Sans soleil

Título: Sans soleil (Sans soleil)
País y año: Francia, 1983
Dirección: Chris Marker
Intérpretes: Florence Delay, Arielle Dombasle, Riyoko Ikeda
Guión: Chris Marker
Cartel de Sans soleil

La referencia mainstream más cercana a Chris Marker es, sin duda, Doce monos (Terry Gilliam, 1995). La idea de realizar este cuento distópico y determinista de viajes en el tiempo no vino del miembro más creativo de los Monty Python, sino que fue un proyecto de estudio. Universal Studios habían comprado los derechos para hacer un remake del cortometraje (¿o mediometraje?) de Marker titulado La Jetée (1962), un poema visual en blanco y negro construido a través de instantáneas, fundidos y voz en off. La Jetée nos contaba la trágica historia de un viajero en el tiempo, obligado por los últimos supervivientes de una Tierra post-apocalíptica a viajar una y otra vez al pasado en busca de una forma de mitigar las penurias de la vida subterránea a la que se ha visto abocada la humanidad. La Jetée, muy lejos de limitarse a un ejercicio de estilo nihilista o puramente de ciencia ficción, supone un hito en la narración visual. Su belleza y la profundidad de su historia afecta al espectador de una forma como pocas veces se había hecho antes.

Con esa idea se puso un presupuesto no demasiado elevado en manos de Gilliam, con el cual haría maravillas. Personalmente, no soy un gran admirador de Bruce Willis pero su interpretación del atormentado crononauta James Cole resultó en aquella ocasión bastante acertada. Más inadecuado (o debería decir simplemente irritante) me resulta el trabajo de Brad Pitt como desquiciado creador del virus que arrasará con la vida de la humanidad, pero lo importante es que la idea original de Marker no se había visto prostituida en demasía. Por supuesto, son dos obras tan alejadas la una de la otra como podrían estarlo el relato El centinela y la magna 2001, Odisea del Espacio. Aunque en este caso, el peso de calidad se lo lleva el pedazo más corto. No puedo insistir suficiente en la belleza de las imágenes y la historia de La Jetée, especialmente en su segunda mitad, que alcanzan momentos sublimes de difícil explicación. Por ejemplo, durante los únicos tres segundos de imagen en movimiento que tiene escondidos. Lírica fotográfica al servicio de un blanco y negro poético y fantástico.

Criterion ha editado un DVD que incluye esta pequeña joya, así como el largometraje que nos ocupa, Sans Soleil, una pieza inclasificable que navega entre el documental, el collage, el cut-up, el estudio antropológico y la improvisación poética y filosófica. En un ensayo en imágenes que utiliza, de nuevo, un chorro imparable de voz en off declamando ideas, sensaciones, emociones no del todo universales, sino una especie de monólogo íntimo que intenta acompasar la Historia humana a través del recuerdo personal, de la Historia vivida. La verdad es que es difícil decir exactamente de qué trata Sans soleil. Es una trenza de líneas temporales y culturales entremezcladas, engarzadas unas con otras a base de imágenes o conceptos, sin aparente consecución lógica o narrativa. La audacia que sirve de motor para este puzle de imágenes y sensaciones parece tener como combustible la misma historia de los símbolos y las imágenes, el poder de la expresión cultural. O quizá sea mucho más, y roce por momentos argumentos teológicos o de búsqueda antropológica de una raíz sublime en la cultura humana. Japón y Guinea Bissau parecen ser centrales en este relato de rostros y efigies, ritos y bailes, pero también aparecen Islandia (como hogar de la imagen definitiva por excelencia, esa que se quedará en la retina para siempre por su incomprensibilidad al mismo tiempo que su capacidad para explicarlo todo), y otros ‘polos extremos de supervivencia’ como París o San Francisco.

Cuesta trabajo discernir si es una cinta más intelectual que emotiva, o viceversa. Si es más filosófica que documental o al revés. Es la disolución del género en las aguas del genio. Como se disuelven las imágenes en la Zona, una realidad paralela de imágenes distorsionadas y colores alterados en una mesa de mezclas, llamada así en homenaje a Tarkovski, para dejar paso a la mezcla de colores básicos y distorsión catódica que son la expresión de la auténtica esencia desligada de referencias, un universo aparte donde perderse en un mar de significado libre.

Y de nuevo tenemos al crononauta, observando todos estos fotogramas, recuerdos y montajes desde el año 4000, mirando con compasión una recolección fragmentaria de recuerdos, porque quizá Sans Soleil sea eso, una mirada a la Historia como si fuesen los recuerdos borrosos, distorsionados e inconexos de un personaje capaz de viajar en el tiempo, en la memoria de los eones, e intentar recordar un olvido. La profundidad aquí se vuelve abisal, el sentido oculto de Sans Soleil se libera a base de esconderse más aún, y el espectador se emociona, extrañado, en un arranque de identificación absoluta.

No me interesa tanto ese aspecto de la obra de Marker que es cierta expresión de una conciencia revolucionaria, historicista de izquierdas. Lo veo más como una fascinación casi fetichista, una cuestión de estilo. No solo estilo visual, sino narrativo: tesis, antítesis, las luchas intestinas de la Historia. No pretendo rebajar ni frivolizar la importancia de sus convicciones en su expresión artística, pero la forma que tengo de digerirlo personalmente es como un ejercicio estético. Él mismo indica cómo muchas de las experiencias revolucionarias del último siglo se han convertido en meros símbolos que funcionan más como iconos auto-sostenidos que como realidades con poder de influencia alguno. Una resignación nostálgica que sólo una mente afilada puede llevar a cabo y convertir en pura imagen, que al fin y al cabo es lo que le interesa al cineasta.

Una girafa recibe un balazo en el cuello. Los orificios de entrada y salida comienzan a expulsar sangre a borbotones. La girafa se tambalea, trastabilla, cae al suelo y agoniza entre estertores. Los buitres se abalanzan sobre el cadáver caliente y comienzan a devorar sus entrañas, sus ojos aún brillantes. Y no parece una girafa, sino algo mucho más importante, algo mucho más significativo.

Un gato digital en la pantalla, pixelado y nadando en interferencias azules y púrpuras, devuelve la mirada a una lechuza de porcelana en una tienda de baratijas nipona. Todo está claro ahora.