El otro

Título: El otro (The Other)
País y año: EEUU, 1972
Dirección: Robert Mulligan
Intérpretes: Uta Hagen, Diana Muldaur, Chris Udvarnoky
Guión: Tom Tryon
Cartel de El otro
Esta reseña revela detalles del argumento

Es curioso constatar cómo una gran parte del público (la gente que ve películas… la gente en general, vamos) coincide en que uno de los hitos cinematográficos más efectivos a la hora de inspirar terror son aquellas gemelas fantasmagóricas cuyos protoplasmas habitaban los pasillos del Hotel Overlook y los sueños de los personajes que allí se hospedaban durante el largo y psicótico invierno de El Resplandor (Stanley Kubrik, 1980). Las niñas pálidas de prominentes frentes y sus vestidos de lazos y bordados forman parte, junto al chaval protagonista poseedor del "resplandor” y su amigo imaginario Tommy, de una historia de terror ya clásica en la que el mundo infantil y las percepciones especiales de la infancia forman parte de una imaginería que conjura miedos universales.

Las gemelas de El Resplandor inspiraron el cartel promocional del Festival Internacional de Sitges del año 2010 en un homenaje que las consagraba como uno de esos iconos cinematográficos que se infiltran para siempre en nuestra memoria visual y se convierten en abanderados de toda una época y, por qué no, de todo un género. Muchas otras películas han explotado la perturbación inherente tanto en gemelos como en ‘amigos’ o reflejos imaginarios, desde Pin (Sandorn Stern, 1988) hasta Dead Ringers (David Cronenberg, 1988) o Sisters (Brian de Palma, 1973).

El caso es que los gemelos dan miedo. Son una realidad relativamente cotidiana pero que encierra un enigma difícil de determinar. Parecen desafiar la idea de que todos tenemos nuestra propia personalidad en la que podemos escudarnos y que nos diferencia del mundo. Pensar que esa barrera puede ser atravesada, que alguien puede invadir la intimidad de nuestra identidad y redefinirla --más aún ante el indefenso y trémulo espíritu de nuestra infancia-- nos desconforta. Pero sobre todo, lo que más despierta nuestra suspicacia hacia los gemelos, hacia todos ellos pero especialmente hacia los gemelos idénticos, es su extraña capacidad para engañarnos por completo y, con toda impunidad, hacerse pasar el uno por “el Otro”.

En esta película de 1972 (gran década para este tipo de historias en la que no eran imprescindibles los sobresaltos repentinos ni los chorretones de hemoglobina) todo este temible juego de identidades complementarias o intercambiables es aderezado con una serie de elementos que construyen un mundo muy peculiar, el enrevesado mundo de la pre-adolescencia en el que todos podemos sentirnos identificados y que puede ser caldo de cultivo para el terror más introspectivo: los juegos secretos, las reglas de los ‘adultos’, la culpa compartida, la lealtad a un hermano y la traición inevitable, por no hablar del miedo, de la mentira, del bien y del mal… y de la locura. Efectivamente, en El Otro se nos propone una esquizofrénica dicotomía entre el ‘lado bueno’ y el ‘lado malo’, respectivamente identificados en cada uno de los gemelos.

La película comienza y nos invade una sensación de tranquilidad estival y luminosidad. Todo parece indicar que este verano será uno más en la pequeña e idílica localidad granjera y anglosajona de Connecticut donde se desarrolla la historia. Dos niños de 11 años juegan en los alrededores de un pajar, libres de la atención de los padres. Pronto nos damos cuenta de que uno de ellos, Niles, es sensible y obediente mientras su hermano gemelo Holland parece algo retorcido en sus travesuras. Recluida en la casa y ajena a las desventuras de sus hijos vive la madre, sumida en una ausencia y una fragilidad mental profundas e incapaz de recuperarse de la muerte de su marido. Esta melancólica y perturbada figura maternal parece prueba viviente (hasta cierto punto) de la inexorable maldición que se cierne sobre la familia. Pero, ¿qué le pasó al padre de Niles y Holland? Mientras nos surge esta terrible duda en la mente, se nos presenta la extraña abuela de los gemelos: Ada, una inmigrante rusa que pasa quizá demasiado tiempo con Niles y en cierto modo cumple el papel de madre con él; sin embargo, el espectador recela del personaje atípico y místico que representa y del modo en que instruye a su nieto en una especie de magia transnatural que ella llama el “Gran Juego” y que puede compararse al "resplandor" de la novela de King, una habilidad astral que permitirá a Niles situar su conciencia fuera del cuerpo y ubicarla, por ejemplo, en un pájaro que surca el cielo (y ver a través de sus ojos) o en el interior de un ataúd enterrado en el cementerio (y contemplar horrorizado lo que yace allí dentro).

Según avanza el verano vemos que las travesuras de Holland van creciendo y convirtiéndose en auténticas maldades ante la mirada estupefacta e insegura de Niles, testigo involuntario de los terribles actos de su hermano. Lo que antes era un juego ya ha dejado de serlo. Cualquiera que tenga un hermano entiende la angustia de Niles ante las faltas de Holland y la imposibilidad de delatarle. Y todo aquel que ha cometido una maldad conoce bien la necesidad de un cómplice, y lo mucho que enfurece no encontrarlo en un hermano. Niles le pide a Holland que detenga sus maldades. Le quiere con todas sus fuerzas y se preocupa por él, por su inminente caída. La conexión con su hermano es tan fuerte que jamás se romperá. Sin embargo, como para indicar un terrible abismo que existe entre ellos, la película nunca nos muestra a los hermanos juntos en un plano. Siempre aparecen separados por el montaje o, al menos, por un paneado.

Conviene recalcar en este punto algo acerca de la labor interpretativa de los niños actores que interpretan los personajes de los gemelos Niles y Holland. Las interpretaciones de Chris y Martin Udvarnoky (en el único trabajo que les conozco) despiertan una enigmática y desapacible impresión en el espectador; son emotivas, tensas, profundas e inquietantes como sólo en contadas ocasiones proporcionan actores de tan corta edad.

Entonces ocurre algo que hace al espectador replantearse todo lo que ha estado viendo hasta el momento. Cuando Niles ‘penetra’ con su visión en el interior de cierta tumba, se despierta en él un conocimiento que estaba, nunca mejor dicho, enterrado. Recordará, de repente, hasta qué punto era realmente Holland el causante de las tragedias; recordará lo que ocurrió cierto día junto a un pozo tras la casa, algo que estaba escondido en su memoria. Un terror profundo se desata con este trauma, un terror que, no por haber sido puesto sobre la mesa, deja de disparar un cambio sorpresivo en la trama que nos sobrecoge, a la vez que nos ilumina respecto a lo que realmente está ocurriendo. Esta terrible sorpresa, a pesar de desvelar lo que realmente está ocurriendo, no evita que se desarrollen los oscuros acontecimientos del acto final. La abuela Ada confiará demasiado en su nieto y la escalada de odiosas escaramuzas desembocará en una tragedia cuya gravedad va más allá de lo fácilmente soportable, tanto para los habitantes del pueblo donde viven los gemelos como para el propio espectador.

Es precisamente esta estructura narrativa, estas dos desagradables "sorpresas" (una hacia la mitad y la otra al final) lo que hace que El Otro sobresalga por encima de la mediocridad que supone un simple twist final y que las implicaciones de la historia tengan una profundidad inusitada. Es también lo que da el empuje narrativo a la película. En cierto sentido, recuerda a Psicosis, cuando a mitad de la película la heroína o aparente protagonista es asesinada. ¿Cómo prosigue la historia? Llevándonos a un plano más profundo donde lo importante no era lo que parecía. En El Otro, la primera revelación contiene una cierta carga de shock value que tan sólo es el principio de lo que verdaderamente trata la historia y que reaviva y multiplica el interés del espectador. Sirve, además, para despejar otras dudas y sospechas, de preguntas que se habían quedado simplemente sugeridas. Se puede decir que toda la primera parte de la pelicula es una especie de "puesta en escena" que nos prepara para ser después testigos boquiabiertos de una locura y una enfermedad absolutas, de un mal ya libre de todo misterio y toda duda. Y aunque tanto el twist intermedio como la tragedia final son relativamente predecibles, nada nos permitía prever el horror y el desenlace definitivo, el secreto que queda guardado para siempre en las cenizas del pajar, y el espectador se queda con un nudo en la garganta ante la impunidad del mal. La película tiene una conclusión mucho más oscura que la del propio libro en la que está basada la historia y esta valentía le honra.

La duda de si nos encontramos en El Otro ante un terror metafísico y sobrenatural o ante un terror de la mente es otra de las formas en que la película plantea sus términos. La existencia real y efectiva de la magia del "Gran Juego" ni se confirma ni se desmiente. Parece como si el Mal --con mayúsculas-- fuese tanto una manifestación mental (con matices psiquiátricos incluso) como una manifestación puramente satánica u ontológica. De hecho, una de las versiones del cartel de la película recuerda demasiado al de la película La Profecía (The Omen, posterior, de 1976) pero, debemos reconocerlo, inspira más pavor una maldad real que una maldad bíblica.

Robert Mulligan cuenta en su haber con películas muy distintas. El director de Verano del 42 (una romántica historia iniciática de primer amor) o Matar a un ruiseñor (un drama sureño acerca del racismo y de excepcionalidades humanas como el inolvidable personaje ‘Boo’ Radley) nos sorprende con una historia de terror psicológico en toda regla, sin concesiones al gran público y al mismo tiempo sin pretensiones inoportunas. Bien es cierto que las películas de la filmografía de Mulligan recién mencionadas tienen conexiones con el mundo de la infancia o la pre-adolescencia, e incluso con la idea de los roles intercambiados. Por eso no resulta extraño que el tratamiento que el consagrado director le dio a la novela homónima del actor Tom Tryon --quien adaptó su propio texto para esta versión cinematográfica-- fuese impecable, tanto en el modo de presentar a los personajes principales como de desarrollar su historia veraniega y luminosa pero sin duda alguna desasosegante y terrorífica. De hecho, resulta llamativo el hecho de que una película de terror se desarrolle en su mayor parte en plena luz del día, en un verano de una fértil y colorida localidad de Nueva Inglaterra. Son, no obstante, colores amenazantes. Son iluminaciones que, lejos de esconder al causante de nuestros miedos, lo expone a la luz y, ni aún así, podemos convencernos del todo de que un niño de once años sea capaz de tales atrocidades.