El sirviente

Título: El sirviente (The servant)
País y año: Reino Unido, 1963
Dirección: Joseph Losey
Intérpretes: Dirk Bogarde, James Fox, Sarah Miles
Guión: Harold Pinter
Cartel de El sirviente
Esta reseña revela detalles del argumento

El sirviente fue la primera de las tres colaboraciones cinematográficas entre el director Joseph Losey y el dramaturgo Harold Pinter, seguida de Accidente (1967) y El mensajero (The Go-Between, 1970). El cineasta estadounidense, obligado a exiliarse a Reino Unido a principios de los años 50 ante la amenaza de la caza de brujas de McCarthy, encontró en el lenguaje de Pinter un aliado acorde a sus convicciones políticas de izquierda e interesado en el análisis de uno de los fenómenos sociales más enraizados en Reino Unido: el sistema de clases. En sus tres colaboraciones se exploran los aspectos más negativos de la clase alta británica, pero es en El sirviente donde sus observaciones nos llevan a terrenos más oscuros. La película nos cuenta la particular relación que se establece entre un mayordomo y su amo cuando los estrictos códigos de conducta son remplazados por las mentiras y la envidia que surge entre ambos, dando lugar a un insólito enfrentamiento de personalidades y de clases.

Barrett (Dirk Bogarde) es un mayordomo en busca de trabajo que acude a una entrevista en un barrio acaudalado de Londres. Basta con una informal charla para que Tony (James Fox), un despreocupado dandy que se acaba de mudar a la capital, se decida a contratarle como sirviente a cargo de su casa georgiana. Barrett parece leal, minucioso y extremadamente reservado; Tony lleva una vida disoluta que está a punto de llegar a su fin por el inevitable compromiso con su novia Susan. En un principio, la relación entre ambos refleja todos los tópicos del choque de clases entre el amo y su sirviente, con las situaciones incómodas y los toques de absurdo acentuados por la pluma de Pinter. Las cosas cambian cuando la hermana de Barrett, Vera (Sarah Miles), llega de visita desde Manchester. Su presencia añade un fuerte componente sexual, potenciado por la propia Vera, que a Tony le resulta imposible ignorar. Mientras se obsesiona con ella, la verdadera relación entre Vera y Barrett empieza a descubrirse y este se revela como un astuto manipulador que no tiene nada que ver con el pulcro y circunspecto mayordomo. La cada vez más claustrofóbica convivencia entre Barrett y Tony se emponzoña hasta el punto de que la pareja termina por convertirse en una parodia de sí mismos, revirtiendo los roles en una relación de poder que ya poco tiene que ver con su clase social. Recluidos en la casa, continúan su descenso decadente hasta que las turbias intenciones de Barrett salen por fin a la luz.

Sin duda la relación idónea para mostrar el sistema de clases en su forma más pura es la del amo y su criado, el señor y el sirviente, una dicotomía social llena de posibilidades dramáticas que resulta un filón inagotable para la literatura, el teatro y el cine. El sirviente muestra la mecánica del comportamiento entre estas dos figuras en clave de drama psicológico, sin entrar ni de forma tangencial en el terreno pantanoso de las ideologías o la lucha de clases a pesar de las ideas políticas de Losey y Pinter. Eso no evita que se utilicen los personajes de Barrett y Tony para exponer el absurdo de su relación y por extensión el de toda relación de la misma naturaleza, así como la fragilidad de las convenciones sociales cuando entran en juego los instintos y deseos humanos. Aunque parezca un retorcido juego creado por Barrett para su propio entretenimiento, el pulso de poder que se establece entre este y Tony está profundamente marcado por su pertenencia a una determinada clase, en particular por el deseo de experimentar lo que sería estar al “otro lado”. Tony se obsesiona con Vera no solo porque le atrae físicamente, sino también porque ella representa, en cierto modo, una idealización de la clase obrera que él envidia en secreto: Vera vive de forma más intensa, posee una pureza e ingenuidad que la separan de la formalidad extrema y la hipocresía de la clase alta.

Resulta fascinante la facilidad con la que Tony y Barrett, en la recta final de su perversa aventura, se intercambian los roles de amo y sirviente. Para Losey, la estructura de clases había permeado tanto en los ciudadanos británicos que no existía forma alguna de que estos, ya estuvieran en contra o a favor, pudieran escapar de su influencia. Esta idea se transmite a la perfección en el tercer acto de El sirviente, donde los dos protagonistas deciden permanecer juntos a pesar de la grotesca situación de la que son partícipes. Al fin y al cabo, es la pertenencia a una clase lo que los separa, pero también lo que los ha unido.

Para finalizar, hay que destacar la imponente interpretación de Dirk Bogarde, un actor que pareció haber nacido para meterse en la piel de personajes como Barrett: tipos de inconfundible flema británica, herméticos hasta la médula pero convulsos por algún trauma o pasado inconfesables. Su sirviente recuerda bastante al nazi al que dio vida en El portero de noche (comentada aquí en Film Bunker); en ambos casos Bogarde combina la contención y frialdad expresiva que demandan sus personajes con una pulsión oscura, una fealdad interior que nos deja entrever a través de breves y casi imperceptibles gestos y miradas.