Martyrs

Título: Martyrs (Martyrs)
País y año: Francia, 2008
Dirección: Pascal Laugier
Intérpretes: Morjana Alaoui, Mylène Jampanoï, Catherine Bégin
Guión: Pascal Laugier
Cartel de Martyrs
Esta reseña revela detalles del argumento

Martyrs porque me lo recomendó una amiga australiana que canta en un grupo de punk-rock y tiene tatuajes de zombies en sus pantorrillas. En ese momento no sabía que la película era uno de los pilares del horror francés que dio el país durante la primera década de este milenio, una generación de películas que tomó las riendas de la producción nacional de este género y que llegó a convencernos a muchos de que los galos sabían hacer cine extremo sin estar totalmente desligado de cierto tipo de contenido. Hablo de Haute Tension (2003), A l’interieur (2007), Frontiere(s) (2007), Horde (2009) y la que nos ocupa, producida en 2008. Por supuesto, estas películas tienen sus detractores, y la verdad es que no son grandes films ni películas inolvidables. Pero los amantes del género somos muy agradecidos cuando hay intentos de esta categoría y cuando se hace un tipo de horror sin concesiones, brutal y doloroso. De hecho en EEUU se habla mucho de España y Francia cuando se discute el “nuevo terror” europeo y los hay que aprecian el nivel de bestialidad e intensidad conseguido sin despreciar el uso, como digo, de un cierto trasfondo temático como lienzo sobre el que pintar con sangre. Al menos en dos de estos títulos esto es así.

Uno de ellos es Martyrs, película inusitada en su estructura y planteamiento argumental por estar dividida en dos partes completamente diferenciadas que dan la impresión de que estamos viendo dos películas totalmente distintas. En su inicio la historia nos presenta a dos amantes lesbianas, Lucie y Anna (ah, estas películas francesas y su obsesión por las protagonistas femeninas, lesbianas a poder ser). La puesta en escena se intercala con flashbacks que nos muestran cómo Lucie fue víctima de abusos durante su infancia, y que ahora está poseida por la obsesión de acometer una venganza de la que no sabemos nada, una venganza contra una familia perfectamente normal. La cosa empieza con intensidad y, tras la sangrienta escena inicial de asalto al hogar familiar que parece pertenecer a un thriller relativamente convencional, la deriva de la película nos lleva a unos dominios completamente diferentes. De un momento a otro, los muertos parecen volver a la vida transformados en seres horripilantes difíciles de encuadrar y guiados por pura rabia asesina. La violencia se torna descarnada y sin paliativos, parecemos encontrarnos ante una pesadilla propia de un Raimi. Pero pronto vemos que tales demonios no son lo que parecen y la locura psicótica se hace dueña de la película. Las amantes se encuentran ahora absolutamente envueltas en sangre, en las secuelas de un tornado de alucinaciones, muerte y mutilación. Cuando cesan las alucinaciones con la muerte de Lucie termina la primera mitad de la película. ¿Qué ocurrirá ahora? Pronto sabremos qué clase de tortura experimentó Lucie cuando sea la propia Anna la que lo sufra en sus propias carnes.

La segunda parte comienza con un nuevo día, un silencio y el hallazgo por parte de Anna de un sótano y una celda en la casa de la familia asesinada. Y una persona, o lo que queda de ella, encadenada y humillada con un cinturón metálico y una especie de casco clavado en la cabeza con grapas y que le impide ver nada. Está en los huesos y parece que ha perdido la razón. Tiene heridas y cicatrices por todas partes. Parece que la familia no era tan inocente como parecía. Es entonces cuando llegan unos tipos vestidos de negro y armados hasta los dientes que hacen prisionera a Anna y la recluyen en la celda del sótano. La película se convierte entonces en algo difícil de ver. Toda esta segunda parte consta de la tortura constante a la que somete a Anna esta extraña Organización liderada por una extraña “mademoiselle” que lleva años inmersa en la cruzada (nunca mejor dicho) de obtener un mártir que le permita ver qué hay más allá del yo, de la mente y del dolor. De ver, en definitiva, más allá de la vida. De descubrir el eterno misterio de lo que hay más allá de la vida. Más allá de la muerte. Lo han intentado con muchos, lo intentaron con Lucie, lo intentaron con el miserable ser que se encontraba en la celda antes que Anna, y con ninguno de ellos lo consiguieron.

Hay que tener estómago para soportar la visión de todo lo que sufre Anna. Poco a poco, los golpes y humillaciones a las que es sometida por parte de la nueva familia que ocupa la casa la van alejando más y más del concepto de ‘persona’. Poco a poco deja de ser Anna. Pronto será reducida a un cuerpo, un receptáculo de intenso dolor. La humillación más indigna pronto deja de tener sentido cuando el ego es virtualmente pulverizado. Llega incluso un punto en que el propio dolor deja de sentirse, deja de significar nada. Se convierte en el único centro de su existencia. Los puñetazos y golpes prosiguen para dejar paso después a un nuevo nivel de dolor y vacío. Anna es despellejada viva y el espectador ve cómo sus ojos, en un momento de extrema trascendencia y alienación, liberados absolutamente de la vida y del yo, liberados incluso del dolor y de la humillación, se elevan sobre todo y vislumbran la luminosidad de lo que existe por encima de nosotros, de nuestras miserias, de nuestra humanidad y nuestro plano de existencia. Ese momento de iluminación dura lo suficiente como para que toda la Organización, que anda a la búsqueda de un mártir, se percate de que lo han conseguido, de que Anna tiene la respuesta al misterio con el que la humanidad lleva milenios especulando. Anna le susurra el secreto a la “mademoiselle” al oido. Los miembros de la secta van llegando poco a poco en coches lujosos. Todo se convierte un poco en La semilla del diablo en cierto modo, todo adquiere ese aire satánico. Y finalmente el secreto vuelve a las profundidades abisales de donde había venido para volver a esconderse de todos nosotros.

He de decir que Martyrs tuvo la extraña capacidad de no gustarme especialmente cuando la vi por primera vez. Me pareció desorientada y sensacionalista, puro torture-porn con un final bizarro buscando originalidad o trascendencia. Pero al cabo del tiempo me he descubierto a mí mismo pensando acerca de lo que propone la película y las muchas discusiones que podrían tenerse acerca de lo que su historia esconde, conversaciones que podrían derivar en interesantísimos devaneos acerca de temas escatológicos (en su acepción de ultratumba), religiosos o místicos. En mi caso, y antes de que la película llegase a su fin, yo supuse que la secta buscaba crear mártires a través del dolor en un sentido plenamente budista, y que sus miembros tenían la finalidad artística de fotografiar el momento del nirvana e inmortalizarlo. Después el final deja claro que ese no es el propósito de este extraño grupo. Pero es cierto que la película te pone contra las cuerdas y te induce pensamientos relacionados con lo que hay cuando se rompen lo extremos del dolor y el ego. Y ese tema es apasionante y tiene mucho que ver con el misticismo. Yo, personalmente, no creo en nada de eso. Pero siempre ando a la búsqueda de gente dispuesta a una buena tertulia. Y esta película permite hablar por igual de la carne y el dolor, de estructuras narrativas y de lo que hay después de la muerte.