Kontroll

Título: Kontroll (Kontroll)
País y año: Hungría, 2003
Dirección: Nimród Antal
Intérpretes: Sándor Csányi, Eszter Balla, Zoltán Mucsi
Guión: Jim Adler, Nimród Antal
Cartel de Kontroll

Ver Kontroll por primera vez nos recuerda al día en que vimos, preadolescentes, La Historia Interminable (en cine, por supuesto, a mediados de los 80). Porque nos devuelve esa experiencia única, vivida en tan pocas ocasiones, de vislumbrar lo que hay al otro lado de la puerta que lleva a otro mundo de Fantasía, donde todas las cosas buenas que existen están secretamente en peligro, donde hay fuerzas del mal que quieren acabar con nuestros sueños, donde hay ángeles y criaturas mágicas más allá de nuestra imaginación. Es una forma de recuperar una energía perdida con la juventud, de despertar emociones extintas que creíamos irrecuperables. Una forma de hacer cine que dejó de ser común, pero que es lo que muchas veces se echa de menos. O quizá soy un nostálgico.

Kontroll representa el microcosmos del Metro de Budapest pero en realidad retrata el mundo entero, o quizá el mundo interior de las personas, por donde transitan nuestros miedos y nuestras facetas más brillantes y (a la vez) las más oscuras. Atravesado por túneles, sus dominios son las catacumbas de nuestro día a día, tan reales como ocultas, surcadas por grasa y humedad bajo una luz fluorescente. Pero de alguna manera, Nimród Antal se las apaña para que el paisaje oscuro e industrial del Metro se nos antoje, quizá a un nivel subliminal, nada más y nada menos que un fabuloso bosque encantado, con sus criaturas, sus caminos que se bifurcan, sus árboles tenebrosos… Tenemos hasta nobles brutos y fieles escuderos, como en todo mundo de fantasía que se precie. Y luego están los búhos místicos, simbólicos (o quizá no tanto), que son presagios de algo que entendemos perfectamente, de un secreto que olvidamos. Búhos que tienen la extraña habilidad de salir del mundo de fantasía y atravesar el umbral y visitar nuestra dimensión, moviéndose entre mundos, sirviendo de enlace entre ellos, de guía hacia la salida.

Pero no. La vida es mucho más prosaica y mundana que todo eso. La depresión urbana, la repetición anodina de un trabajo que no tiene sentido,  la neurosis, los conflictos entre las personas cuando se rozan y se hablan y se irritan, el pasado y las derrotas… todo ello pesa demasiado como para dejar que la fantasía y los sueños se materialicen totalmente. Acaso irrumpe algún destello, aquí y allá, en una oscuridad constantemente atravesada por la rutinaria violencia de los trenes y su capacidad de reducirnos a papilla si caemos en sus raíles. O si nos empujan.

Sin embargo, el guión de esta película, apoyado por su música (el sonido electrónico de los húngaros ‘Neo’) imprime un humor y un ritmo que nos levanta una sorpresiva sonrisa, que nos emociona incluso, que redime a unos personajes oprimidos por el peso de su vida y nos inspiran cosas buenas como el deseo de comunión con los demás, el amor por la imperfección, la identificación con sus miserias e incluso la pasión y la excitación del juego de la vida, como las trepidantes persecuciones y los duelos a medianoche.

Y es que (casi olvido mencionarlo) Kontroll nos cuenta, siguiendo una estructura de capítulos o secciones, la vida diaria de un grupo de inspectores de Metro, a cada cual más friki, todos ellos con sus defectos pero con los que terminamos encariñándonos. En concreto nos muestra la situación que atraviesa la vida uno de ellos, el críptico Bulcsú, que encierra un pasado de decepción y que en el transcurso de la película se encontrará con ¿alegorías? de las dos fuerzas más poderosas de todos los grandes cuentos: el amor, en forma de una encantadora muchacha disfrazada de oso, y la muerte… una némesis oscura (o un fantasma interior) cubierta por una capucha afilada, que parece estar empujando a muchos pasajeros a las vías del Metro.

La película demuestra cómo no hace falta ser original ni hacer nada nuevo para que todas las piezas del cine encajen a la perfección y el resultado final, sin ofrecer simbolismos retorcidos ni metáforas pretenciosas, nos comunica algo casi sublime, difícil de poner en palabras, algo con lo que nos identificamos en su humildad y modestia, algo que todos entendemos porque todos somos viajeros del mismo vagón. Esta historia es para todo el mundo.