Plan diabólico

Título: Plan diabólico (Seconds)
País y año: EEUU, 1966
Dirección: John Frankenheimer
Intérpretes: Rock Hudson, Salome Jens, John Randolph
Guión: Lewis John Carlino
Cartel de Plan diabólico
Esta reseña revela detalles del argumento

Ya desde los títulos de crédito, Seconds (o Plan Diabólico, el simplista título con el que se conoce a esta película en el mercado español) introduce al espectador en una atmósfera opresiva a través de imágenes distorsionados de una cara en primer plano, estirándose y contrayéndose, mostrando los poros y los recovecos del rostro como lugares inexplorados y horribles. Con el acompañamiento de una tétrica melodía de órgano compuesta por Jerry Goldsmith, el diseñador de títulos de crédito Saul Bass logra encapsular con esta sublime introducción el espíritu de la película de forma concisa (marca de la casa, por otra parte): mostrando el rostro humano como algo insondable, un mapa fracturado de facciones deformadas.

El arranque de la película nos muestra a un hombre siguiendo los pasos de otro en la estación central de Nueva York, con la cámara introduciéndose en la marea de los viajeros y captando el tumulto de la hora punta. Cuando el perseguidor da alcance a su presa, le entrega un trozo de papel con una dirección. Sin explicaciones. Este suceso marca el comienzo de una serie de extraños acontecimientos que darán un vuelco a la monótona vida de Arthur Hamilton (John Randolph), un ejecutivo de banco cuya existencia parece impulsada por un solo motor: la rutina. Tras el incidente de la estación comienza a recibir llamadas telefónicas de su viejo amigo Charlie, algo que en realidad debería ser imposible porque Charlie murió hace años. Sin embargo, la voz al otro lado de la línea insiste en que ambos se reencuentren en la dirección escrita en la nota. El desconcierto inicial se transforma en paranoia, acelerando un derrumbe psicológico que, aun sin el estímulo reciente de las llamadas de ultratumba de Charlie, es indefectible. Arthur cede ante la insistencia de su amigo y sigue sus crípticas instrucciones, dejándose guiar desde un matadero hasta un lúgubre edificio de oficinas, donde en uno de sus despachos un hombre le ofrece una proposición tan descabellada como atractiva: fingir su propia muerte y comenzar una nueva vida, con nuevo nombre, nueva personalidad… y nuevo rostro. La maquinaria de la enigmática "compañía" se pone en marcha para crear un nuevo Arthur Hamilton, moldeado en sus sueños y aspiraciones juveniles y personificado en la piel de un acaudalado pintor de renombre, a quien bautizan Tony Wilson (Rock Hudson). El escenario está listo; las posibilidades son infinitas…

Lo que puede parecer en principio la trama de un thriller con toques de ciencia-ficción es en realidad una parábola sobre la infelicidad y la imposibilidad de volver a empezar desde cero. John Frankenheimer, director conocido hasta el momento por películas tan sobresalientes como El mensajero del miedo (The Manchurian candidate, 1962) o El hombre de Alcatraz (Birdman of Alcatraz, 1962), puso todo su talento en la elaboración de este oscuro “experimento”, y no escatimó recursos estilísticos para transmitir la sensación de aislamiento del protagonista, así como el pesimismo sin paliativos que destilaba el guión. La desintegración mental del protagonista se acentúa con el uso de lentes de ojo de pez, ángulos de cámara imposibles, desenfoques, y hasta una escena con un decorado expresionista digno de El cabinete del Doctor Caligari. Un momento de intimidad entre Arthur y su mujer está rodado cámara en mano, acercándose a los actores de forma tan invasiva que resulta molesto, con un realismo que recuerda al tono documental que John Cassavettes utilizaría un par de años después en Faces. (Como muestra de la heterogeneidad de su filmografía, Frankenheimer estrenó ese mismo año Grand Prix, un éxito de taquilla sobre el mundo de la Fórmula 1 que estaba a años luz de Seconds en cuanto a temática y estilo.) Es cierto que el director, quizá dejándose llevar por la libertad artística que ofrecía un proyecto de estas características, peca a veces de cierta autocomplacencia y se zambulle en el terreno de la experimentación un poco más de lo necesario. Esto queda patente en un momento concreto de la película en el que Tony asiste a la celebración de una bacanal (en el sentido estricto de la palabra) en medio de un bosque. Si bien la escena capta a la perfección la agitación sexual de la época y encaja con el momento de liberación exaltada de Arthur/Tony, resulta innecesariamente larga y un escollo dentro del conjunto.

Debido al pesimismo de la historia y el acierto con el que este se plasmó en imágenes, no sorprende que el producto final fuera marginado y condenado al olvido. Rock Hudson dio un salto mortal en su carrera al involucrarse en un proyecto tan alejado del ideario capitalista del sueño americano, que por otra parte había ensalzado y promocionado hasta la saciedad en sus películas más populares. La recompensa de este arriesgado cambio de registro fue mínima en cuanto a aceptación o reputación como actor “serio”, aunque la película se benefició enormemente de su interpretación, de una sobria efectividad que funciona en perfecta sincronía con la de John Randolph. Ambos representan dos caras de la misma persona, rostros diferentes que habitan el mismo vacío. Son el fracaso de un estilo de vida que no entiende de segundas oportunidades.