La bici de Ghislain Lambert

Título: La bici de Ghislain Lambert (Lé Vèlo de Ghislain Lambert)
País y año: Francia-Bélgica, 2001
Dirección: Philippe Harel
Intérpretes: Benoit Pooelvorde, José García, Daniel Ceccaldi, Sacha Bourdo, Emmanuel Quatra, Christelle Cornill
Guión: Philippe Harel, Olivier Lazat, Benoit Pooelvorde
Cartel de La bici de Ghislain Lambert

Los micrófonos se echaron encima del ciclista Chente García Acosta cuando, después de una larga escapada, consiguió ganar una etapa del Tour de Francia. Ya era todo un veterano de ese deporte y nadie esperaba una hazaña semejante de un corredor que no era nada más que un gregario. El gregario es aquel ciclista encargado de hacer el trabajo sucio para el jefe de filas. Es el que hace el trabajo sucio, el que se encarga de apretar el ritmo en una etapa o, por el contrario, utilizar todas las técnicas por cochinas que sean para retrasarlo. Si el jefe de filas coge una pájara, es decir, revienta en carrera, tiene que parar para acompañarlo y que no quede fuera de control y cosas así. El francés, que es un idioma estupendo, tiene un nombre más acertado incluso que el de gregario para definir a este tipo de secundarios: “Carrier de L´eau”. O sea, “el que lleva el agua”. Uno de los trabajos más humillantes que uno puede ver en una carrera ciclista es la de un ciclista que se descuelga del pelotón para que, desde el coche del director del equipo, se le entreguen bidones llenos de agua que va colocándose dentro del maillot y, luego, lanzarse otra vez hasta el pelotón para atravesarlo entregándole a cada compañero uno de esos bidones.

En aquellas entrevistas que le hicieron a García Acosta este dijo una cosa reveladora, cargada de dolor y de sorna: “Todos hablan de Induráin como un héroe, joder, héroe yo que tardo dos horas más que él en hacer una etapa de montaña”. Y no le faltaba razón.

El ciclismo es un deporte cruel en el que es muy difícil conseguir títulos individuales. La mayoría de los deportistas de la bici terminan su carrera sin tener en su haber de victorias más que algunos cuartos y quintos puestos en carreras pequeñas, alguna victoria por etapas en alguna parte pero, la mayoría, simplemente se retiran sin ningún trofeo más que los que ganaron, si es que los ganaron, en su etapa como juveniles.

La acción de La bici de Ghislain Lambert se desarrolla hacia finales de los 70 cuando el ciclismo era aún menos profesional y conocido que actualmente. Ghislain es un granjero que va a todas partes en bicicleta y que sueña con la gloria de convertirse en una referencia del ciclismo en un país como Bélgica que adora el ciclismo. Comienza a destacar en carreras locales (los Países bajos son prolijos en este tipo de carreras de amateurs, critériums, etc.) y de ahí da el salto a un modestísimo equipo donde rápidamente se convierte en un gregario de una potencial estrella de ese deporte. Por si fuera poco mientras se desarrolla su miserable carrera semiprofesional la sombra de un ciclista de su misma nacionalidad, al que todos comenzarán a apodar “el Caimán” por su voracidad ganadora, comienza a crecer de manera irremisible. Ese ciclista no es otro que el gran Eddie Mercx.

Lo que le falta a Ghislain como ciclista para convertirse en una verdadera estrella lo suple con un mucho de ambición. Rápidamente se ve envuelto en los tejemanejes del doping aplicado de la forma más temeraria y casera posible y en una especie de lucha contra un cuerpo que no da más de sí.

Benoit Pooelvorde (grandísimo actor cómico más conocido por su labor de codirector, coguionista y protagonista de la chunga Ocurrió cerca de su casa (1992), ese mockumentary sobre la vida de un asesino en serie rodado en blanco y negro) da vida a ese Ghislain Lambert, un antihéroe al que todo parece salirle no ya mal si no rematadamente mal y refleja el dolor físico y mental de dedicarse profesionalmente a la bicicleta, toda la carga de frustración y, sin embargo, la decisión kamikaze de trascender por encima de cualquier cosa. Si Pooelvorde clava a la perfección, incluso físicamente porque no se puede decir que no parezca uno de esos ciclistas belgas de los 70 y los 80 tan característicos y tan feos, no peor lo hace José García (¡qué gran actor!) intepretando a un hermano metido a representante sabandija, Claude Lambert,  que nos enseña a la perfección todas las peleas de patrocinadores y tejemanejes propios del deporte.

En definitiva Philippe Harel urde una película que sirve para hablar de la parte fea del deporte, una especie de reverso de las películas clásicas sobre deporte, en la que invierte los términos para mostrarnos la trastienda y que juega un papel desmitificador sobre como se alcanza la gloria en cualquier deporte convirtiendo a su Lambert en la antítesis de Mercx, en una especie de Mercx en miniatura quien sabe si quitándole un poco de brillo al deportista que reinó durante tantos años en el ciclismo profesional y al que tan cuesta arriba se le hacía eso de perder y, sobre todo, eso de ser humilde. Gracias al reflejo de la realidad chusca de Lambert, su vida deportiva cutre, su cutre vida familiar, su chunguez malévola e inofensiva descubrimos un poco mejor a Mercx, sin duda.

La bici de Ghislain Lambert resulta una comedia agridulce sobre la incapacidad de aceptar nuestros propios límites con toques de broma fúnebre (el intento de batir el record de la hora, un chusco anuncio protagonizado por Lambert, un tour de Francia de farolillo rojo) y unas altas dosis de drama, de hacerse daño como único camino para alcanzar la fama.