La ofensa

Título: La ofensa (The offence)
País y año: EEUU, Reino Unido, 1972
Dirección: Sidney Lumet
Intérpretes: Sean Connery, Ian Bannen, Trevor Howard
Guión: John Hopkins
Cartel de La ofensa
Esta reseña revela detalles del argumento

… Era morena… recuerdo su cara, pero no consigo... No puedo tragármelo todo. La gente, las cosas y la muerte. Los cadáveres. Apestosos, hinchados, negros, putrefactos, el olor de la muerte. Huesos blancos, destrozados, astillados. Gusanos asquerosos, apiñados y viscosos. En mi mente. Me corroen la mente. Es imposible. No puedo hacerlo solo.

Uno de los mayores placeres que puede haber para un aficionado al cine es encontrarse con una película desconocida que resulta ser una pequeña joya, escondida entre miles de títulos y esperando a ser redescubierta. La sorpresa es aún mayor cuando el director de la película es alguien consagrado en la industria y reverenciado por varias generaciones de cineastas y cinéfilos, y el actor principal una de las mayores estrellas del cine de las últimas cuatro décadas. El director Sidney Lumet estuvo más de 50 años detrás de las cámaras y en su filmografía se encuentran obras que son piedras angulares de la historia del cine, como 12 hombres sin piedad (1957), Tarde de perros (1975), Serpico (1973) o Network (1976); Sean Connery es un mito cinematográfico con una imponente carrera repleta de actuaciones memorables que fluctúa entre las franquicias blockbuster y el cine comercial, y aderezada aquí y allá por varios proyectos arriesgados, entre los que se incluye La ofensa. El mítico actor escocés eligió personalmente un guión de John Hopkins basado en su obra de teatro This story of yours, sobre un policía violento y al límite de sus capacidades mentales que interroga a un sospechoso de violación a una menor. El material era tan provocador que Connery tuvo que utilizar su peso en la industria para que la historia pudiera ver la luz en forma de película: en su contrato con United Artists para volver a interpretar a James Bond en Diamantes para la eternidad (1971), se incluyó como condición la financiación de dos películas elegidas por el propio actor. Se acabó realizando sólo una, La ofensa, y después de ver el resultado no queda sino estarle eternamente agradecido a Connery por conseguir sacar adelante esta oscura y brutal obra maestra.

La elección de Sidney Lumet como director parecía obvia; había colaborado con Sean Connery anteriormente, y su estilo directo y desprovisto de adornos encajaba a la perfección con el guión de Hopkins. Ya en los títulos de crédito queda claro que Lumet no tiene previsto ponerle nada fácil al espectador: una extraña escena a cámara lenta nos sitúa en el momento más dramático de la historia, la cámara moviéndose como si flotara dentro de una comisaría de policía y acercándose lentamente al protagonista, que acaba de cometer un acto terrible en la sala de interrogatorios. Después de esta desconcertante introducción, la película retrocede en el tiempo y nos lleva hasta un barrio residencial a las afueras de Londres. La policía está en constante alerta tras la reciente desaparición de una niña, en lo que parece ser el último de una serie de ataques de un violador que tiene aterrorizada a la población y en jaque a las autoridades. El propio lugar donde se desarrolla la acción ayuda a crear la atmósfera sombría: se trata de uno de esos barrios construidos entre las décadas de los sesenta y setenta en medio de los enormes y feos páramos típicos del extrarradio, una serie interminable de bloques de viviendas de aspecto tan homogéneo como inhóspito. Con la ayuda del plomizo cielo de invierno coronando el lugar, Lumet retrata la Inglaterra de la periferia de las grandes ciudades como si de un noticiario de la BBC de la época se tratara.

En la partida de búsqueda de la niña participa el sargento Johnson (Sean Connery), un veterano policía de aspecto duro e impertérrito, pero marcado en realidad por las imágenes de violencia y crueldad con las que ha convivido tanto tiempo, y que poco a poco están tomando control de su cabeza. Será él mismo quien encuentre a la aterrorizada criatura en un bosque cercano al colegio, algo que aumentará aún más su ya de por sí incontenible rabia hacia el depravado criminal. La alarma social tras los nuevos acontecimientos hace redoblar los esfuerzos de la policía, y esa misma noche se detiene a alguien cuyo aspecto se corresponde ligeramente con la descripción del agresor que ha dado la niña. Es entonces cuando Johnson se olvida de todas las reglas y abre la puerta de la sala de interrogatorios, dispuesto a poner fin al caso sea como sea. Lo que no imagina el sargento es que tras abrir esa puerta no habrá vuelta atrás, y no solo se enfrentará al sospechoso sino también a sí mismo, a algo terrible que se encuentra escondido en lo más profundo de su mente.

Para ayudar al espectador a que se identifique con la esencia de la historia, Lumet nos presenta una narración fragmentada y a veces confusa, además de mostrar en ciertos momentos el torrente de imágenes que perturban la mente de Sean Connery. La película comienza presentando la historia como un thriller, tanto en el fondo como en la forma. Pero cuando ha conseguido meternos por completo en la trama, nos traslada hacia un relato exclusivamente psicológico. Esta evolución va mostrándose de manera paulatina, perfectamente acompañada por la banda sonora, el montaje y la fotografía. La música compuesta por Harrison Birtwistle es desasosegante y abstracta: formada por coros fantasmagóricos y sonidos desafinados, aporta el punto idóneo de incomodidad y locura a la gélida fotografía del genial Gerry Fisher. (Cabe destacar la utilización del gran angular en la secuencia en la que el sargento Johnson habla con el superintendente Cartwright (Trevor Howard), donde el uso exagerado de la perspectiva proporciona a los planos una visión aberrante, con una carga psicológica muy potente.)

Pero estos argumentos se quedarían en algo banal si no se contara con la sobresaliente actuación de Sean Connery y el sólido acompañamiento de los intérpretes secundarios. El actor escocés nos deleita con la que es posiblemente la mejor interpretación de toda su carrera. Acostumbrados a verlo desenvolverse en la piel del famoso espía del MI-6, es sorprendente ver de qué manera tan soberbia solventa un papel mucho más complejo y profundo. Si James Bond se caracterizaba por la falta de dobleces y la carencia absoluta de matices, el personaje del sargento Johnson es todo lo contrario. Inestabilidad, confusión, frustración y un sentido del deber desmedido son las partes fundamentales del explosivo cóctel mental que forma al personaje, y Connery los mezcla sin la más mínima dificultad. Este vaivén interpretativo tiene su punto álgido en la secuencia que se desarrolla en el apartamento entre Johnson y su mujer. Con unas líneas de guión estremecedoras, Connery nos muestra la violencia que ha ido reprimiendo en su mente durante 20 años de servicio, creando una personalidad oscura y cruel. En este diálogo con su mujer, el torturado policía desvela por primera vez (a ella y a los espectadores) cómo la brutalidad y los actos inhumanos de los que ha sido testigo han tomado posesión de su mente, hasta el punto de que no puede ver más allá de la sangre y los cadáveres. Este descubrimiento resulta uno de los momentos más duros y sobrecogedores de la película, y sin embargo no llega a alcanzar la intensidad contenida en la secuencia que es el verdadero eje de la película: el interrogatorio. Bajo la presión de las incisivas réplicas del sospechoso (interpretado por Ian Bannen, en una actuación a la altura de la de Connery), y mientras se desata su propia violencia, Johnson deja escapar una revelación que va más allá de las expectativas creadas hasta ese momento y se adentra en un terreno en el que pocas muy películas se atreven a ir. El shock es tan fuerte que nos obliga a volver en nuestra mente a otras partes de la película, para reinterpretar todo lo que ha ocurrido desde una perspectiva radicalmente opuesta.  

Al terminar de ver La ofensa uno no puede evitar preguntarse cómo Lumet y Connery, figuras consagradas del establishment hollywoodiense, se salieron con la suya para llevar a cabo una película tan sombría y deprimente. Aunque después de tanto tiempo esto es casi irrelevante; lo importante es que lo consiguieron y gracias a ellos esta pequeña joya siempre estará ahí, esperando a ser rescatada del olvido una y otra vez.