La muchacha del sendero

Título: La muchacha del sendero (The little girl who lives down the lane)
País y año: Canada - USA - Francia, 1976
Dirección: Nicolas Gessner
Intérpretes: Jodie Foster, Martin Sheen, Scott Jacoby
Guión: Laird Koenig
Cartel de La muchacha del sendero

Todo en The girl who lives down the lane es extraño, todo nos deja perplejos. Porque todo en ella, desde el tono (una especie de comicidad quizá no completamente intencionada) hasta el mismo guión, está planteado desde una perspectiva radicalmente diferente a lo que estamos acostumbrados. La historia de una niña púber que vive totalmente sola y que está dispuesta a defender su casa hasta las últimas consecuencias ante “los adultos” que pretenden irrumpir en su mundo perfecto está cargada de implicaciones tan dispares que resulta difícil centrarse en una sola. Pero, en lugar de abrumar, la historia se eleva hacia una sencillez muy convincente y que todos podemos entender de un modo muy intuitivo y difícil de explicar con palabras.

¿Quién no veía, durante su infancia y hasta antes de la madurez definitiva, a “los adultos” como esos seres autoritarios y metomentodos que nos decían quiénes y cómo teníamos que ser? ¿Como si aún no fuésemos personas? ¿Quién no tenía esa perspectiva de individualidad y desapego del mundo, esos pequeños universos personales donde todo tenía sentido y donde queríamos recluirnos en paz para siempre?

Jodie Foster protagonizó este film con 13 años (el mismo año en que rodó la mítica Taxi Driver con Scorsese), creando un personaje inteligente y sofisticado, dotándole de muchas facetas en ocasiones contradictorias: la inocencia, la inteligencia, la voluntad, la fragilidad, la soledad, la madurez y la necesidad de amar… Resulta increíble la extraordinaria capacidad de una jovencísima actriz, por entonces todavía desconocida, para ofrecer este despliegue interpretativo de tantos y tan profundos matices. Toda la película descansa sobre su protagonismo absoluto. La inclasificable historia de su personaje, basada en un libro de Laird Koenig, fue dirigida para el cine por Nicolas Gessner, un húngaro que se dedicó sobre todo a hacer telefilms en Francia pero que nos dejó esta magnífica e irrepetible obra fuera de toda clasificación. Y es que no se puede decir que The little girl… sea un drama, ni un thriller, ni una película de terror. No es nada de eso, ni siquiera una mezcla de todo ello. Es una historia representada de un modo cuasi-teatral que se sostiene por sí misma en su naturaleza inusitada, fuera de todo género, un cuento no del todo realista que tiene tanto subtexto fluyendo bajo su celuloide que la sensación que nos deja es tan imprecisa y abstracta que nos hace sentir confusos y, a la vez, incapaces de negar su plenitud y su redondez. Esta película es un ambiente, una sensación íntima; es un sentimiento frágil pero intacto, cerrado. Sin grietas.

Y, sin embargo, nada parece ser del todo real o unívoco, nada se da del todo por sentado. Así, el personaje de Rynn provoca compasión, pero también desconfianza por momentos y curiosidad ante su insólita circunstancia. Y es que hay demasiados interrogantes acerca de su persona. ¿Dónde están los padres de Rynn? ¿Qué es eso de ocupar y mantener ella sola aquella casa al final del camino, fingiendo que su padre aún vive con ella? ¿Dónde están su padre y su madre realmente? ¿Cuál es su secreto?... Todos los que lo conocen están muertos.

Las geniales interpretaciones de Jodie Foster y un joven Scott Jacoby encarnando a su nuevo amigo, Mario, son tan convincentes y sólidas que hacen que “los adultos” parezcan clichés, personajes forzados e irreales que profanan con sus irrupciones el mundo perfecto de la incipiente pareja. Las tremendas, terribles circunstancias en las que ambos se conocen, y el modo en que Mario defiende a Rynn desde el primer momento, sin un asomo de duda, y cómo se ofrece sin límites a la causa de protegerla, son lo único real, el auténtico centro de la historia. Su amor mutuo se manifiesta en forma de confianza y apoyo, e incluso lo hace físicamente, rompiendo uno de los tabús clásicos del cine de la forma más dulce y creíble. Supongo que mucha gente se llevará las manos a la cabeza ante los desnudos casi integrales de una Jodie Foster jovencísima, o las escenas en que ambos niños se encuentran en la cama. Serán los mismos que se escandalicen con las escenas finales de Harold y Maude. No nos importa lo más mínimo. Lo innegable, lo inexorable, es que la ternura entre Mario y Rynn, su incipiente (y muy maduro) amor, se verá arrastrado por los incontrolables acontecimientos de la historia cuando Martin Sheen, interpretando a Frank Hallet —un conocido pederasta de la comunidad—, entra en la vida de Rynn dispuesto a averiguar qué sucedió con su madre, una irritante Mrs Hallet, desaparecida tras las escenas iniciales después de hacer una visita a la joven. El acoso sexual más o menos velado de Frank, pero también psicológico y ciertamente violento sobre Rynn, son una fuente de incomodidad para el espectador que termina repudiando al personaje de Sheen que, como casi siempre, lo borda. De todos modos, es cierto que la búsqueda de su madre y sus sospechas están justificadas y por ese lado el espectador puede llegar a entenderle, lo cual genera nuevos sentimientos encontrados.

El desenlace de la historia, y no pretendo desvelar nada con el final de este artículo, destruye con su poderosísimo plano final toda la estructura que nuestra mente había anticipado, acabando con toda posible conjetura. Es la extrañeza y contundencia final la que añade un carácter único a esta historia irrepetible en la que la inocencia y la experiencia se mezclan y confunden, en la que el espectador está a merced de algo totalmente nuevo.