La novia del diablo

Título: La novia del diablo (The Devil Rides Out)
País y año: Reino Unido, 1968
Dirección: Terence Fisher
Intérpretes: Christopher Lee, Charles Gray, Nike Arrighi
Guión: Richard Matheson
Cartel de La novia del diablo

Tal y como ocurre con muchos otros clásicos de la Hammer, lo primero que llama la atención de La novia del diablo es su cuidadísima estética. Desde los impactantes títulos de crédito hasta el vestuario y los decorados, todo parece estudiado hasta el más mínimo detalle, hasta llegar a un punto que ahora nos parece quizá demasiado acartonado. Hoy en día uno no puede evitar asociar la fotografía repleta de colores chillones (¡esa sangre de bote de Titanlux!) y los diálogos inocentes a una época perdida del cine de terror, y parece que para disfrutarla solo quede refugiarse en la nostalgia y regodearse en el aspecto camp de la producción. Se podría achacar este tono kitsch de la película tanto al estilo particular de la productora como a su antigüedad, pero hay que recordar que ese mismo año se estrenaron La noche de los muertos vivientes y La semilla del diablo, dos películas que revolucionaron el cine de terror y que demostraron que el público necesitaba otro tipo de sensaciones fuertes. La novia del diablo, sin embargo, probaba la reticencia de la Hammer a explorar terrenos más arriesgados y la confianza ciega en que su estilo seguía siendo vigente.

Quizá la mayor prueba de su conservadurismo fuera intentar ser demasiado fiel a la novela en la que se basaba, una historia de posesiones demoníacas y sectas satánicas escrita por Dennis Wheatley en 1934. La adaptación de Richard Matheson situaba los acontecimientos en la misma década que en la novela, los años 20, desaprovechando la oportunidad de darle un giro más moderno: debido a la creciente fascinación que existía a finales de la década de los 60 con el satanismo y las sectas, ambientar la historia en el presente podría haber ayudado a hacer la película más relevante y presentar el terror descrito en la novela como algo actual, mucho más temible. En su lugar se optó por la fidelidad al material original, continuando la tradición del cine de terror de época de la Hammer y despojando la historia de cualquier indicio de contemporaneidad.

A pesar de esto, La novia del diablo es un clásico de la Hammer que se puede disfrutar por muchas otras razones. El artificioso diseño de producción y la fotografía de colores intensos marca de la casa sirven a la perfección a una clásica historia de lucha entre el bien y el mal, con ostentosas mansiones como escenarios principales y la campiña inglesa ofreciendo un extraño contrapunto de calma a la temática de magia negra y demonios. Entre el reducido grupo protagonista destacan un héroe y un villano icónicos: el hierático aristócrata Duc de Richleau (Christopher Lee) y Mocata (Charles Gray), el extraño líder de la secta satánica. En el guión, Richleau es un apolillado noble, frío e impenetrable, pero Lee consigue transformarlo en un personaje misterioso y solemne gracias a su actuación y su imponente presencia. La interpretación de Charles Gray también se queda grabada en la memoria a pesar de los pocos minutos que aparece en pantalla. Su cara de archienemigo de tebeo de superhéroes y su relajante e hipnótica voz hacen que Mocata resulte un villano realmente siniestro.

Con todos sus pequeños fallos y lo excesivamente tradicional de su propuesta, La novia del diablo sigue funcionando más allá de la nostalgia por este tipo de producciones, sobre todo gracias a escenas concretas (como la del ritual de invocación en el bosque, de la que se pueden ver ecos en el tramo final de Kill List) y a las actuaciones principales. El propio Christopher Lee la considera una de sus películas favoritas, algo digno de destacar teniendo en cuenta su dilatada carrera. Su aprecio por La novia del diablo quizá se deba a que se trata de uno de los muy escasos títulos en los que interpretó el papel de héroe: Richleau es un personaje oscuro, enigmático y versado en la magia negra, pero es el héroe al fin y al cabo. Puede que no se trate de uno de sus papeles más populares, pero hasta el mismísimo príncipe de las tinieblas podría estar celoso de la pasión que Christopher Lee puso en esta película.