La posesión

Título: La posesión (Possession)
País y año: Francia-R.F.A., 1981
Dirección: Andrzej Zulawsky
Intérpretes: Isabelle Adjani, Sam Neill, Heinz Bennent
Guión: Andrzej Zulawsky
Cartel de La posesión
Esta reseña revela detalles del argumento

Quizá esté usted leyendo este artículo porque ha visto Posesión de Andrzej Zulawsky y se ha lanzado a buscar una refutación de sus conclusiones sobre la trama. O acaso ande intrigado con ciertos aspectos de la película que parecen no tener sentido y cree que aquí encontrará respuestas inequívocas a las que aferrarse. ¿Qué demonios ocurre realmente en esta película? ¿Qué significan todos esos doppelgängers, esos ‘dobles’ fríos e insensibles del final? ¿Y la criatura? ¿De dónde sale la criatura, ese monstruo impío y sediento de sangre? ¿Qué le ocurre realmente a Anna? ¿Es todo esto real o alegórico, o quizá una pesadilla? Puede que tenga usted un atisbo de teoría, el principio de una explicación… o más bien una confusión absoluta. Bien.

Por supuesto, no pretendo sentar cátedra con ninguna de mis interpretaciones personales. Mejor voy a intentar compartir lo que sentí a partir del momento en que comencé a ver Posesión ignorante de los horrores que iban a desfilar ante mí. Miren, llevo años buscando esa película cuya verdad me lleve fuera de mí, que me secuestre de la realidad y me haga temerla, rechazarla. Una buena película de terror, vaya. Pero por lo general, las películas que pretenden asustarnos terminan explicándonos demasiado la naturaleza de aquello que deberíamos temer y lo que ocurre es que, al entenderlo, dejamos de temerlo. Creo que la razón por la que veo más y más cine es porque sigo insatisfecho, sigo en busca de esos contados títulos con los que uno se identifica por su ambigüedad y su fuerza. Obras que no intentan satisfacer o gustar, sino que pretenden desarmar y derrocar al espectador. Obras que son expresiones viscerales de una intuición, de una obsesión, libres de prejuicios y ataduras tanto formales como morales. En Posesión, los tópicos del género ceden bajo el ímpetu arrollador de un Terror ignoto pero auténtico que crece y se extiende como un tumor tentacular desde el corazón de Anna, la protagonista, y que amenaza con estrangular tanto a Mark, su egoísta y destrozado marido, como al mismísimo espectador. Y lo hace.

Posesión es una historia de terror pura, una maldición de surrealismo. La historia que nos cuenta es oscura y retorcida. Peligrosa. Se adentra en el visceral mundo de los sentimientos de posesión e infidelidad en la pareja, en la pérdida de la cordura y en los profundos traumas causados por el odio en que deriva el amor cuando éste se descompone y se pudre y hasta la misma familia es destruida. Ahonda en los monstruos que se gestan en los recovecos de la locura, monstruos que se materializan literalmente y que pueden acabar con nosotros en la oscuridad de una habitación prohibida. Pero… ¿por qué? ¿Por qué tiene que ser así?

Comienza la película y todo se desenvuelve muy rápido; la separación, la infidelidad de Anna, el trauma inicial de Mark, el drama intenso. Ella es cruel, distante, inestable… aunque, extrañamente, parece sufrir tanto o más que él por motivos desconocidos. Su infidelidad no es más que un síntoma de algo más profundo. El comportamento de Anna recuerda al tópico de la histeria en la era victoriana, la demencia de la mujer encerrada en el ático. Y así es, Anna se encierra en un piso vacío donde se concentra su locura y donde comienza a encarnarse el insaciable horror que reclama sacrificios humanos para crecer y meterse en el mundo (espectacular trabajo de Carlo Rambaldi en el diseño de la criatura). También recuerdo una discusión en la que alguien comparó esta película, acertadamente en mi opinión, con Anticristo (Antichrist, 2009) de Lars von Trier; ambas películas tienen una premisa de misoginia, de satánica femineidad o, si se prefiere, de una femineidad poseída por el Diablo. La necesidad de la mujer de escapar de su propia maldición primero, y del carácter posesivo del hombre y su afán por ‘exorcizarla’ después, desatan su trastorno y su rebelión y finalmente la condenan. A ella y a los que la rodean. La maldad de Anna y sus crímenes son esa necesidad de voluntad y libertad desatándose, odiándose y vengándose a sí misma, dando coletazos en su agonía y enajenamiento total. Sí, lo sé, todo esto es terrorífico. Es una constante cultural que Zulawsky estudia desde la intimidad y la penumbra del psicodrama y el género de terror. Encomiable esfuerzo. Al cabo de unas cuantas escenas (con la bailarina, ante el Cristo, en el Metro), Anna nos inspira un inmenso terror de ignorancia y repulsión. Su marido, por el contrario, nos inspira pena, compasión o desprecio. Tarda bastante tiempo en vislumbrar lo que está ocurriendo, hasta que comienza a entrever que ni sus celos ni el amante de Anna son el auténtico problema.

Las desquiciadas interpretaciones de Sam Neill (Mark) e Isabelle Adjani (Anna) consiguen provocar dentera y desconcierto. Algunas escenas son tan intensas que rozan el paroxismo interpretativo y ponen los pelos de punta, sobre todo por parte de la hermosa actriz francesa. Ésta, además, hace un misterioso papel doble al interpretar también al angelical personaje de la niñera, que es el contrapunto bipolar de Anna y que aporta retazos de esquizofrenia al conjunto final. El trabajo de Adjani es en todo momento magistral. Da la impresión de que la relación entre el director y su actriz principal debió ser intensa y cercana. En cuanto a los secundarios, la interpretación de Heinz Bennent como Heinrich, el amante místico de Anna, es digna de recuerdo por su exageración y su bizarrismo. Su personaje es una caricatura del libertinaje y parece ser el esperpéntico recurso humorístico de la película.

En cuanto al montaje y la narrativa de Posesión, estamos ante una película sin grandes experimentaciones ni vanguardismos en su cinematografía, si bien encontramos ciertos recursos de cámara y fotografía propios de su género y época. Las escenas finales son muy precipitadas (aunque tengo entendido que hay una versión más larga que la que yo he podido ver) y apuntan a que Zulawsky estaba principalmente interesado en los desvaríos de Anna y las conversaciones entre ella y su marido, o entre éste y Heinrich, e indagar en las llagas de sus relaciones. En efecto, parece que al director lo que le interesa es el drama, no la trama. El ‘nacimiento’ final del monstruo, así como los tiroteos y el clímax del final parecen estar ahí por obligación, porque la película tiene que acabar en algún punto. Si no, la locura nunca terminaría. La propia ficción, el asunto de los dobles y la culminación del Mal en lo que parece el surgimiento de una “nueva carne” por encima de todo sufrimiento moral proporcionan el alivio a una historia que comenzaba a parecer demasiado real, demasiado opresiva. La escena más truculenta en la que Anna aparece enroscada con lo que termina siendo el doppelgänger de su marido, no hace más que propiciar ese final y permitir mil interpretaciones, dando una salida fantástica a algo que en la vida real es más terrorífico que esta película: la maldad y la locura latentes en nuestro interior.

Sí. Cuando vi Posesión, encontré una auténtica película de terror.