 2001 llamada Suicide Club. Lo que me causa una extrañeza considerable es comprobar que uno de los guionistas que firman esta historia es Yoshiki Takahashi, del cual sólo se conocen dos trabajos previos, que no son otros que los de haber diseñado los posters de dos películas bastante conocidas, Tokyo Gore Police y Machine Girl, puro anime exploitation, si es que existe dicha etiqueta. Esto, que parece un antecedente poco prometedor, no debe engañarnos. La historia que nos presenta y sus implicaciones son, sin duda, uno de los platos fuertes de Cold Fish.

Con todo, no estamos ante una obra maestra, todo sea dicho. Las interpretaciones de algunos intérpretes son deficientes, no por estrambóticas o grotescas (adjetivos perfectos para la atmósfera de esta película) sino por claramente deficientes. Además, podemos encontrar fallos de fotografía o iluminación en momentos clave de la historia. No importa. Evidencian un presupuesto limitado y el interés del equipo creativo en contar una historia fresca e intensa, divertida y desagradable al mismo tiempo, y no en firmar un producto de factura intachable a nivel técnico. Quien busque realismo o exquisitez en la cinematografía puede dedicarse a otras cosas. Eso sí, las interpretaciones de los personajes principales por parte de Mitsuru Fukikoshi y el que es, para mí, el gran descubrimiento actoral, Denden, son excepcionales, la primera por su contención e intensidad en el hermetismo tembloroso de un hombre sumiso, y la segunda por una explosión de personalidad, gestos y exageración que provocan la carcajada y el miedo por partes iguales y de la que el espectador no se olvidará fácilmente. Y es que Cold Fish es una película que, por su extravagancia y sus aspavientos de locura, incurre en una extraña mezcla de humor cínico y estúpido y una visión de la realidad desalmada, fría y cruda, como el sushi.

Hemos dicho antes que esta no es una película de samuráis ni del shogun medieval, sino una historia contemporánea ubicada en el presente del espectador. Pero la idiosincrasia nipona sólo se explica atendiendo a atavismos ancestrales de su historia, y así Cold Fish entronca con algunas de las tradiciones y de los puntos centrales de la cultura japonesa como son las relaciones sociales tanto a nivel familiar como de negocios, las estructuras de sumisión, humillación y poder en muchos planos y muchas direcciones. Nos cuenta la historia de Nobuyuki Syamoto, un pusilánime padre de familia que regenta una tienda de peces tropicales y que vive con su hija Mitsuko, una adolescente frívola e irrespetuosa, y Taeko, su segunda esposa, una mujer hermosa y aún joven pero frustrada y encerrada en un mundo que no le corresponde, como un pez en un acuario. Todo comienza cuando sus vidas se cruzan con el extrovertido y absorbente Yukio Murata, el dueño de otra tienda de acuarios (mucho más grande y exitosa que la de Syamoto), acompañado por su desquiciada mujer Aiko, que se van metiendo poco a poco en la vida familiar de los Syamoto de un modo intrusivo y arrollador, como una variedad caníbal que es introducida en acuario ajeno. Murata procede a acometer la posesión sexual de Taeko y el lavado de cerebro de la adolescente Mitsuko, los tabús se irán rompiendo uno a uno y la dominación absoluta de la familia, basada en la humillación y el avasallamiento, derivará en el control total, a nivel íntimo, sexual y hasta profesional de los tres sumisos miembros del débil clan Syamoto. Murata manipulará a un anulado "cabeza de familia" helado y trémulo y le usará como herramienta humana para encubrir el misterio de un sangriento e ignominioso crimen que lleva tiempo perpetrando, algo tan horrible ante lo que el espectador se encontrará revuelto y asqueado. Las escenas de violencia y gore extremo se sucederán en una especie de carnaval de humor y atrocidad malsana. Una respiración entrecortada por el desconcierto ante lo truculento se mezclará en la garganta del espectador con una carcajada ante el retorcido sentido del humor de las situaciones, a la vez que un vértigo de excitación erótica se irá formando en su bajo vientre ante las escenas de perversión sexual que, por viles y pervertidas, resultan morbosas y divertidas. Toda una mezcla de sensaciones que es, precisamente, lo que muchas películas actuales son incapaces de provocar. El descenso a la locura está garantizado, y el personaje de Aiko, la desquiciada mujer de Murata, es una apoteosis de entrega total a los impulsos más extremos de una mente depravada. Este personaje proporciona los momentos de mayor consternación y, al mismo tiempo, los más divertidos y satisfactorios del film.

El final marca el principio de un nuevo yo, una liberación más allá de las más básicas convenciones humanas, de los temores y los límites que uno mismo se impone y que nos han sido inculcados en una educación mojigata y complaciente, sumisa y culpable. Es el nacimiento de un yo libre de todo, libre del amor y el cariño, más allá de la familia y la culpa. Una desconexión de los valores y un nihilismo que sólo las nuevas generaciones son capaces de igualar… e incluso superar.