The connection

Título: The connection (The connection)
País y año: EEUU, 1962
Dirección: Shirley Clarke
Intérpretes: Warren Finnerty, Jerome Raphael, Garry Goodrow, Jackie McLean, Freddie Redd
Guión: Jack Gelber
Cartel de The connection

Los subterráneos son hip sin ser slick, son inteligentes sin ser pedantes, son intelectuales hasta la médula y lo saben todo acerca de Ezra Pound sin sonar pretenciosos ni hablar demasiado de ello; son silenciosos; son como Cristo (Jack Kerouac, ‘Los subterráneos’)

Hace unos días nuestro colaborador TheSixthMan77, con quien compartí este maravilloso video animado de la partitura de Giant Steps de John Coltrane, me recordó a colación del mismo la existencia de un breve pero interesante documental sobre la legendaria figura del saxo alto Jackie McLean, titulado Jackie McLean On Mars.

Dicho documental, que en sí mismo no tiene desperdicio para los amantes del jazz y que recomiendo sin reservas, me recordó la existencia de una película en la que aparecía su protagonista y que le sirvió como fuente de ingresos en unos momentos particularmente difíciles de su vida. Se trata, por supuesto, de The Connection (1962), de la cineasta indie neoyorquina Shirley Clarke.

FilmBunker.NET | The Connection (Shirley Clarke, 1962)

Basada en una obra de teatro original de Jack Gelber, The Connection es una mirada a ese mundo ‘hip’ del Greewich Village de los 50 y 60, por supuesto bien bañado en jazz loco, drogas y subculturas. Con guión del propio Gelber, es la historia de ocho hombres encerrados en un piso mugriento mientras esperan ansiosos la llegada de su dosis de caballo. Han aceptado un trato con un realizador de documentales y su camarógrafo para permitirles rodar su espera a cambio del precio del chute de heroína que traerá Brother Cowboy, the Man, el camello, la Conexión, en una especie de versión de Esperando a Godot de los bajos fondos. Entre esos ocho adictos hay cuatro músicos de jazz (de los que, curiosamente, nunca sabemos sus nombres) que ensayan sus piezas mientras la espera se hace más y más desesperante. El apartamento es una pocilga y se cae a cachos, hay objetos desperdigados en un piso casi desprovisto de muebles. Por las ventanas entran los ruidos de la calle, pitidos, golpes, gritos… recordándonos la atmósfera del tema Foggy Day, de Charles Mingus. Entretanto, todos los allí congregados dan rienda suelta delante de las cámaras (de dos niveles de cámaras, como veremos) a su talento verbal, a su miseria, a su locura. The Connection surge en ese punto en el que los universos de Junkie de William Burroughs y The Subterraneans se cruzan, pero su carácter y su búsqueda se vislumbran sobre todo en el (hoy célebre, entonces infame) poema de Ginsberg:

He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, muriendo de hambre, desnudas, histéricas, arrastrándose al alba por las calles de los negros buscando un chute furioso, hipsters con cabeza de ángel ardiendo por la antigua conexión celestial al dínamo estrellado en el mecanismo de la noche, que pobres y harapientos y trasojados y colocados se sentaron fumando en la oscuridad sobrenatural de apartamentos de agua fría, flotando por encima de los tejados de las ciudades contemplando el jazz. (traducción mía)

¿Quiénes eran esos hipsters, esos intelectuales callejeros, esos toxicómanos culturetas, esos no-jóvenes arrastrados, esos crápulas enfermos, esos hermosos y beatíficos personajes que se entregaban a la bohemia y al jazz más desquiciado? Los hipsters de la escena subterránea que Shirley Clarke retrata en The Connection no tienen nada que ver con los derroteros que ha tomado la palabra de marras hoy día (y que viene a denominar a los niños topolino) sino aquellos perdedores, connoisseurs, bibliófilos, melómanos, de moral disoluta y licenciosa, buscando el éxtasis de la droga y amantes del jazz más loco… No en vano, una de las primeras acepciones del término, de Harry Gibson, es la de los hipsters como “characters who like hot jazz”. Tal y como los describía Leo Percedied... perdón, Jack Kerouac, en su corta novella:

Había dos tipos de hipsters beat: los cool, con sus barbas, sentados en cafeterías sin moverse demasiado, con sus novias vestidas de negro y con cara de pocos amigos, sin decir nunca una palabra; y los hot, locos, parlanchines, ojos brillantes de locura, corriendo de bar en bar para ser ignorados por los cool. Supongo que yo soy uno de esos hot. Cuando entro en un club donde están tocando jazz, quiero gritar ‘¡Sopla, tío, sopla!’...

Entre los yonquis ‘cool’ de The Connection está Solly, calvo y bigotudo. Más que un hipster, parece un trabajador del puerto, aunque quizá sea el más culto del grupo; su carácter intelectual será mencionado por los demás en varias ocasiones. Otro representante de ese lado ‘cool’ sería el pianista impertérrito con un pitillo colgando de sus labios carnosos mientras golpea las teclas de un piano desvencijado, interpretado por Freddie Redd, mítico pianista hard-bop que en la vida real tocó con gigantes como Paul Chambers, Lou Donaldson y Charles Mingus, y que además de actuar en The Connection compuso la banda sonora.

FilmBunker.NET | The Connection (Shirley Clarke, 1962)

Otro integrante de ese espíritu ‘cool hip’ es el saxofonista, interpretado por Jackie McLean, que no dice más que un par de frases casi incomprensibles durante toda la película y que sirve de cabeza de lanza musical de la misma, con su cabeza hundida entre los hombros, semblante frágil y sudoroso, enfermizo… McLean estaba a esas alturas de su vida enganchado a la heroína, como lo estaban muchos otros jazzmen de la época, y cuya carrera como músico pendía de un hilo al ser expulsado de todos los clubs. Una de las muchas leyendas que le rodean cuenta cómo una vez estuvo a punto de apuñalar a Charles Mingus en una pelea.

FilmBunker.NET | The Connection (Shirley Clarke, 1962)

Por otro lado, los ‘hot’ hipsters están representados por el personaje interpretado por el carismático Garry Goodrow (Invasion of the body snatchers, Escape from Alcatraz…), quizá el más complicado y apasionado de los ocho, puro reflejo de esa electricidad beat. El torturado Leach, interpretado por Wanner Finnerty (que apareció en la también seminal Easy Rider), es también uno de esos desquiciados representantes del ala loca del hipsterdom y es el representante gay del hatajo.

FilmBunker.NET | The Connection (Shirley Clarke, 1962)

Los personajes que habitan los fotogramas The Connection fluctúan entre la apatía cercana a la muerte y los arranques verbales enérgicos y apasionados, alimentados por la ansiedad previa y el éxtasis posterior a la inyección de droga. Los monólogos sin sentido, guiados únicamente por la ansiedad y la locura, se suceden unos a otros mientras el foco va pasando de desheredado en desheredado, y las frases de McLean al saxo se funden con los fraseados de los personajes, que nos recuerdan a su vez a la fraseología a destajo de Kerouac; monólogos con palabras, monólogos con notas, con frases, con letras, acordes, improvisaciones iluminadas, frenéticas, jazzísticasimposible que te guste Kerouac si no te gustan el jazz ni este tipo de gente sin freno en la lengua y sin modulación en el pensamiento. Imposible, entonces, que te guste The Connection.

Ilustración de Alex Onôv inspirado en "The Connection" para FilmBunker.NET | (C) 2014 Alejandro GarcíaPero The Connection va más allá del mero retrato generacional, y desecha el oportunismo y el sensacionalismo que podría suponer esa mezcla de heroína, jazz y una escandalosa tribu urbana emergente, y mete el dedo en la llaga de lo que no es sino una forma de vida, una forma de sentir dominada por la búsqueda, la búsqueda de la intensidad y de la belleza, en definitiva, de ser plenamente uno mismo. Estar enganchado al caballo no es degeneración moral, es simplemente… ilegal. The Connection no es una crítica moralista ni una mirada al abismo de la drogadicción; esta es, simplemente, el telón de fondo que le sirve a Clarke para desarrollar esa intensidad y para resaltar las características de estos personajes sin juzgarlos. Si bien es cierto que la cinta causó cierta controversia durante su estreno por el extensivo uso de la palabra shit (lo mismo ocurrió con la representación teatral), el interés por The Connection ha ido creciendo con los años más allá de polémicas e intentos de censura evidentemente ya superados. De hecho en 2015 se espera una reedición restaurada por todo lo alto a cargo de Milestone con la que podremos disfrutar de la estilosa fotografía de claroscuros que Arthur Ornitz hizo para el film en todo su esplendor y que nos permitirá disfrutar de las interpretaciones de Redd y McLean con un sonido remasterizado.

FilmBunker.NET | Shirley Clarke

La figura de Shirley Clarke es controvertida y tremendamente interesante, más allá de las evidentes implicaciones feministas que obligan a que The Connection tenga esa lectura de género desde el punto de vista creativo y de producción en una industria netamente masculina. Clarke fue una de las integrantes del emergente cine independiente neoyorquino que se había venido gestando desde los 50, y del que era de las pocas mujeres que lo integraban. Clarke creó Filmmakers, Inc., donde los cineastas más experimentales abrazaron el concepto de cinéma verité, que intentaba mostrar la realidad tal y como es, en lugar de adaptada a la imagen social que la gente tiene de cómo se supone que tienen que ser las cosas. Más tarde se les unirían cineastas como John Cassavettes, quien (como anécdota curiosa) pidió prestados a Clarke su cámara y su material de rodaje para poder rodar Shadows.

Me rebelo ante las convenciones del cine. ¿Quién dice que una película tiene que costar un millón de dólares y ser inofensiva e inocua para satisfacer a los niños de 12 años de América? Nosotros creamos los equivalentes a Off-Broadway en películas, frescas, experimentales, personales. Lo bonito es que estoy viva en este preciso momento en el que puedo hacer esto. (Shirley Clarke en 1962. "The Connection" costaría poco más de $150.000)

Este interés en el cine en sí mismo se expresa en The Connection, donde Clarke hace meta-cine al rodar un rodaje, lo cual tiene implicaciones semióticas y, evidentemente, de encuadres y de montaje. No solo eso, sino que, al tratarse de una adaptación de una obra de teatro, la escenificación queda también empañada por el propio material de origen, y se produce una mezcla muy sofisticada –casi fractal– de medios, lenguajes y significados. La corporalidad de los actores, el uso del tiempo real, la localización única (Interior - día), los monólogos de los personajes declamados ante la cámara y rompiendo la cuarta pared… son todos ellos anti-cine, muy teatrales; sin embargo, los planos y sus travelings rompen esa teatralidad y son cortados y montados con movimientos loquísimos de la cámara, en lo que parece también un lenguaje de realización televisiva o de plató, cuando una de las cámaras deja de rodar y saltamos a lo registrado por otra: “Voy a cortar, graba tú ahora con la cámara de mano”, y vemos unos fotogramas de oscuridad, un par de flashes de luz, un ‘click’ sonoro, y hemos saltado al otro ojo. Esto genera una sensación de estar contemplando un reality TV show moderno que resulta inusitada en una obra de 1962. El interés de Clarke al hacer todo esto era, entre otras cosas, poner sobre la mesa la cuestión de la presencia autoritaria detrás de la cámara y mostrar al hombre de moral inquebrantable (el “director”) derrumbándose ante la realidad que intenta filmar y que le supera.

FilmBunker.NET | The Connection (Shirley Clarke, 1962)

Gracias a la recomendación y a la insistencia de Gene Moscovitz de Variety, Shirley Clarke fue finalmente invitada al Festival de Cannes en 1961, que accedió a proyectar The Connection. Clarke viajó a Francia con algunos gurús beatniks como el mismísimo Allen Ginsberg, Gregory Corso y Peter Orlovsky. Al parecer lo celebraron por todo lo alto e hicieron gala del espíritu hipster, con lo que la película fue más y más asociada con ese aspecto ya mencionado al principio de este artículo. Más adelante, Clarke volvería a poner el jazz en su objetivo al rodar el documental Ornette: Made in America sobre la figura del absolutamente incomparable maestro del free jazz Ornette Coleman.

Un título difícil de encontrar que reivindicamos desde nuestro búnker particular.