Killer Joe

Título: Killer Joe (Killer Joe)
País y año: EEUU, 2011
Dirección: William Friedkin
Intérpretes: Matthew McConaughey, Emile Hirsch, Juno Temple, Thomas Haden Church, Gina Gershon
Guión: Tracy Letts
Cartel de Killer Joe

William Friedkin lleva más de cuarenta años dirigiendo películas, y en ese largo período destacan muy por encima del resto las dos obras que le han asegurado un lugar de honor entre los clásicos: Contra el imperio de la droga (The French Connection, 1971) y El Exorcista (1973). Sin haber cumplido los 40 años, Friedkin había escrito dos de los capítulos más importantes de la historia del cine moderno, poniendo el listón a una altura casi imposible de superar para cualquier cineasta. A pesar de que a partir de entonces su filmografía siempre estuvo a la sombra de estas dos obras capitales, el singular talento de Friedkin quedaba patente de forma esporádica en títulos como el brutal thriller Vivir y morir en Los Ángeles (1985) o Sorcerer (1977), su alucinada revisión del clásico francés El salario del miedo (1953). Sin embargo, su fama inicial de director rebelde con una visión descarnada de la realidad quedó con el tiempo diluida entre los títulos olvidables de una larguísima carrera. Friedkin necesitaba, cada vez con más insistencia, un resurgimiento. O más bien, el cine estadounidense necesitaba el resurgimiento de Friedkin. No en forma de una película complaciente que le rescatara del olvido y endulzara el ocaso de su carrera, sino con una obra que le devolviera a la visceralidad de sus inicios, su hambre por agitar al público y dejarle en estado de shock. Con un potente derechazo a la mandíbula si fuera necesario.

Su última película es precisamente eso: un puñetazo donde más duele.

En Killer Joe Friedkin lleva a la pantalla la obra de teatro homónima de Tracy Letts, cuyo material también sirvió de base para la anterior película del director, la claustrofóbica y enfermiza Bug (2006). En un principio Killer Joe se nos presenta como un thriller al uso, introduciéndonos en el sórdido mundo de la familia Smith, basura blanca de la peor calaña que, como dictan los cánones, vive en un parking de caravanas. Chris Smith (Emile Hirsch), el hijo, debe dinero a un traficante de droga y pretende conseguirlo gracias a un retorcido plan que incluye contratar los servicios de un asesino a sueldo llamado Joe Cooper (interpretado por Matthew McConaughey, que da un giro radical a su carrera metiéndose en la piel de un criminal depravado con resultados sorprendentes). La historia con tintes de novela policíaca al estilo de Elmore Leonard logra encandilar al espectador desde la primera escena, con Friedkin delineando los personajes principales con precisión a la vez que empuja la narración a un ritmo vertiginoso. En estos compases iniciales ya nos encontramos con una escena memorable que se desarrolla dentro de un strip-club. La ejecución es impecable; la iluminación y la música nos sumergen de lleno en el submundo redneck y casi sin darnos cuenta el diálogo espídico que Chris mantiene con su padre ya nos ha situado de lleno en la trama. Aunque tratándose de una obra de teatro los diálogos llevan casi todo el peso de la narración, Friedkin quiere que su adaptación se mueva constantemente de lugar, dando flexibilidad a la historia y usando fotografía y localizaciones para crear una estética de “serie B tejana”, un microcosmos de talleres mecánicos, parkings de caravanas y  descampados que se ajusta como un guante a la retorcida mentalidad de sus habitantes. Y es que en Killer Joe todos los personajes están tan carcomidos por su lado oscuro que ya ni se sabe si les queda algo de humanidad. Hasta en Dottie (Juno Temple), hija de los Smith que representa hasta cierto punto la inocencia inexistente en sus padres y su hermano, se dejan ver ráfagas de maldad. Ella es la protagonista junto a Joe de una de las escenas más perturbadoras que he visto en una película estadounidense desde que Dennis Hopper abusara de Isabella Rossellini en Terciopelo Azul (1986). Es cierto que Killer Joe nos ofrece un respiro en el humor malsano y tremendamente efectivo que aparece de forma intermitente, sobre todo a expensas de Ansel y Sharla, el padre y la madrastra de los Smith (Thomas Haden Church y Gina Gershon se erigen como la pareja lumpen definitiva con sus actuaciones), pero ni siquiera esto consigue suavizar el impacto de la perversión que contemplamos en la larguísima escena final. La esencia de literatura pulp y el carácter extremo, casi paródico de sus personajes sirven para subrayar el absurdo y la crueldad imperantes en las relaciones humanas cuando estas están guiadas por la codicia y desprovistas de los más mínimos valores. Friedkin vuelve a demostrar, muchos años después, que sigue teniendo ojo clínico para analizar a través de una película lo peor de la sociedad estadounidense.