El año pasado en Marienbad

Título: El año pasado en Marienbad (L'année dernière à Marienbad)
País y año: Francia, 1961
Dirección: Alain Resnais
Intérpretes: Delphine Seyrig, Giorgio Albertazzi, Sacha Pitoëff
Guión: Alain Robbe-Grillet
Cartel de El año pasado en Marienbad

El año pasado en Marienbad fue posible gracias a la química perfecta que se produjo entre Alain Resnais y el guionista Alain Robbe-Grillet que, con un modo de trabajo a medio camino entre la coordinación total y el desarrollo por separado muy parecido a la telepatía artística, parecieron "ver" en sus mentes la misma película desde el principio. Cuando Robbe-Grillet visionó lo que Resnais había rodado (el guionista estuvo ausente durante el rodaje), le pareció que aquello mismo era lo que había imaginado al escribirlo. Más adelante, Robbe-Grillet publicaría una cine-novela de Marienbad incluyendo fotogramas de la película. Por otro lado, y para terminar de trazar el triángulo creativo de film, Resnais le confió la cinematografía en CinemaScope a Sacha Vierny, quien ya había fotografiado su también icónica y generacional Hiroshima mon amour dos años antes.

FilmBunker | El año pasado en Marienbad

En un hotel que parece servir de retiro estival anual para la clase alta, un hombre llamado X intentará hacer recordar a una mujer llamada A el encuentro que tuvieron allí mismo el año pasado, encuentro que ella niega con insistencia (y también con una sombra de duda en el rostro) que se produjese. Pero X está seguro de que ella terminará recordando, y con la determinación de un enamorado, (re)producirá de nuevo los lugares, los diálogos, las fotografías que entonces se tomaron. Aun con todas estas pruebas ante sí, A no termina de recordar el encuentro (o quizá no termina de admitir que, efectivamente, sí lo recuerda). La presencia añadida de M, que podría ser el anterior amante o quizás el marido de A, se interpone en la situación aumentando la confusión de A y dificultando las cosas a X con su inquietante actitud pasiva-agresiva.

Resnais nos propone nada más y nada menos que un viaje al mundo de las ideas. El viaje astral, apoteósico, de un hombre a quien llamaremos X que, en un momento del transcurso de su vida, ha identificado (ha recordado) al ser amado que él cree destinado para sí. Su alma contemplativa asciende hacia el hotel que representa el universo ideal de los conceptos eternos, y se (re)encuentra con su amor platónico a quien, en realidad, conoce desde el principio de los tiempos. El enamoramiento como ascensión y anamnesis de lo amado, como epifanía. Este recuerdo, esta identificación de la persona amada, es una certeza swedenborgiana innegable. "El año pasado" podría perfectamente ser "en una vida anterior".

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De ahí surge y así cobra sentido la imaginería, el estilo, la estética y la cinematografía de la cinta. Así se entiende la elección de una arquitectura rococó para representar el clasicismo, el aire elevado, elegante y al mismo tiempo frío y convencional, casi celestial, de las ideas. Así se entiende esa fotografía, esos destellos casi oníricos que brillan en todos los cristales, los metales, los dientes, los ojos... es el halo de las ideas perfectas, flotando inmóviles en su fulgor. Así se entienden esos planos y esos travellings, tan perfectos que casi podemos notar la silenciosa grasa en los railes bajo la cámara. Uno de los motivos más importantes de la película, la estatua de Carlos III y su esposa antes de su juicio por traición, es en sí mismo la esencia del hombre; de ahí su casco y sus atavíos clásicos, mitológicos; "meran convenciones" que aluden a los arquetipos de hombre, de mujer y de pareja más que a los individuos concretos que se representan, y cuyos sucedáneos, cuyas sombras, son todos los hombres, todas las mujeres y todas las parejas del mundo. Cabe añadir en este punto que no es difícil detectar cierto sexismo en las premisas de la película en cuanto a los roles activos y pasivos de hombres y mujeres.

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Del mismo modo, las figuras geométricas que pueblan los jardines del hotel (pirámides que no arrojan sombra alguna) aluden al hecho de encontrarnos en un lugar donde habitan los conceptos abstractos, los conceptos perfectos. Esta imagen proporciona una de las imágenes más famosas y reconocibles del film, que bien podría ser un cuadro de Magritte desaturado y en formato panorámico. Hasta los huéspedes en el hotel de Marienbad se encuentran suspendidos en un estado de contemplación inquebrantable, imposible de hacer añicos (y los cristales rotos tienen su escena propia y su momento de estupor) como figuras, de nuevo, magrittianas; hieráticas, impasibles, impersonales, modernas en sus trajes, su estiramiento de 'alta sociedad' y su aire gélido. Nada ocurre entre estos inexpresivos huéspedes, no hay intrigas ni tramas paralelas, no hay drama... porque el tiempo en Marienbad no existe. El año pasado y el que viene son el mismo. Estamos en los dominios atemporales, casi angelicales, de la experiencia platónica; estamos metidos en la rueda del eterno retorno. Las mismas frases se repiten aquí una y otra vez, los diálogos entre A y X son mantras o conceptos centrales de su unión; los juegos como el Nim al que se retan X y M son la esencia misma (matemática, perfecta) de los juegos que jugamos en la vida.

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En definitiva, el viaje de X es un viaje de cortejo, intentando que A recuerde, conminándola a recordar también, algo que ella parece incapaz de hacer; intenta "arrastrarla" hacia abajo, hacia el mundo real, y a ella le cuesta abandonar su estado de dejadez y de paz en el que se encuentra su alma en Marienbad. Esto nos conmueve y nos hace identificarnos, nos rescata ese momento preciso en el que reconocimos nuestro amor y quisimos, naturalmente, hacerlo nuestro. Este cortejo en el plano elevado de la existencia bien puede ocurrir en un solo segundo en la vida "real", en la caverna, donde se dirime el amor entre A y X quizá en una fugaz mirada en una ocasión prosaica y puntual, pero un momento eterno en el juego abstracto de lo esencial. Un punto eterno de enamoramiento, enclavado en la eternidad y repetido en sí mismo por siempre.

No en vano, El año pasado en Marienbad tiene tantos seguidores que alaban su caracter intemporal y onírico, como detractores que reniegan de su incoherencia lógica y su falta de narrativa convencional... por no hablar de su música, una constante disonancia de órgano sin acompañamiento que puede fácilmente irritar a quien no le caiga en gracia. Hasta el montaje espacial, aquel que nos ayuda a "recrear" mentalmente espacios a partir de distintos planos y tomas, es deconstruido aquí por Resnais creando espacio donde no lo hay o sustrayéndolo de grandes y resonantes estancias, generando distribuciones imposibles de pasillos y habitaciones, insertando largos paseos en el breve transcurso desde una silla a una cama, etc. Todas estas características convierten a El año pasado en Marienbad en un hueso duro de roer para los amantes de los productos masticados y convencionales. De cualquier modo, y a pesar de la controversia que pueda causar, la película guardará para siempre ese aire de misterio, ese aura trascendental, esa elegancia y esa alusión a cosas difíciles de aprehender que pocos, muy pocos, se atreven a rodar. Y que quizá pocos todavía se aventuren a recuperar. Nosotros hemos querido hacerlo.