De Origen Desconocido

Título: De Origen Desconocido (Of Unknown Origin)
País y año: Canadá, 1983
Dirección: George P. Cosmatos
Intérpretes: Peter Weller, Jennifer Dale, Lawrence Dane, Shannon Tweed
Guión: Brian Taggert, Chauncey G. Parker III (novela)
Cartel de De Origen Desconocido

Bart Hughes (Peter Weller) lo tiene todo. Es un yuppie (de los de los ochenta, cuando semejante palabro significaba algo) con un mujerón como esposa. Al mujerón, Meg, lo “interpreta” la entonces bellísima (por evitar adjetivos más lujuriosos) playmate Shannon Tweed. Permitan que les cotillee que Genne Simmons (sí, el de Kiss) se la ha estado beneficiando durante 30 años, queremos creer que no del tiró. Ambos (Bart y Meg) comparten un chaval de los de anuncio y además viven en un casoplón de mucho cuidado.

Todo parece ir de perlas hasta que Bart se queda de rodríguez. Es entonces cuando descubre que tiene ratas en casa.

Esta premisa, que parece una tontada, es desarrollada de manera insospechadamente impecable por George P. Cosmatos, ese director que convirtiera, a posteriori, a cierto veterano de la guerra de Vietnam con síndrome post-traumático en Rambo a secas, privando al personaje protagonista de la brillante Acorralado (First Blood, 1982) de (casi) toda profundidad psicológica y transformándole en una burda máquina de matar.

Resulta curioso el tratamiento del personaje de Weller en la película que nos ocupa, sobre todo si tenemos en cuenta que los protagonistas de la mayoría de las películas firmadas por Cosmatos tras esta no eran si no calcos de su Rambo particular, tanto con Cobra, el brazo fuerte de la ley (Cobra, 1986) (qué les voy a contar) como con su chupada y ultraviolenta versión de Wyatt Earp en la sobresaliente Tombstone (1993). Digo que resulta curioso porque puede que este sea uno de los mejores papeles —si no el mejor— de Peter “Robocop” Weller, todo un recital, un ejército interpretativo de un solo hombre que no puede sino eclipsar al resto del aun así bastante acertado casting. Puede que jamás sepamos si el personaje era así de bueno en el guión —dada la filmografía del escritor, no sé yo—, si fue cosa de Cosmatos —que tampoco sé qué decirles— o si fue el Señor Weller el que lo hizo grande — lo cual no me extrañaría en absoluto.

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ADVERTENCIA: Por aquello de los spoilers, recomiendo encarecidamente que primero vean la película y después, si les apetece, sigan leyendo. Nadie quiere a un spoileador.

Una vez de rodríguez, los destrozos ocasionales en la casa y los planos desde el punto de vista de la rata, que llega a dar más miedo que Michael Myers (el personaje de Carpenter, no el actor... o puede), nos orientan hacia lo que parece la típica peli de monstruos... pero pronto la película se desmarca de ese género, sabia y sorprendentemente. Sí, la rata es un ser monstruoso, pero no deja de ser un McGuffin en toda regla. No son sus acciones lo que nos mete el mal rollo en el cuerpo, si no lo que vamos aprendiendo de las ratas a través de Bart que, como tipo inteligente que es, sabe lo importante que es conocer a tu enemigo para vencerle. Lo malo es que, cuando miras largo tiempo a un abismo... Bart se obsesiona de lo lindo, y en cierta forma parece ser dicha obsesión la que convierte al roedor en súper rata.

Lo mejor de la película es, sin duda alguna, esa transformación —por medio de esa obsesión que, recalco, parece darle más poder a la rata— de yuppie que lo tiene todo bajo control en un tipo desvalido —con mayúsculas— ante algo que no puede controlar. El mundo de Bart empieza a girar alrededor de todo lo que tenga que ver con las ratas. Descuida su trabajo, sus relaciones sociales... La escena en la que les jode la cena a su jefe y a otros cuantos hablándoles sobre el origen desconocido de las rattus y demás perlas sobre la especie es sencillamente magistral, como lo es Weller en ese momentazo. Descuida incluso a su familia, liándose con su secretaria como buen rodríguez.

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Existe un paralelismo indudable entre las penurias de Bart y una crisis de valores, tal vez una crisis de la mediana edad, en la que la rata simboliza la muerte de todo aquello que realmente importa en la vida de un hombre y que, como descubre Bart, no tiene que ver con casoplones, dividendos ni cuentas corrientes de las gordas.

Especial mención a la casa, esa mansión a lo Poe que sobrevive cual tumor adherido a la moderna —en los 80— Nueva York —Montreal en el mundo real— y que se nos acaba haciendo tan familiar, de bien rodada, que casi podríamos dibujar su plano.

Si han ignorado mi advertencia, cómo sale Bart del brete, si es que sale, tendrán que descubrirlo viendo la película. Es lo menos que le debo a Don Yorgo Pan Cosmatos, que en paz descanse, y a Don Peter Frederick Weller que tantos, tantos, tantísimos buenos momentos nos ha brindado paseándose por Detroit, por La Interzona o por Sirius 6B. O poniéndole su vozarrón a Batman en las dos partes de la épica adaptación animada del The Dark Knight Returns (2012/2013) de Frank Miller.

Peter Weller for President.

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