Mi vida es mi vida

Título: Mi vida es mi vida (Five easy pieces)
País y año: EEUU, 1970
Dirección: Bob Rafelson
Intérpretes: Jack Nicholson, Karen Black, Billy Green Bush
Guión: Carole Eastman, Bob Rafelson
Cartel de Mi vida es mi vida
Esta reseña revela detalles del argumento

Desde finales de los años 60 y durante la década de los 70, Hollywood se vio revolucionado por una serie de películas que desafiaban gran parte de las convenciones del sistema de los grandes estudios, dando lugar a lo que ha llegado a describirse como una versión estadounidense de la nouvelle vague francesa. Cineastas como Martin Scorsese, William Friedkin o Dennis Hopper dinamitaron el statu quo que los directores tenían con los grandes estudios, introduciendo en sus películas dosis de realismo, visceralidad y rebeldía prácticamente insólitas hasta entonces. Esta generación de “sexo, drogas y rock and roll” (como se refiere a ella Peter Biskind en su libro Easy Riders, Raging Bulls) reclamaba la posición del director como creador independiente, buscando la libertad artística tanto en las posibilidades que ofrecía el medio como en la propia historia. Five Easy Pieces (conocida en España con el simplón título Mi vida es mi vida) es una de las películas que mejor representa las virtudes de este movimiento, un clásico que consiguió erigirse, al igual que Easy Rider, en hito generacional que supo plasmar el descontento y la agitación cultural de la época.

El director Bob Rafelson y el por entonces casi desconocido Jack Nicholson eran ya amigos cuando se comenzó a gestar el proyecto. Rafelson era uno de los productores de Easy Rider, y fue él quien sugirió a Jack Nicholson para interpretar el papel de George Hanson, el abogado borrachín que se une a los dos moteros protagonistas en su road trip sureño. Aunque su actuación fue memorable, Rafelson estaba convencido de que Nicholson merecía un papel protagonista que mostrara todo su potencial como actor. No tardó en ocurrir: al año siguiente comenzaron a rodar un guión que el director escribió junto a Carole Eastman, y que acabó convirtiéndose en el vehículo perfecto para su amigo. 

La historia de Robert Dupea parece en principio la de un hombre de clase trabajadora cuya vida gira en torno a salir de marcha con su novia Rayette y sus amigos Elton y Stoney. Se trata de unos personajes sin muchas expectativas de futuro, trabajadores en una torre petrolífera o camareras, que viven en un presente que les ofrece como principal escapatoria el ponerse tibios de cerveza en el bar, la bolera o su propio tráiler. Sin embargo, Robert parece disfrutar de cada minuto, libre de ataduras y sin ningún tipo de presión social o familiar. La amenaza del compromiso y la responsabilidad asoma cada vez que Rayette (regodeándose en su papel de víctima imaginaria de una de las baladas country que escucha de forma obsesiva) insiste en que le declare su amor por ella. Robert consigue evadir el tema, a veces con delicadeza y otras con brusquedad, pero siempre con la convicción de que comprometerse en una relación así sería caer en la trampa de la que lleva huyendo toda su vida.

Llegará un momento en el que la trama dé un giro, el armazón que se ha construido Robert empiece a resquebrajarse, y empecemos a conocerle de verdad. Quien parecía un vividor de vuelta de todo se ve obligado a volver al hogar familiar, descubriéndose entonces sus verdaderos orígenes. La individualidad de su personaje se explica en su oposición a lo que se espera de él, lo que su familia y la sociedad en general ha intentado hacer de su vida. Robert no es un misántropo ni un rebelde por elección propia, es una persona que no cree en su propia capacidad para el compromiso, que busca algo que no se encuentra en la idea socialmente aceptada de “felicidad”. Quizá no ha encontrado a la mujer de la que enamorarse, ni la ciudad perfecta para vivir, ni un mejor amigo que le comprenda. O quizá Robert busca algo diferente a todo eso, y su idea de felicidad responde a un concepto muy diferente. Puede que la respuesta al desorden que domina su vida sea encontrar un lugar apartado y rodearse de gente que acepte su condición pasajera; una vida que le pueda permitir el desaparecer en cualquier momento, la fantasía de una existencia transitoria que, paradójicamente, se convierta en su única forma de echar raíces. De cualquier forma, se trata de un personaje tan creíble y con un conflicto tan real, que resulta difícil no emocionarse con él, sentirse cautivado por sus acciones incluso en los momentos en que resulta más irresponsable y egoísta.  

Five Easy Pieces no destaca por ser radical estilísticamente, ni consigue impactar a través de una excesiva violencia o rompiendo tabúes sociales, algo que era normal en otros títulos representativos del movimiento, como Taxi Driver o Cowboy de medianoche. Pero Rafelson sí tenía en común con sus contemporáneos el impulso artístico de lograr el máximo realismo posible. En su película vemos la sublimación del hombre de a pie como protagonista absoluto, alguien que no ha de ser héroe ni anti-héroe, sin ningún cometido impuesto por el guión aparte de ser él mismo, de parecernos real. El personaje en cuestión puede entonces provocar sensaciones opuestas en el espectador; Robert Dupea puede resultar un capullo cada vez que ningunea y trata de forma paternalista a Rayette, o un rebelde cautivador en la famosa escena en la que se baja del coche en medio de un atasco, se sube a un camión de mudanzas y se pone a tocar un piano como un Beethoven versión redneck. La película funciona como un canalizador de su energía, la narración sujeta a los vaivenes de su comportamiento, a veces vehemente y otras frío y racional, generando así situaciones en apariencia fortuitas pero que no hacen sino introducirnos cada vez más en su peculiar personalidad. 

El resultado es una obra de total libertad, que llega al corazón del espectador por su autenticidad y la intimidad que consigue establecer entre este y sus personajes, y cuyo visionado puede llegar a resultar una catarsis para cualquiera que no sepa o tengas dudas sobre qué dirección debe tomar su vida.