Parents

Título: Parents (Parents)
País y año: EEUU, 1989
Dirección: Bob Balaban
Intérpretes: Randy Quaid, Mary Beth Hurt, Bryan Madorsky
Guión: Christopher Hawthorne
Cartel de Parents

Desde que vi Parents (Don Balaban, 1989) he estado planteándome escribir algo sobre ella para FilmBunker. Las películas que comentamos en este oscuro refugio de celuloide no cumplen unos requisitos fijos, y aunque muchos de los artículos que hemos publicado son acerca de auténticas maravillas cinematográficas, algunas otras son simplemente obras de culto semiolvidadas o predilecciones personales del colaborador de turno.

Entonces recordé el lema que el gran Mr Insustancial ideó para FilmBunker: “Películas raras para gente exquisita (o viceversa)”, y lo vi claro: pocas películas se ajustan mejor. Y es que Parents produce una sensación de extrañeza y humor de lo más exquisito, que encontrará su destino más adecuado en esas gentes raras a quienes les gusta todo lo retorcido y malsano, los hedores de las vísceras humanas, la alienación del individuo en un mundo que le canibaliza. Y es que Parents tiene “mucha chicha”, si se me permite el chiste de mal gusto.

You’re not a real grownup. Real grownups don’t get upset.

El director, Bob Balaban, es alguien a quien sin duda conocéis como actor, aunque quizá no por su nombre, aunque resuene a percusión bereber y sea fácil de recordar. Ha aparecido infinidad de veces como actor en series como Friends, Seinfeld, Entourage y muchas otras, y en muchas películas que forman parte del imaginario colectivo del séptimo arte como Encuentros en la Tercera Fase y otras no menos conocidas, como Capote. Últimamente ha hecho cosas como ser el narrador de Moonrise Kingdom de Wes Anderson. Forma parte de la aristocracia del teatro y la familia actoral Balaban-and-Katz de Chicago; su padre fue actor, su abuelo fue actor… seguro que hasta sus tíos y sus primos eran actores y promotores del mundillo teatral. Toda una vida dedicada a la interpretación y el show business en el sentido más clásico, vamos. De forma que, tras esta presentación a lo Troy McClure, uno se esperaría una película seria, un canon on-broadway, si se me permite el término, quizá hasta un musical.

Nada más lejos de la realidad, afortunadamente. Lo cual dice mucho de Balaban, y muy bueno. Y es que Parents es una película repugnante e inclasificable, terrorífica y graciosísima al mismo tiempo, que tiene ingredientes de culto y que no busca la complacencia sino que, muy al contrario, tiene un punto freak juvenil de ópera prima que sorprende y hechiza. Aunque quizá la sorpresa no es tan grande si pensamos en cómo Balaban ya apuntaba maneras su episodio piloto para Tales from the Darkside, un especial de Halloween de 1983 titulado Trick or Treat que ya ofrecía tintes deformados y esperpénticos (‘berniewrightsonianos’, si se me perdona el palabro) propios de un relato de la revista Creepy. Producido, por cierto, por George A. Romero.

Así llegamos a Parents, una… ¿película de terror? ¿Una sátira? ¿Una crítica de la sociedad americana de los años 50? ¿Una orgía gore? Quizá todo ello al mismo tiempo, pues se trata de una película difícil de describir, cargada de humor ácido y al mismo tiempo detalles inquietantes y retorcidos. Ambientada en los típicos suburbia americanos de la próspera clase media de zona residencial, chalet, jardín y Cadillac, nos acerca la historia de Michael Laemle, un chaval tímido, delgado e inexpresivo, que vive atemorizado por la rigidez de sus padres y su falsa amabilidad, tan excesiva, que despierta un terror atávico en él. La ambientación es sensacional, con un fantástico trabajo de dirección artística en la recreación de cada pequeño detalle, y una fotografía que intenta emular las revistas pulp y las sitcom de la época – a todo color. Un color saturado, lleno de pasteles y rojos, brillos y cromados, que nos transportan (por paroxismo) a unos años 50 exagerados y esperpénticos en su rigidez almidonada. La elección de esta década no es trivial; no en vano es la época de las apariencias y la moralidad puritana más hipócrita que han vivido los Estados Unidos. La época dorada de la prosperidad, el ascenso fácil y las faldas plisadas acampanadas. El contexto perfecto para la opresión y la falsedad; es decir, los roles fundamentales de… los padres.

Esta metáfora funciona perfectamente en varios niveles. Los niños viven oprimidos bajo la mentira de los padres, una apariencia de perfección que nos intentan imponer, cuando en realidad ellos mismos están llenos de defectos y tienen sus propios esqueletos en el armario, o mejor dicho, en la bodega, en una especie de revisión paternal del cuento de Barba Azul. La sonrisa falsa de oreja a oreja llena de dientes es tan forzada que ya no comunica cordialidad, sino suspicacia y terror. Aunque sea la de tu propia madre — sobre todo si tu madre tiene la cara de loca que consigue Mary Beth Hurt (Bringing out the dead, Interiors…). También es la época de la barbacoa, la hamburguesa, la carne con patatas en el jardín. Y así tenemos todos los elementos necesarios para despertar en el pobre Michael el terror absoluto por todo lo que le rodea en su propia casa y, muy en especial, por lo que le ponen en el plato cada día sus propios padres. Y es que, en casa de los Laemle, siempre hay carne para desayunar, comer y cenar. Carne poco hecha, casi cruda, sangrante. Esta película, creedme, puede convertiros en vegetarianos convencidos. Esos primerísimos planos de carne semicruda, dientes masticando, jugos sanguinolentos rezumando…

Parents, como digo, reúne todo lo necesario para ser una comedia de culto, repugnante, casi gore, esperpéntica. La sospecha del canibalismo, la suspicacia hacia unos padres ridículos y amenazantes, pone en marcha una serie de pesadillas y obsesiones en el pequeño Michael, que darán pie a una de las escenas cumbre de la película, una pesadilla alucinatoria que alcanza niveles estéticos y psicodélicos (sin dejar de ser sangrientos) que recuerdan a los montajes psicodélicos de Vertigo.

La película no alcanzaría este nivel expresivo (casi expresionista) si no fuese por las grandes actuaciones de Randy Quaid (Last Picture Show, ¿Qué me pasa, doctor?, Midnight Express…) y el niño que encarna a Michael, Bryan Madorsky. Este último tiene un punto inexpresivo que resulta molesto por momentos, pero que después se agradece al evitarnos las típicas escenas de gritos y caras desencajadas. Su incapacidad para responder es, de hecho, lo que define a su personaje. Una impotencia que el espectador termina haciendo suya, acabando encarcelado y maniatado en el mismo miedo infantil.

El final deja algo que desear; un desenlace un poco forzado, planos a cámara lenta poco eficaces… pero para esas alturas ya no importa. Ya nos han dado todo lo que queríamos. Nos han dado la cena. Una cena caníbal.