Nieve que quema

Título: Nieve que quema (Who'll stop the rain)
País y año: EEUU, 1978
Dirección: Karel Reisz
Intérpretes: Nick Nolte, Tuesday Weld, Michael Moriarty, Anthony Zerbe
Guión: Robert Stone, Judith Rascoe
Cartel de Nieve que quema
“Military command has decided that elephants are enemy agents because the Vietcong use them to carry supplies. So now we’re stampeding the elephants and gunning them down from the air… In a world where elephants are pursued by flying men, people are just naturally going to want to get high.”

El yin y el yang

Hay ocasiones en que los conflictos internos de un sistema (una persona, una comunidad, un país) se solucionan con la imposición final de la voluntad de una de las partes sobre la otra. En las guerras, por ejemplo, el país vencedor aplasta, domina y ocupa al vencido, fagocita su cultura y la aniquila. En el individuo, un rasgo de la personalidad puede terminar por reducir y anular a otro convirtiéndose en dominante; esto ocurre en los procesos de maduración – o de locura. Muchas veces estas luchas intestinas son positivas porque permiten alcanzar no ya una superación de ambas visiones del mundo (el conocido flujo materialista-histórico de tesis, antítesis y síntesis superadora) sino, en ocasiones mucho más interesantes, dar lugar a fenómenos excepcionales en los que se produce una fusión a partes iguales de los extremos en conflicto, una especie de incongruencia cuántica, una singularidad. Los puristas jamás entenderían esta posibilidad; no es coherente abrazar los ideales del enemigo, filosófica y moralmente opuestos a los propios. 

En Estados Unidos, por ejemplo, durante mucho tiempo han convivido dos maneras de entender la vida; han vivido dándose la espalda y compartiendo la historia del país como el perro y el gato. Son “las dos Américas”. En los años 50, el ideal de la familia y del hogar suburbano, el Chevy Bel-Air, la separación de los roles de género (el hombre en la oficina, la mujer en la cocina), los valores religiosos… la cultura blanca anglosajona en definitiva, comenzaba a tener un oponente vital totalmente opuesto: el beatnik. Efectivamente, los finales de los 50 vieron aparecer el germen de una generación, la ‘generación perdida’, que rechazó de plano los valores familiares y la estricta moral de la sociedad americana y se lanzó hacia un ideal de libertad, de jazz, de experimentación con las drogas, de apertura a las filosofías y religiones orientales, de pasión por la cultura, de una liberación de prejuicios (raciales, sexuales, etc.)… en definitiva, el ideal de la contracultura. Ambos mundos estaban enfrentados a muerte, pero los beats eran todavía pocos, y no pretendían cambiar el mundo.

Después, en los 60 y 70, los beats dieron paso a los hippies, un cambio generacional marcado por la figura de Ken Kesey como guía intelectual y espiritual y con un personaje común en ambas ‘escenas’ que sirvió de enlace entre ellas, el inimitable Neal Cassady, al que luego volveremos. Del mismo modo, la almidonada y vacua cultura familiar de los 50 maduró y se convirtió en una máquina conservadora iracunda y amargada, mucho más política, que defendía el imperialismo americano (Vietnam, Corea…) y la grandeza de la superpotencia mundial frente al comunismo, que a sus ojos se extendía por el mundo como una epidemia. El Partido Republicano encontró su identidad definitiva en el conservadurismo de derechas; era el declive del liberalismo y la llegada de Richard Nixon y Gerald Ford en los 70.

Mientras todo esto ocurría, las calles de San Francisco se llenaban de ácido, marihuana, contracultura, amor libre y flower power… pero, sobre todo, una oposición tremenda a la guerra de Vietnam y un pacifismo radical que contrastaba severamente con el Support our Troops de la ‘derecha’ y los extremismos religiosos. En 1971, el Ku Klux Klan, lejos de disolverse, puso bombas en 10 autobuses escolares de colegios no segregacionistas en Michigan (el problema del busing). Esta dicotomía tan polarizada y cargada de tensión era el conflicto doméstico fundamental de los EEUU en aquel momento, del que saldría un claro vencedor: la derecha y la llegada del Reaganismo en los 80. Eso supuso básicamente el final del “sueño”. El neoliberalismo puritano Reagan-Thatcher creó un eje planetario que asfixió, para bien o para mal, toda aquella cultura utópica que se había gestado a ambos lados del Atlántico.

Efectivamente, de aquella América contracultural, literaria, interracial e intelectual que abogaba por aquellos ideales utópicos, no queda hoy prácticamente nada. ¿Beatniks en Denver, cuartel general de Kerouac? Ni huella de su legado, más allá de cuatro nostálgicos y un par de locales trasnochados aunque encantadores. ¿Jazz en St. Louis o Kansas? Sí, hay locales; el Majestic en Kansas City ofrece noches de jazz “de verdad”… para blancos de aspecto aburrido y adinerado. ¿San Francisco? Los freaks que pueblan el barrio de Haight-Ashbury ya no proclaman ningún ideal. Hay todavía gente colgada de ácido por allí, claro, y la librería City Lights Books fundada por Ferlinghetti mantiene el espíritu con mucha autenticidad. Pero todo es un museo, no nos engañemos.

Who’ll stop the rain

Basada en la novela Dog soldiers (1974) de Robert Stone, Who’ll stop the rain nos cuenta la historia de Ray Hicks (Nolte), un marinero de la marina mercante destinado en Saigón en el apogeo de la guerra de Vietnam. Hicks recibe una propuesta de su ex-compañero del Cuerpo de Marines y ahora periodista John Converse (Moriarty), corresponsal de guerra de corte intelectual desengañado de la vida tras presenciar los horrores de Vietnam. El trato consiste en llevar dos kilos de heroína desde el puerto de Saigón hasta los EEUU escondido en el navío en el que trabaja Hicks. Una vez en California, este deberá entregar la droga a la esposa de Converse. Hicks acepta el trato, y al llegar a Berkeley y contactar con Marge (Weld) se percata de que alguien le está siguiendo. Ray no sabe si su amigo le ha traicionado, de forma que coge la droga y se lleva consigo a Marge –adicta al Dilaudid, un opiáceo– en una huída narcotizada y bizarra hacia el Sur, un road-trip que les llevará lejos de todo, hasta las montañas de Nuevo México. Sus habilidades en mecánica, electricidad, tácticas de supervivencia y (por supuesto) armas de fuego le convertirán en un hueso duro de roer para sus perseguidores, al tiempo que Marge se enfrenta a sus propios demonios.

Antes de escribir su novela, Robert Stone había conocido al mismísimo Ken Kesey en las clases de la Universidad de Stanford. Kesey no tardó en presentarle a su amigo, el nada académico Neal Cassady, vórtice gravitacional de beats y hippies, que terminó sirviendo de inspiración para el personaje de Ray Hicks en Dog soldiers. Algunas copias del film de Reisz todavía conservan el título original de la novela, que fue finalmente cambiado por el título de la famosísima canción de Creedence Clearwater Revival, que suena como leitmotif varias veces a lo largo del metraje. La letra de la canción parece indicar que los problemas de la Humanidad no se resolverán con el ‘Flower Power’ ni con ‘planes quinquenales’ ni con ‘New Deals’ (o sea, con dinero del Gobierno), sino con fuerza de voluntad, en una concepción bastante liberal y anti-gubernamental próxima a la “derecha” actual, lo cual puede parecer una contradicción viniendo de un grupo ‘woodstockiano’ como era CCR. En todo caso, se relaciona bien con el trasfondo cultural de la historia.

El director Karel Reisz, de origen checoslovaco, se inició en el realismo kitchen-sink (Saturday night and Sunday morning) y es responsable de títulos como The gambler (1974). Reisz había trabajado anteriormente con el dramaturgo Harold Pinter para adaptar una novela de John Fowles, la conocida The french lieutenant’s woman (1981). Para la película que nos ocupa contará para escribir el guión con Judith Rascoe y el propio Robert Stone, quienes rebajaron un punto la profundidad psicológica de los personajes sin comprometer para nada su intensidad. El estilo de dirección de Reisz en Who’ll stop the rain es sobrio y expositivo, al servicio de la narración, aunque con una expresividad comedida. Agudo, pero sin melodrama. La película le valdría la nominación a la Palma de Oro a la mejor película en el Festival de Cannes el año de su estreno. El muy desafortunado título que recibió en España, Nieve que quema, pretende ser una metáfora de la heroína y sus consecuencias, o quizá representar las dualidades y contradicciones implícitas en la historia. Difícil tarea, de cualquier modo, traducir el título de esta cinta; “¿Quién parará la lluvia?” no es una opción a considerar.

El Ronin bohemio, o el poder de la voluntad

Como decía al principio, hay ocasiones en que el híbrido es la superación más perfecta de dos contrarios en conflicto. El personaje de Ray Hicks no se encuentra “entre dos tierras”, sino en ambas al mismo tiempo, tomando lo mejor y lo peor de cada una de ellas, conciliándolas de un modo en principio imposible, catalizando una personalidad arrolladora, romántica, atractiva y seductora. Sus contradicciones no parecen tales, pues la naturalidad con que las adopta es incontestable. Es una fuerza de la naturaleza por encima de cualquier análisis racional.

Por un lado, Ray cree a pies juntillas en los ideales del honor y la decencia que probablemente aprendió en la marina mercante y en el entorno militar. En ocasiones le vemos un semblante severo y oscuro, con un aire de dignidad marcial. Es un Ronin con un rifle en lugar de una katana, con un código de virtud que se vislumbra detrás de cada cosa que hace. Este código de honor no es el Bushido, sino una edición de bolsillo de “Portable Nietzsche” que lleva años releyendo, y que compila El ocaso de los ídolos, El Anticristo, Nietzsche contra Wagner y Así habló Zarathustra. Ray ha interiorizado la doctrina del übermensch, del individuo con un sistema de valores propio por el cual todo lo que procede de su voluntad de poder es bueno, y debe materializarse en la acción. El “Superhombre” nietzscheano desprecia la debilidad, la mansedumbre y la inacción.

“Toda mi vida he tenido que aguantar la mierda de personas inferiores. Nunca más volverán a joderme todos esos cretinos.”

Y entonces ocurre. Hicks se desdobla al alcanzar el contacto con la naturaleza, y nos sorprende como un proto-hippie que se desmelena y que baila como un duende al llegar en su escapada al valle donde solía hacer sus fiestas de juventud. El lugar recuerda claramente a los ‘Acid Tests’ de Ken Kesey y sus Alegres Bromistas, un bosque completamente lleno de altavoces y luces estroboscópicas, con árboles pintados de Day-Glo (pintura fluorescente), donde el LSD fluía sin límites y no era difícil encontrar a Allen Ginsberg, Hunter S. Thompson o a las hordas moteras de los Ángeles del Infierno, por aquel entonces en un extraño ententè con los ‘bromistas’ de Kesey y todos aquellos intelectuales. Al parecer Hicks ha vivido en este ambiente durante mucho tiempo, no ha estado siempre en un navío de la marina mercante. Y no hay en él prejuicio alguno ante la ‘decadencia’ que podría suponer el consumo masivo de estupefacientes o un estilo de vida lúdico y disoluto, al margen de la sociedad ‘straight’ o ‘square’. Es aquí donde vemos el parecido entre él y Neal Cassady, donde surge su lado comunal y new-age de forma totalmente inesperada; todo un ‘Flower child’.

Patriota fuera de la ley

A pesar de este lado ácrata de Hicks y de su negativa a acatar las reglas del “hombre común” (de hecho, probablemente el enemigo que les persigue sea la policía, la Ley de su propio país) Hicks cree en América, en los valores que definen a su país. Estos valores de la cultura wasp salen a relucir cuando visita el que era su bar preferido y lo encuentra lleno de putas. Hicks parece sentirse ante esto como el samurai que ve cómo los valores del Japón tradicional se derrumban. La vietnamización de América le provoca una decepción profunda, propia de un reaccionario.

Y es que, por muy patriótico que sea, Hicks es un ‘outsider’, un ‘outlaw’ que está llevando a cabo algo ilegal; esta es la metáfora de la película sobre el final de una época, de un ideal. Su decepción con la sociedad le lleva a aceptar el trato de Converse y traficar con heroína, droga que nunca fue aceptada en el ambiente contracultural de los 60 del modo en que lo eran la marihuana, el LSD o los hongos. Pero hasta Hicks es vulnerable a esta rendición generalizada, esta corrupción moral que acabó con todo un movimiento.

Ese inusitado espiritualismo violento y esa mezcla de una actitud de ‘macho alfa’ con una disposición cercana al Zen que vemos en Hicks son exactamente las mismas dualidades de la América de los 60-70. Esa América auténtica, identificada con sus paisajes y su naturaleza, que ya reivindicaba Kerouac; una América masculina, musculada, sudorosa, muy trabajadora, descamisada, patriota, de libertad moral, de encuentro interracial, de viajes y sexo místico, de drogas, drogas, drogas…

¿Cómo conciliar las doctrinas de no-acción propias del budismo Zen con la filosofía de la acción del “Superhombre” de Nietzsche? De alguna manera Hicks lo consigue, al menos durante un tiempo. Quizá sea cierto, al fin y al cabo, que “la nieve quema”. Y que un híbrido de estas características lo tiene todo contra sí, y solo puede morir ardiendo, no apagándose lentamente. A lo bonzo.

Cerrando el círculo

América no ha llegado a ninguna conciliación de sus extremos. Se ha impuesto la corrupción moral, el espíritu Watergate. Lejos de aprender de sí misma, ha asesinado a sus propios King, sus Kennedy, sus Lennon. Aplastó su propio sueño, y abrazó el posmodernismo amoral del capitalismo militarista. Los hippies de entonces viven hoy en lujosas mansiones, disimulando, jugando en bolsa. Who’ll stop the rain es una exquisita recreación del explosivo final de aquella América convulsa que mantenía un peligroso equilibrio sobre la hoja afilada de una navaja. Del fin de la dicotomía y la lucha interna. Hicks era la esperanza imposible, la comunión de los opuestos, la excepción prohibida. Y América decidió que no se merecía reconciliarse consigo misma. Denver, Seattle, San Francisco… todas ellas, centros financieros.