Pontypool

Título: Pontypool (Pontypool)
País y año: Canada, 2008
Dirección: Bruce McDonald
Intérpretes: Stephen McHattie, Lisa Houle, Georgina Reilly
Guión: Tony Burgess
Cartel de Pontypool

La radio es un recipiente que hierve terror de primer nivel. El terror de médula espinal a través de paisajes de voz que conforman relatos con picos de ondas y valles de oscuridad. Las ondas del terror que remiten a un cine clásico básico como de tesis del género cinematográfico. La clave se mueve entre dos puntos: el primero son esos travellings laterales de los primeros planos del locutor, la productora y la técnica de sonido; el segundo punto es ese grupo musical llamado “Lawrence and the Arabians” que son canadienses caucásicos teñidos de moreno. Los dos puntos como eje del mal. Como mostrador del carburante que inflama toda la estación radiofónica, un lugar quieto y blindado, alejado del exterior, que ante todo es un recipiente, “pool”. Una reciprocidad que se contamina a través del sonido y convierte al medio en mensaje, al oyente en recipiente, al recipiente en emisor y al mensaje en el terrorismo. Todo con tonos sobrios, como muy de estilo parco y señorial.

Quiero decir que cuando salió el periódico La Razón yo era muy joven. Odiaba por pose todos los deportes y me pareció genial que en ese periódico no se hablara de deporte. Fue un aliciente y creo que alguna vez me lo compré. Lo asocio mucho a Lydia Bosch, creo que porque salía en alguna foto o anuncio apoyando La Razón. Quizá el toque que tiene Pontypool es muy de Brad Anderson, de aquel episodio de Masters of Horror titulado “El estrépito del vacío”. El color triste y apesadumbrado que gobierna toda su filmografía. Es una radiografía del cine de género. También lo relaciono con Nacho Vigalondo y sus dos largometrajes Los cronocrímenes y Extraterrestre. Muy de conceptos y de idea. Menos es más. Pero en Pontypool hay nueva vida, frescor alpino que no cansa sino que se fricciona con el hecho de yo como espectador sintiendo emoción y suspense. A veces es una comedia muy loca y retorcida, de voces en la cabeza, de voces aguditas, removiendo al terror porque falta le hace.

Política como estructura. Estructura política. La abominación que se convierte en un manjar exquisito porque ya era hora de que se superaran algunos lastres de la ideología “romeriana” de plaga para dejar paso a una post-plaga absurda de auto-conciencia. La cosa es darse cuenta, como en la película La trampa del mal producida por Shyamalan, de sus propias limitaciones. No voy a decir que de estas limitaciones hay que hacer gala sino hacerlo mal. El Mal en los momentos en que los lugares son planos grises de existencia, sólo geometría y me da urticaria. Pero la película está muy bien.