Mamá es boba

Título: Mamá es boba (Mamá es boba)
País y año: España, 1997
Dirección: Santiago Lorenzo
Intérpretes: Faustina Camacho, Eduardo Antuña, José Luis Lago, Cristina Marcos, Ginés García Millán
Guión: Santiago Lorenzo
Cartel de Mamá es boba

Martín Zamora Perdulí vive en la calle Bustamante 25 de una ciudad que se llama Palencia (“Con P”, como nos recuerda él mismo). Su paso por la infancia no puede ser más duro: todavía no controla muy bien su esfínter rasgo que le ha provocado el aislamiento de los otros niños y, claro está, el convertirse en la víctima propiciatoria de todas las crueldades propias de un patio de colegio. Ese catálogo de vejaciones que, a primera vista, parecen escritas con el trazo grueso de una cera Plastidecor por la mano titubeante y poco experta de un escolar que apenas sabe imprimir su nombre entre las líneas de un cuaderno escolar y que solemos catalogar como “chiquilladas” pero que encierran una maldad exquisita y una efectividad en sus fines que las asemejan más a las barbaridades que urdiría un verdugo recién licenciado en una facultad de la tortura (si es que esta estuviera –más- institucionalizada).

Martín suele pensar que “es un país” y que tiene “un rey en cada curso”. Esos reyes se los hace él “con las gomas de borrar” y ha añadido a ese mundillo interior que se ha creado a unos amigos:  “Portos, Atos, D´Artagnan y 'El Agachao' y una novia que se llama Wendy y otra que se llama Victoria”.

Es el hijo único del matrimonio formado por Gemma y Toribio, dos parados que sobreviven en el límite de la pobreza y que también se han forjado un mundo a su alrededor construido sobre la naïf convicción de que todo el planeta es un poco como ellos. Dos bobos, dos bobos auténticos e inocentes, por los que Martín siente vergüenza porque “siempre hacen el ridículo allí donde van” pese a que “son muy buenos con todo el mundo”.

Encontramos al matrimonio Zamora-Perdulí sentados en su salón al comienzo de la película, poco después de que Martín nos halla hecho un semblante de su vida, con Toribio mostrándole a Gemma una tira cómica de su invención que está terminando de dibujar en una cartulina y que va de las aventuras de Mr. Pitinglis. Pero si ustedes se fijan bien verán que, encima de la televisión del salón hay una caja de cartón pintada de negro donde se lee “canal plus” y que tiene el aspecto de un descodificador de carnaval. Viendo a los dos personajes uno no puede dejar de pensar en dos cosas: ¿Es una de las bromas de Toribio o alguien le ha vendido esa caja de cartón al matrimonio diciéndoles que con ella se veía el canal de pago? (Si no recuerdo mal, durante la época en la que se perjeñó esta película, corrían las noticias de gente estafada por desaprensivos que les vendían aparatos para ver el plus gratis. Háganse cargo.)

Ya se pueden ustedes imaginar la catadura de los dos personajes: A Toribio le encanta hacer chistes bobos y a Gemma escucharlos. Pese a la mala situación económica que atraviesan han hecho un esfuerzo y se han puesto un teléfono en casa porque en la oficina del paro les han dicho que, con este artilugio en casa, es mucho más fácil conseguir trabajo. Pese a todo, muy de cuando en cuando, lo usan para llamar a un matrimonio de vejestorios que parecen los únicos amigos de la pareja y que, a duras penas, los soportan. Buenos pero bobos, quizás demasiado bobos como para que, si su propio hijo sienta vergüenza, provocarla de forma más evidente en los adultos.

Las cosas para el matrimonio comienzan a mejorar cuando Gemma consigue trabajo como limpiadora en un canal local, Teleaquí, que se acaba de abrir. La cadena está dirigida por Ana Cooper y Enrique Rebarrero dos hienas catódicas que descubrirán por casualidad a Gemma y la convertirán en el bufón de la cadena y, más allá de eso, en el objeto de una broma cruel que se va agrandando poco a poco hasta afectar a Toribio y al propio Martín rompiendo, de algún modo, el pequeño universo pobretón e infantiloide de esos desdichados y colocándolo en el centro de una lupa para que todo el mundo pueda acercarse a verlo y disfrutar del espectáculo. “Para Teleaquí, Gemma Perdulí” dice la criaturita cuando está en antena, frase que es recogida por la población con el mismo entusiasmo que repetíamos los latiguillos de los cómicos del “Un, dos, tres… responda otra vez”.

Mamá es boba es una comedia vitriólica y descarnada. A ratos dolorosa y siempre reflexiva sobre la condición humana. Lorenzo podría haber rodado una comedia al uso de un par de pánfilos y un hijo rarito pero despierto pero lo más interesante de la misma es que, a medida que avanza el metraje, vamos descubriendo que Gemma, Toribio y Martín están ahí no para que nos riamos de ellos si no, más bien, para mostrarnos los peores rasgos de nosotros mismos que somos si no ejecutores de la burla más cruel si los espectadores y, por tanto, colaboradores necesarios de la misma.

Se puede decir que Mamá es boba es una de las mejores comedias de la historia del cine español. Una película que nos engancha a la tradición de la comedia iniciada por Azcona y que es una de las pocas que ha sabido enlazar con esa tradición de films sardónicos como El Verdugo o El pisito. Comedias negras, muy negras, pero que tienen la virtud de hacernos sopesar, por unos instantes el propio material con el que hacemos chistes a diario.

Por sorprendente que parezca este título pasó casi inadvertido en el momento de su estreno, tuvo una recepción excesivamente tibia por parte de la crítica y una reducidísima y pobre distribución y publicidad por lo que no se mantuvo mucho tiempo en los cines. No creo que se me escape que películas como estas no son del agrado de todo el mundo, ni son fáciles de digerir aunque solo sea porque juegan a algo que a los españoles, en general, no nos gusta que es eso de convertirnos en protagonistas de los chistes de otro. Existe, a día de hoy, la convicción de que somos un país que disfruta con la comedia, que somos unos cachondos pero, en realidad, somos solamente gente con capacidad para mostrar y reírse de los defectos ajenos y muy poco dispuesta a mirar en los defectos propios. En este punto no sé si, por eso mismo, Mamá es boba es más una película ignorada adrede que incomprendida. Tendemos a crucificar al inocentón y aplaudir al hijo de puta lo que, de algún modo, me lleva a pensar que, posiblemente, muchos de los que liberaron a Barrabás eran nuestros tataratatarabuelos.

Con los años, lejos de envejecer, la película escrita y dirigida por Santiago Lorenzo toma en estos momentos de empobrecimiento económico y cultural generalizado una vigencia que, a lo mejor, no tuvo en su momento. A nadie que se acerque ahora a este título se le podrá escapar ni por un instante que hay mucho de Gemma Perdulí en más de uno de esos seres humanos que se pasean por las televisiones españolas mostrando sus vergüenzas, digo un poco porque Gemma es un personaje que es ajeno a lo que la rodea mientras que, en la actualidad, muchos juegan a sabiendas ese papel tan poco agradecido y también muchísimo de ese par de ejecutivos tiburones que dirigen Teleaquí y que disfrutan con los beneficios que genera construir una broma cruel alrededor de una persona que no levanta dos palmos intelectuales del suelo. Cada vez que veo a esos pretendidos modernos haciendo preguntas capciosas, arrinconando a una criaturita, vestidos como horteras para hacer juego con los decorados horteras y chirriantes que pueblan la televisión me acuerdo de todas las Gemmas y todos los Toribios de este mundo que van allí a que los despiecen y se convierten, con nuestra connivencia, en daños colaterales masticados, escupidos y olvidados.

Lorenzo, uno de esos tíos que juega al despiste (lo que le costó que su corto Manualidades fuera nominado como documental cuando, en realidad, era un 'mockumentary') y que tiene la virtud de brillar muy poquito pese a tener un inmenso talento en campos tan distantes como la novela (Los millones) o la dirección de arte, firmó esta brillante ópera prima que ya parecía la película de un director consagrado. La voz en off titubeante de Martín y la interpretación de Eduardo Antuña (Toribio) y Faustina Camacho (Gemma, fallecida un poco antes del estreno de la película) nutren dramáticamente a Mamá es boba de una calidez, una humanidad y una verosimilitud aplastantes llevando el peso doloroso de la trama confrontados a la imagen de Cristina Marcos (Ana Cooper) y Ginés García-Millán (Enrique Rebarrero) que cumplen a la perfección a la hora de calcar lo peorcito de esos bichos malos que caminan por este Valle de Lágrimas provocando una vergüenza ajena aún mayor.

Más allá de toda duda está el buen tino de Lorenzo, y su decisión de brillar poco, injustamente poco, de su voluntad de hacer cosas bonitas, pequeñas y algo extravagantes, a la hora de elegir al músico Malcolm Scarpa para que compusiera la banda sonora de la película. Un sonido que envuelve las escenas y donde sobresalen el talento de otro injustamente desconocido que combina temas instrumentales con canciones como “Guess I´ll have to change my plans”, “Love has come my way” o la excelsa  “Tears of joy”, esa canción que me persigue desde que la escuchara en otro corto de Santiago Lorenzo titulado Tiberiades.

Pese a la carga sardónica de Mamá es boba no deja de ser sorprendente que, pese a mostrar lo peor, acabe conectándote con lo mejor. Si no está usted hecho de patata lo normal es que, tras el visionado de la misma, se sienta usted un poco más humano, un poco mejor y, sobre todo, un poco más conectado con las cosas que le hacen feliz y ciertamente en paz con ellas por pequeñas y absurdas que estas sean. De algún modo, de algún modo chalado, Mamá es boba es una película que te recoloca por dentro y te hace dar un respiro, un suspirito corto, quizás ustedes se sintieron mal alguna vez por haberse meado en los pantalones o por tener una colección de chapas de cerveza o por que se les saltaban las lágrimas al escuchar una canción, vale, pero reconozcan que todas esas cosas, después, les sirvieron para ser unos adultos mejores. Ahora que tanto se alaba eso que se llama “lo friki”, que es supercool, no está mal pasearse por la rareza interior, la de verdad, la de todos los días y restregarse un poco en ella. Para mi encontrarme con Mamá es boba me retrotrae a aquel día de la infancia en que me encontré un billete de 200 pesetas olvidado entre dos butacas de un cine de barrio, a esa alegría pequeña, a ese placer mínimo. A ese sentimiento raro y contrariante de llorar de alegría que ya no siento nunca.  A ese desconcierto que te afloja por dentro.