El confidente

Título: El confidente (The friends of Eddie Coyle)
País y año: EEUU, 1973
Dirección: Peter Yates
Intérpretes: Robert Mitchum, Peter Boyle, Richard Jordan
Guión: George V. Higgins, Paul Monash
Cartel de El confidente

El cine negro americano lleva toda una vida a rebufo de su hermana mayor, la novela negra. Escritores como William R. Burnett, Dashiell Hammet o Raymond Chandler perfilaron esa realidad, marcando el camino que siguieron directores como Melvin LeRoy, Howard Hawks o Raoul Walsh. Sus protagonistas, siempre arquetípicos, se movían en ambientes turbios, inalcanzables para la mayoría de los lectores pulp. Unos eran hampones, que emergían como la espuma en un ambiente corrupto e inmoral para acabar muriendo a tiros sin gloria ni glamour. Otros eran detectives privados, buscavidas en la era posterior a la gran depresión, que, amoralmente y sin miramientos, perseguían las inmundicias y destapaban las miserias de una clase social tan elevada como podrida.

Posteriormente, con la llegada de estos personajes al cine, el género literario volvió a evolucionar, a veces como herramienta panfletaria del sistema, mostrando la dura labor policial; otras, como relatos crepusculares de personajes fuera de la ley a los que el tiempo también había dejado fuera de circulación. Pero invariablemente había una constante que se repetía, el lenguaje. La jerga, la forma en que estos personajes se comunicaban, estaba sacada directamente de la calle y engalanada por la ágil pluma de periodistas convertidos en escritores y guionistas. En el fondo ésta era la auténtica razón por la que el público se sentía completamente fascinado y atraído. Nadie podía ser tan duro, nadie podía ser tan mordaz, nadie podía ser… así.

Los años cuarenta y cincuenta fueron la era dorada del género, con cientos de títulos. Algunos se consideran hoy en día clásicos atemporales del cine, otros, en cambio, han sido completa e injustamente olvidados, principalmente porque muchas de las producciones eran de las llamadas B-series. Es en estas producciones de menor presupuesto donde se encuentran las historias más interesantes para el amante actual del american noir y donde existe mayor heterogeneidad, además de una feroz crítica social y política. Pero acabó la segunda guerra mundial y en los Estados Unidos de América comenzó lo que se conoce como «La caza de brujas». Algunos países europeos, como Francia —con una extensa tradición en el relato negro— fueron el refugio de muchos de estos autores, que, condenados al ostracismo, e incluso a la cárcel, tuvieron que emigrar para poder continuar, no ya solo con su actividad laboral, sino también con la necesidad de contar la vida como ellos la conocían. Comenzó en ese momento una etapa en la que autores como Mickey Spillane, y su personaje hard-boiled Mike Hammer, tomaron el relevo, reflejando una sociedad que era obligada a refugiarse en valores ultra conservadores y tradicionalistas y en la que el miedo generalizado a la invasión comunista era el pan nuestro de cada día. La novela negra de calidad fue relegada a un segundo plano, donde escritores como Jim Thompson, Chester Himes o Charles Williams renovaban el género en la sombra, dotándolo de una profundidad psicológica inexistente hasta la fecha y que, poco a poco y de manera silenciosa, se fue propagando como la pólvora en la industria del celuloide.

Coincidiendo con este parón ideológico surgió el florecimiento del género en países como Japón (con un cine básicamente de explotación salvo unos pocos títulos) o Francia, aunque en el país vecino el estilo había nacido y crecido de manera similar que en el continente americano, dando como fruto el cine polar francés. Los años sesenta vivieron, por tanto, una postmodernización del género cinematográfico y son la fuente más directa y más influyente del cine negro que se produjo desde ese momento hasta el día de hoy, sin contar la poética visión de Coppola en El padrino. Dejó de ser tan informativo, tan periodístico, para ser más psicológico, más simbólico. En definitiva, estaba dirigido a otro público, a otra generación. Pero algo del viejo estilo perduraba. Esa pátina de dureza granítica, fría y calculadora, que mantenía a esos arquetipos duros y sin escrúpulos perfectamente conservados. Esos diálogos cortantes, desafiantes, que trasladaban al espectador a una realidad tan desconocida como atractiva. Esta nueva generación, encabezada por directores como Don Siegel o Peter Yates, utilizaba un lenguaje visual mucho más crudo, más directo. La sutilidad fue sustituida por la explicitud y la violencia no se presumía, sino que se veía en primerísimo plano e incluso a cámara lenta. Y mientras el american noir se impregnaba de algo llamado nouvelle vague en una extraña suerte de endogamia (los realizadores de la nouvelle vague imitaban cierta estética del cine negro clásico americano), escritores como George V. Higgins o Elmore Leonard volvían a las raíces del género policiaco, retratando los ambientes gangsteriles de la calle con una prosa realista, a veces desconocida para el público en general. Reformaron lo que habían hecho cuarenta años atrás esos periodistas convertidos en escritores por necesidad,  creando un estilo basado exclusivamente en el diálogo, motor y articulador por excelencia del género desde sus primeros pasos.

Si has sido capaz de llegar hasta aquí, te doy mi más sentida enhorabuena porque es ahora cuando empiezo a comentar la película El confidente, dirigida por Peter Yates y basada en la novela The friends of Eddie Coyle, de George V. Higgins.

Producida en el año 1973, la película traslada con absoluta fidelidad el cuerpo y el alma de la novela. La historia está contada con una serie de conversaciones, siempre entre dos personajes, en las que lo importante no es lo que se dice sino lo que se omite. El reparto lo encabeza Robert Mitchum, actor inconmensurable de rostro pétreo y antihéroe por excelencia durante más de dos décadas. Él es Eddie Coyle, un desafortunado y desesperanzado personaje del submundo criminal que afronta una condena de la que le gustaría librarse. Para ello tendrá que proporcionar información al cruel agente federal Dave Foley (Richard Jordan), que a su vez tratará de aprovecharse de la situación para su propio beneficio. Pero Eddie necesita seguir trabajando con sus «amigos», así que tratará de conseguir algo de hierro a través de Jackie Brown (Steven Keats) un singular traficante de armas que se cree mucho mejor de lo que realmente es. El material deberá ir a parar a los atracadores de bancos Jimmy Scalise (Alex Rocco) y Artie Van (Joe Santos), que suelen frecuentar el bar donde trabaja Dillon (Peter Boyle), camarero a tiempo completo y asesino a sueldo a tiempo parcial. Un puñado de personajes que ni son buenos ni malos. Simplemente son trabajadores que fichan todos los días. Unos se dedican a robar, otros a perseguir delincuentes y otros a matar. Nadie tiene el firme propósito de destruir a nadie en concreto, tan solo se ganan la vida; pero si eso sucede, la única explicación es que no es nada personal. Es una historia sin héroes, cruda como la vida misma y Peter Yates lo retrata de forma sobria, fría pero en absoluto distante. Para mi gusto, de una manera mucho más eficaz que en su afamada Bullit. Nada se deja al azar y todo se encuentra en su justa medida, incluida la banda sonora del genial Dave Gruisin, que hará las delicias de los amantes de las bandas sonoras de los 70. Estamos ante uno de los mejores retratos de la negrura que nos rodea, un viaje subterráneo por las pútridas alcantarillas del relato criminal.