El desvío

Título: El desvío (Detour)
País y año: EEUU, 1945
Dirección: Edgar G. Ulmer
Intérpretes: Tom Neal, Ann Savage
Guión: Martin Goldsmith
Cartel de El desvío

El cine negro. Esa esfera llena de aberturas. Ese mundo cerrado en sí mismo pero abierto a mil formas. Y es verdad; puede parecer que el noir es simplemente la conjunción de una serie de elementos estereotípicos (el detective, la femme fatale, un golpe planeado al dedillo, un comisario corrupto, una oscura fotografía en blanco y negro, un crimen perfecto…) pero va mucho más allá de sus propios “límites”. Hay quien, estirando el concepto, afirma que Taxi Driver (Scorsese, 1976) es film noir. Así que figúrense.

“El desvío” (Detour, 1945), de Edgar G. Ulmer, es una pieza temprana del género, de cuando este nacía en plena edad dorada, en la primera mitad de los años 40. No es tan temprana como The Maltese Falcon del maestro Houston (1941), pero desde luego sí anterior a muchas otras mucho más famosas; y es que Detour es una película tristemente olvidada al no contar con el glamour de entrellas como Bogart o Bacall. Un presupuesto escuálido, una duración famélica (poco más de una hora justita), dos localizaciones de rodaje (¡dos!, un coche con una retroproyección y la habitación de un motel)… es increíble el partido que se le puede sacar a tan poco. Cierto es que los actores protagonistas, Tom Neal y Ann Savage, ya habían trabajado juntos y que en Detour se intentaba aprovechar esa “química” entre ambos. Quizá fuese esa la única baza comercial de la película, que se rodó el 28 días aunque el mito (alimentado por el propio director) dice que fueron solo seis.

Edgar G. Ulmer, un judío austríaco que había estudiado arquitectura y filosofía, comenzó su carrera en el cine en Austria diseñando escenarios y como aprendiz de cineastas compatriotas suyos de la talla de Siodmak, Wilder y Zinnemann, y junto a ellos formó parte de la diáspora fílmica austríaca. Una vez en Norteamérica, Ulmer dirigió películas como la expresionista The Black Cat en 1934, con Bela Lugosi y Boris Karloff, para Universal Studios. Recordemos que fue precisamente esta hornada de directores austríacos llegados a Hollywood quienes trajeron consigo los principios del expresionismo, que pueden verse también en Detour y que, de hecho, informaron estéticamente el nacimiento del cine negro en EE UU y se conformaron en una de sus señas de identidad. En efecto, la niebla de las calles de Nueva York donde se desarrolla la puesta en escena de esta película, los ambientes bohemios y artísticos de los bajos fondos neoyorquinos, esas composiciones aberrantes y exageradas, jugando con las sombras y las siluetas… todo ello remite a un expresionismo relativamente moderado. Pero serán sobre todo las aberraciones y los claroscuros psicológicos de los personajes de Detour los que más contribuyan al expresionismo anguloso de la cinta.

Al Roberts, pianista de medio pelo interpretado por Tom Neal, vive enamorado de su novia Sue (Claudia Drake), con quien comparte escenario todas las noches en un antro de un barrio bohemio en la ciudad que nunca duerme; concretamente, según el cartel, en la calle 81. Cuando ella decide probar suerte en Hollywood y le deja, él se siente traicionado y abandonado. Pero, llevado por el amor incondicional que siente por Sue, Al decide dejarlo todo atrás y lanzarse a la carretera… como autoestopista, pues está pelado. Así intentará cruzar el país, a dedo, y llegar hasta su amada, quien le asegura le recibirá en California con los brazos abiertos. El “desvío” al que hace mención el título es, ni más ni menos, que una jugarreta del destino que le aleja de su destino (el amor) y le envía hacia una senda báquica de fatalidad y violencia. Y esa jugarreta se llama Vera, interpretada salvajemente por una fabulosa Ann Savage, que le arrastrará más y más profundamente hacia el interior de una espiral de la que quizá hubiese podido escapar en un principio.

Y así, tenemos todos los elementos del noir, y a la vez no tenemos casi ninguno. No hay crimen sino accidente, no hay detective sino un hombre común superado por las circunstancias y atrapado en un agujero sin salida (similar al Mickey Rooney de Quicksand, 1950). No hay corrupción policiaca ni un golpe perfecto, tampoco hay una banda de hampones. Tan sólo hay oscuridad, psicologías al límite, un ambiente sórdido y cerrado… y sí, una mujer fatal; eso sí. Pero es una femme fatale alejadísima del canon.

Detour juega con una tensión sexual insinuada pero también confundida con repulsión y odio mutuo, hasta el punto en que el espectador tan solo percibe una cosa: la intensidad de la indefinible tensión, confusa y visceral, que se masca entre los protagonistas. En este sentido, Ann Savage nos regala una interpretación totalmente fuera de todos los moldes, recreando un personaje desquiciado por la codicia, que por momentos parece ceder a una pulsión sexual (o acaso el conato de un sentimiento) que amenaza con desmontar su armadura… pero que, justo antes de hacerlo, se repliega de nuevo en su risa retorcida y sus ojos desorbitados; nada conseguirá doblegar su voluntad, su ambición inexorable. Una interpretación la de Savage (apropiadísimo apellido, por cierto) que, según Wim Wenders, se adelantó 30 años a su tiempo. Un regalo impagable.

Uno se pregunta cómo consiguió Detour tomar el atajo que le permitiría evitar pasar por las tijeras (o el hachazo) de la censura. La escena final es representativa de las muchas exigencias del Hollywood Production Code y su moralismo puritano, pero es que esta película está llena de indicios realmente escandalosos para la época, más allá de la moral dominante que modela las actitudes de la sociedad ‘bienpensante’ hacia el crimen. Para un servidor es casi más impactante el modo en que un hombre y una mujer pueden tener una relación tan intensa, resistiéndose la historia a caer en el romance. La borrachera a la que se entregan una noche, y en la que se sinceran, se insultan y se aborrecen mutuamente hasta el extremo de sugerir una tensión sexual totalmente retorcida, muy lejos de terminar en una escena de seducción o una concesión al sentimentalismo, es una cruda representación de dos seres totalmente salvajes, cuyos impulsos amorales y sus violentas convulsiones para salir del agujero en que se encuentran se antojan ciertamente radicales, más allá de lo que quiera que sea que estén tramando o se traigan entre manos.

En definitiva, una joya ineludible que sin duda gustará a todo amante del género.