El portero de noche

Título: El portero de noche (Il portiere di notte)
País y año: Italia, 1974
Dirección: Liliana Cavani
Intérpretes: Dirk Bogarde, Charlotte Rampling, Philippe Leroy
Guión: Liliana Cavani
Cartel de El portero de noche

En el momento de su estreno, El portero de noche causó gran escándalo por su atrevido argumento: una víctima de un campo de concentración se encuentra por casualidad con uno de sus torturadores doce años después del fin de la segunda guerra mundial, y en lugar de producirse la esperada venganza, se reaviva una perturbadora historia de amor. Una película basada en la relación masoquista entre un oficial nazi y una de sus víctimas resultaba una idea transgresora con obvias consecuencias mediáticas, como bien debía saber la directora y guionista Liliana Cavani cuando preparaba este explosivo cóctel. El debate que surgió de una obra de naturaleza tan espinosa tenía en consideración no sólo la obra artística sino también la responsabilidad ética del autor; ahora bien, para llegar a una conclusión justa había que establecer si la evidente provocación estaba además vacía de contenido. La película responde por sí sola: pese a estar impregnada de un ligero sensacionalismo, El portero de noche demuestra con su impecable ejecución técnica, el cuidadoso tratamiento de una situación tan extrema y sobre todo la complejidad de los personajes que Cavani no se tomó a la ligera las peligrosas implicaciones de esta historia de amor, retorcida y pasional a partes iguales.

La película comienza mostrándonos los pormenores de la vida de Max (Dirk Bogarde), un ex-oficial de las SS que se oculta trabajando como portero nocturno en un lujoso hotel de Viena. Su anodina existencia se ve amenazada por unas investigaciones sobre los crímenes de guerra nazis que están estrechando el círculo entorno a él y un pequeño grupo de antiguos miembros de las SS. Parecen confiados en que sus influencias y contactos podrán salvarlos del escrutinio, hasta que ocurre un suceso totalmente inesperado que pone en peligro su anonimato. Lucia (Charlotte Rampling), una superviviente del campo de concentración dirigido por este siniestro grupo, aparece en el hotel de Max acompañada por su marido. Captor y prisionera sólo cruzan miradas, pero se reconocen al instante. Tratan de evitarse, pero los recuerdos llegan arrolladores e incesantes, despertando sentimientos enterrados durante mucho tiempo y creando una tensión casi insoportable que culminará en el inevitable encuentro cara a cara entre ambos. Después de ver a través de una serie de aterradores flashbacks el sadismo y crueldad de Max y su relación con Lucia en el campo de concentración, lo que ocurre entonces resulta difícil de digerir. El reencuentro es violento, irracional, casi grotesco. Es una colisión entre dos seres traumatizados por un pasado infernal, pero que pertenecen por completo a él, hasta tal punto que sólo recreándolo pueden volver a ser ellos mismos.

La directora Liliana Cavani construye este pequeño mundo de decadencia (quizá la palabra que mejor define esta película) con una precisión admirable. Es un microcosmos por el que pululan nazis conspiradores y aristócratas decrépitos, donde la extinta grandeza del Tercer Reich se reconstruye en pequeños rituales nostálgicos y un estilo de vida agonizante da sus últimos estertores en habitaciones de lujo. En una escena se mezcla el terror de los campos de concentración con una representación de La flauta mágica;en otra vemos a un oficial de las SS ofreciendo un recital privado de ballet a sus compañeros torturadores, absortos por la belleza del espectáculo. Cavani une el horror con lo sublime, difuminando la línea entre ambos y preparando mentalmente a la audiencia para la relación entre Max y Lucia. Intentar comprender por qué una superviviente del holocausto se enamora de su torturador es intentar comprender lo imposible, encontrar explicación al funcionamiento de los más ocultos mecanismos de la mente humana. La violencia física y psicológica se transforma en pasión y después en sexo, pero aquí el sadismo no se muestra como una mera perversión sexual sino como un canalizador de algo mucho más profundo, una materialización del trauma y el dolor que arrastran los protagonistas y una metáfora de los horrores de la guerra.

Con el fondo del Holocausto y un contenido sexual poco explícito pero muy arriesgado, no es de extrañar que El portero de noche se viera banalizada por una promoción basada en el escándalo y fuera recibida con hostilidad por gran parte del público. En una época en la que las películas “inmorales” y los géneros de explotación estaban a la orden del día, resultaba tarea fácil para los defensores de la moral descartar como basura cualquier película que indagara en temas tabú, basándose en la abundancia de subproductos que hurgaban en el detritus social o histórico. Conocimiento carnal (Carnal knowledge, 1971) o El último tango en París (Ultimo tango a Parigi, 1972) se consideraban síntomas de la “depravación moral” de los años 60 y 70, obviando sus manifiestos logros artísticos. Había un sector de la sociedad empeñado en polarizar el arte en “moral” y “amoral” sin tener en cuenta las intenciones de la obra, el contexto o el valor estético, por lo que se podía meter en el mismo saco a El portero de noche y La loba de las SS (Ilsa: She Wolf of the SS, 1975), cometiendo un error tan grave como evidente. Es cierto que en la primera hay escenas en las que se frivoliza un poco con la parafernalia nazi, por ejemplo en los flashbacks de Max y Lucia en el campo de concentración, en los que Cavani se mueve entre el realismo documental y el efectismo. Sin embargo, la superioridad de El portero de noche frente a otros productos de mera explotación es aplastante, y afortunadamente el paso del tiempo ha puesto en su lugar a una obra que 35 años después de su estreno sigue levantando pasiones y desafiando al espectador a enfrentarse con la parte más oculta de nuestra psique.