Las truchas

Título: Las truchas (Las truchas)
País y año: España, 1978
Dirección: José Luis García Sánchez
Intérpretes: Eduardo McGregor, Hector Alterio, Juan Amigo, Fiorella Faltoyano, Mary Carrillo, Luis Ciges, Francisco Casares
Guión: José Luis García Sánchez
Cartel de Las truchas

En sus dos anteriores películas El Love Feroz (1975) y Colorín Colorado (1976) José Luis García Sánchez marcó un camino incómodo y amargo para una persona que quiera dedicarse al arte (en cualquier faceta) en nuestro país: un humor amargo a prueba de bombas basado en perderle el respeto a los convencionalismos.

Cada una de las películas del director salmantino (desde las mejores a las fallidas) dejan en el espectador un regusto amargo e invitan, desde la risa, a cuestionarnos nuestro alrededor y, por lo tanto, a nosotros mismos. El juego valleinclanesco de los espejos mágicos del Callejón del Gato está presente en toda la obra de García Sánchez que no ha tenido empacho en cuestionar todo aquello que en nuestro país se considera sagrado poniendo el dedo en la llaga de las cuestiones más sangrantes pero, a la vez, sin olvidarse de hacernos reir (a veces una risa nerviosa, otras una risa floja y muchas veces con una carcajada).

En 1978 la Transición estaba en marcha y no había nada más sagrado que dicho proceso en nuestro país. De hecho, los cambios que nos llevaban a la democracia se entendían como incuestionables y, pese a que no eran pocas las voces que se alzaban advirtiendo de que, quizás, el pacto tácito de silencio que sobre el Franquismo llevana implícito, era una cuestión envenenada lo cierto es que se llegó a la conclusión de que el fin (la democracia) justificaba cualquier medio.

En medio de esta convulsa situación estrenó José Luis García Sánchez Las Truchas una película que trata del banquete y la entrega de premios de una sociedad de pescadores y las consecuencias de la misma. La historia nace de una anécdota familiar del propio García Sánchez que asistió a un banquete similar en el que el presidente de la asociación organizadora no tuvo empacho en entregarse todos y cada uno de los premios de la velada y que le sirvió, mas tarde, para construir esta zarzuela bufa, esta fabula descarnada sobre el proceso político que se vivía por aquel entonces.

Una asociación de pesca organiza todos los años un banquete donde se degustarán las truchas pescadas por toda la Asociación. Fuera de la misma, un grupo de personas no invitadas al acto ha decidido hacer acto de presencia y el personal encargado de cocinar y servir el banquete se niegan a hacerlo por un convenio laboral irresuelto.

En medio del caos reinante se acusa al ganador del premio  de que las truchas con las que se va a alzar con el premio al mejor pescador han sido pescadas en una salida de agua contaminada  y que todos los que las coman acabarán poniéndose enfermos. Pese a todo, pese a que todos saben que las truchas están podridas, el maitre consigue que el pescado se sirva en los platos y que llegue hasta los comensales que comienzan a remolonear pese a que el ganador les dice a todos que las ha pescado de forma honrada. Finalmente se impondrá la unidad de todos, una especie de raro vínculo de amistades e intereses y, claro está, la negativa de todos ellos a dar su brazo a torcer  y reconocer que lo que se están comiendo les va a llevar a la muerte.

La película concebida de forma coral (otra de las constantes de la obra de García Sánchez) está basada en un guión perfectamente estructurado y en unas interpretaciones entre las que destaca el papel de Eduardo McGregor que clava a la perfección el papel de dirigente embaucador al que mueven sus propios intereses y, sobre todo, el de no dar su brazo a torcer frente a la evidencia de que los está llevando a todos a la muerte. Su factura general le valió a García Sánchez el Oso de Oro del Festival de Berlín de aquel año compartiendo el galardón con otras dos películas españolas: Palabras para Max de Emilio Martínez Lázaro y Ascensor de Tomás Muñoz. Ese año compitió también Opening Night de John Cassavettes que incluye una escena de un accidente que fue luego homenajeada por Pedro Almodovar en su oscarizada Todo sobre mi madre.

Las Truchas es una de esas películas duras para el público en general y, posiblemente, trataba (aunque fuera en forma de sátira) un tema espinoso. Quizás fue por ello que García Sánchez no volvió a dirigir una película hasta 1985 donde llevó a la pantalla un guión coescrito con Rafael Azcona titulado La Corte del Rey Faraón, posiblemente una de las mejores comedias de toda la década de los 80 y esta vez sí, un sonoro taquillazo.

Es posible también que por ello sea una de las películas olvidadas del cine español y que sea una injusticia que no esté en una lista de visionados obligados para cualquier estudiante de cine o para cualquier cinéfilo. Por encima de las debilidades técnicas de la época García Sánchez firmó una de esas películas que se te quedan clavadas, que consiguen sacarte una sonrisa en la peor situación posible y, sobre todo, que hablan de una época en la que el cine se hacía, algunas veces, con otras intenciones que las de vender muñecos o llevar a toda una familia a la sala.

Hoy que se nos invita continuamente a formar parte de colectivos de toda índole, sobre todo digitales, que sospechosamente hablan de reunir a todo el mundo bajo una misma voz y un mismo discurso, lo que no deja de ser escalofriante en cierto sentido, habría que reivindicar nuestro derecho a no comparecer, a ir a nuestro aire y, lo que es más importante, a no comer unas truchas podridas por miedo a que alguien se pueda sentir molesto ante nuestra negativa a seguir la corriente. Si en su momento Las Truchas fue una película interesante para conocer otro punto de vista sobre España y su Transición hoy se me antoja que este título tiene una vigencia insospechada. Será por eso que es casi desconocida para toda una nueva generación de cinéfilos.