Desaparecida

Título: Desaparecida (Spoorloos)
País y año: Holanda, 1988
Dirección: George Sluizer
Intérpretes: Bernard-Pierre Donnadieu, Gene Bervoets, Johanna ter Steege
Guión: Tim Krabbé
Cartel de Desaparecida
Esta reseña revela detalles del argumento

Tim Krabbé escribió la adaptación para el cine de su propia novela The Golden Egg. El "huevo dorado" al que alude el título es una pesadilla recurrente de Saskia, la "maravillosa, dulce y exquisita" Saskia. En dicha pesadilla, tal y como le cuenta a su novio Rex mientras recorren la frontera entre Francia y Holanda en su Peugeot 404, Saskia se encuentra cautiva en el interior de un huevo dorado del que no puede salir y en el que flota eternamente a través del espacio. La soledad es insoportable. Pero esta última vez el sueño ha sido distinto, le dice a un Rex algo ausente; esta vez hay otro huevo dorado flotando por el espacio. Y si los dos huevos colisionan, todo terminará. Es entonces cuando la pareja se queda sin gasolina en mitad de un oscuro túnel.

El innuendo o insinuación que constituye dicha pesadilla parece introducir la idea de dos seres especiales que van a encontrarse más allá de los límites del mundo y de la vida. Y el otro huevo no representa a Rex, sino a un ser oscuro y temible, Raymond, precursor de muchos psycho-killers que le siguieron en la década de los 90, más frío y calculador que muchos ellos y con una moral mucho más inhumana y creíble al mismo tiempo. Rex es la víctima del encuentro de ambos "huevos dorados" y las terribles consecuencias de dicho encuentro. Pronto conoceremos las tremendas implicaciones de la irrupción de Raymond en el espacio eterno, frío y mudo que rodea a Saskia, hermosa y brillante como la vida misma. La pureza y la inocencia se encontrarán con la frialdad y la maldad absolutas, dejándonos a cambio, eso sí, una de las películas más estremecedoras que se han visto.

De modo que Rex la deja sola en el túnel para ir a buscar gasolina. Según se aleja del coche y la deja atrás gritando y pidiéndole que no la deje allí sola, la cámara le sigue mientras sale a la luz y vemos cómo se eleva una casi imperceptible sonrisa de crueldad en la comisura de sus labios, que es quizá uno de los detalles más intrigantes de la película. Más tarde, cuando la pareja se reconcilia al llegar a una estación de servicio y una vez que el ambiente se ha calmado, Rex mentirá a Saskia y le dirá que al oír sus gritos pensó que la quería más que nunca. Y es cierto que la amaba, pero quizá sea falso que lo pensara en ese momento. Y eso intensificará su sentimiento de culpa posterior. Ella le contesta que en aquel momento le odió con todas sus fuerzas, lo cual evidentemente es mentira pues parece incapaz de tal sentimiento. Rex mantendrá vivo el juramento que le hace a su novia allí mismo: nunca más la abandonará. Y es cierto, nunca lo hará, incluso años después de la abducción y desaparición de su novia sin dejar rastro alguno. Tras ver esta película, no querrá el espectador dejar a su ser querido fuera de vista. Especialmente si ese ser es puro e inocente y nunca fue tratado del modo en que debía.

Aun habiéndonos mostrado tal cantidad de información en tan poco tiempo, seguimos sin saber de manera explícita qué tipo de relación tienen Saskia, moderna y liberal, y Rex, más tradicional y quizá algo machista. Tampoco sabemos a dónde se dirigen ni que va a suceder.  Tan sólo al llegar al punto de inflexión empiezan a encajarse algunas piezas de este puzle. El lugar en cuestión es un área de servicio francesa que se tuesta bajo el caliente sol del mes de agosto. La manera de saberlo es tan sutil como el resto de la narración. En todos los coches que hay estacionados se escucha la retransmisión de la etapa reina del Tour del 84 que acabó con la victoria de Laurent Fignon. Así es como sabemos, de un solo golpe, lugar, mes y año. Y es que el ciclismo tiene una importancia informativa en el film que resulta inusual, y eso se debe a la pasión que Tim Krabbé siente por este deporte. En la gasolinera, cual araña esperando a su presa, se encuentra Raymond. Un tipo como cualquier otro. Observa, busca y desaparece. No volvemos a verlo, pero sus maneras resultan tremendamente intrigantes. También Saskia y Rex nos muestran qué sienten el uno por el otro, aunque de una manera casi adolescente. Entierran una moneda que los dos besan como prueba de su flamante destino y Rex acaba prometiendo a Saskia que nunca la abandonará. Y tras ese juego de apariencia inmadura pero lleno de sentido, ella va a comprar unas bebidas antes de continuar su viaje.  Pero no todo es asueto estival. Tras un rato, Rex comienza a impacientarse porque Saskia no ha vuelto. El ambiente, que parecía inofensivo y meramente lúdico, se convierte en angustioso y obsesivo (de la misma manera que había pasado anteriormente en el túnel). De repente nadie sabe nada. Miles de personas han pasado a lo largo del día por allí y los trabajadores no han tenido tiempo ni ganas de fijarse en una joven holandesa que, como le sugieren varias veces, perfectamente podría haberse ido con otro hombre por simple despecho. Tras varias horas de búsqueda infructuosa se hace patente que encontrar a Saskia no va a ser tarea fácil.

Como espectadores nos encontramos ante un planteamiento bastante claro. Se nos ha contando de manera sosegada la situación de los que parecen ser los protagonistas de la historia, desgranando con parsimonia cada una de las claves y creando poco a poco una madeja que guarda en su interior muchos más nudos de los que a simple vista parecía. Es en este punto cuando la narración da un giro radical para pasar a estar protagonizada por Raymond. Como ya sospechamos de su culpabilidad, nos sorprende comprobar el tipo de persona que aparenta ser. Padre responsable, marido fiel, profesor de química. En definitiva, el ejemplo a seguir por cualquier ciudadano occidental civilizado. Tras esa perfecta apariencia se esconde un sociópata de manual psiquiátrico. Una persona incapaz de sentir ninguna clase de empatía por lo que le rodea, que se mueve por unos estímulos muy peculiares, como él mismo confesará más tarde. Que afronta su crimen de una manera fría, calculadora, aplicando el método científico a la hora de abordar sus planes. Observa atentamente los objetos de su estudio. Extrae el principio particular de los objetos estudiados. Plantea una serie de hipótesis. Experimenta. Demuestra la hipótesis. Y finalmente plantea una tesis.

Cuando Rex emprende la búsqueda de Saskia, comienza un pérfido juego del ratón y el gato. Raymond empieza, desde las sombras, a observarle con mayor curiosidad y detenimiento. Le sorprende la tenacidad y la insistencia de ese hombre. Quizá le parezca iluso y entregado a un imposible, pero en cierto modo admira la intensidad de la búsqueda de Rex, guiado por un amor interrumpido que ha traumatizado su vida absolutamente. En ese sentido se agradece el realismo de la película; Rex intenta, al cabo de los años, rehacer su vida y comenzar otra relación con una mujer, pero ésta se verá dificultada por la tremenda obsesión de una búsqueda imposible que nunca termina. Rex colgará carteles hasta la extenuación, recorrerá mil y un lugares buscando pistas, visitará platós de televisión ofreciendo patéticas entrevistas, y no conseguirá nunca nada excepto ser el objeto de la oscura atención del secuestrador de Saskia.

Poco a poco vamos aprendiendo las motivaciones internas de Raymond. Quizá la escena más perturbadora de toda la película es aquella en la que él mismo recuerda un momento de su juventud, en el que leía, al aire libre, en el hogar familiar. En ella, Raymond narra a Rex el día en que tuvo la epifanía por la cual comenzó a conocerse a sí mismo y su auténtica naturaleza. En el flashback, vemos a un joven Raymond sentado y leyendo en una terraza que da a una plaza. En un momento dado deja de leer y su atención se ve atraída por la altura de la terraza, por la visión del suelo adoquinado allí abajo, por la posibilidad de una caída desde un punto tan elevado. Ni corto ni perezoso, se cuelga por el exterior de la barandilla y, mediando un único pensamiento y ni siquiera la menor duda, salta.

«Todo el mundo tiene esos pensamientos, pero nadie lo hace. ¿Está predestinado que no vaya a saltar? Contra lo que está predestinado, uno debe saltar. La caída fue un evento sagrado. Me rompí un brazo y dos dedos. ¿Por qué salté? Por una irregularidad en mi personalidad, imperceptible a los que me rodean. Puede encontrarme en las enciclopedias médicas, bajo el título ‘Sociópata’».

Esta explicación produce terror, ya que el conocimiento de sí mismo, la fría pero avanzada filosofía que esconde, y la demostrada ausencia de límites morales o de cualquier otro tipo producen escalofríos. Con este tipo todo es posible, hasta lo más rematadamente descabellado. Y así será. El racionalismo exacerbado de Raymond, llevado a su máxima expresión totalmente libre de valores y moralidad, alcanzan su mayor expresión en el plan que llevó a cabo con Saskia. El extremo absoluto de una mente sin límites desató todo su poder ontológico sobre un ser inocente y puro.

Al cabo del tiempo, el deterioro mental de Rex comienza a ser evidente y su vida comienza a resquebrajarse. En una durísima escena en la que él y su nueva pareja caminan hacia una casa de campo en la que él y Saskia estuvieron juntos, Rex cree ver pasar ante él el Peugeot 404 en el que viajaban el día de la desaparición, y entra en un estado catatónico en el que no para de decir «el huevo dorado, el huevo dorado», antes de romperse la garganta gritando el nombre de Saskia ante la atónita mirada de la mujer. El desgarro es ya absoluto y el espectador comienza a sufrir los primeros nudos en la garganta, los primeros temblores de dolorosa y asfixiante empatía con el dolor de Rex.

Tras años de búsqueda, Rex sabe que el secuestrador de Saskia observa todos sus movimientos y le reta en televisión. No lo odia, dice. Según Rex, él mismo se siente también como si fuera un "huevo dorado" que terminará cruzando su camino con el de Raymond. Siente, al igual que Saskia, que el destino cruzará sus caminos también. El asesino, maravillado ante la pantalla del televisor por la irresistible simetría que supone todo eso, no logra resistir la necesidad de acudir a la llamada. «¿Piensa usted encontrar a Saskia algún día?», le pregunta el entrevistador a Rex. «No, nunca», contesta él. «Entonces, ¿por qué lo hace?, ¿por qué sigue buscando?». A lo que Rex contesta: «Es un homenaje». Cuando oye esto, Raymond queda absolutamente fascinado. En cierto modo, respeta a Rex profundamente. Y le otorgará su deseo. Será entonces cuando ambos se encuentren y comience a desatarse una lenta espiral de revelaciones insoportables, culminadas en un giro final que hace de Spoorloos un film redondo en fondo y forma.

En cuanto al apartado técnico, estamos ante una película sin ningún tipo de artificio visual, cimentada tanto en el buen hacer de todo el plantel actoral como en la corrección estética y formal de la puesta en escena. El punto de vista narrativo es casi naturalista. No existe subjetivismo en ningún momento, puesto que se trata a todos los personajes de la misma manera, concediéndoles su espacio y su tiempo para mostrarse ante el espectador como si de un documental se tratara. De hecho, el primer plano de la película encuadra a un bicho palo camuflado sobre el follaje, pasando a mostrarnos con un delicado giro de cámara la autopista por la que circulan Saskia y Rex, como tratando de relacionar el mundo de los insectos con el mundo de los humanos.

No podemos olvidar la música original compuesta por Henny Vrienten. El bajista holandés, líder de la banda de ska Doe maar, nos regala una composición suave y envolvente. Y lo hace con una elegancia y una sencillez a la altura de la película. Una simple línea de bajo, muy influenciada por el estilo de Jaco Pastorius, nos acompaña durante la totalidad del metraje como un sonido más de la naturaleza, casi telúrico. No la notamos cuando se escucha, pero rápidamente notamos su ausencia cuando desaparece.

Spoorloos sufrió una revisión hollywoodiense, Secuestrada (The vanishing, 1993), dirigida por el mismo Sluizer. Contó con una serie de actores reconocidos (Jeff Bridges, Kiefer Sutherland, Sandra Bullock) y superó las cuotas de audiencia del film original pero no fue capaz de transmitir ninguna de las sensaciones ni alcanzar las cotas de calidad que consiguió plasmar esta película casi olvidada.