Snowtown

Título: Snowtown (Snowtown)
País y año: Australia, 2011
Dirección: Justin Kurzel
Intérpretes: Lucas Pittaway, Daniel Henshall, Louise Harris
Guión: Shaun Grant , Justin Kurzel
Cartel de Snowtown

Entre los años 1992 y 1999, se produjeron una serie de crímenes en el estado de Australia Meridional que en poco tiempo acabarían por convertirse en uno de los hitos más infames de la ya de por sí impresionante historia de violencia en este país. Conocidos como “the Snowtown murders”, los asesinatos de once personas a manos de un grupo de marginados sociales liderados por el psicópata John Bunting impactaron a la sociedad australiana por su brutalidad y por el largo período de tiempo en el que pasaron desapercibidos. El larguísimo y complejo juicio sacó a la luz detalles de una atrocidad inusitada (tanto que varios miembros del jurado y periodistas tuvieron que abandonar el juicio e incluso recibir terapia), exponiendo las circunstancias de pobreza y desprotección tanto de las víctimas como de los autores de los crímenes, y dejando una ya indeleble mancha en la historia contemporánea australiana.

Snowtown lleva a la pantalla estos trágicos acontecimientos de forma impecable, sin  manipulaciones ni trucos,  y sirviéndose de un realismo crudo para introducirnos en las vidas de este grupo de personas e intentar comprender sus monstruosos actos.

Nuestro guía en la historia es Jamie Vlassakis, un adolescente que vive con su madre y tres hermanos a las afueras de Adelaida, en el sur de Australia, en un suburbio destrozado por la pobreza y habitado por gente sin recursos ni esperanzas. Jamie sufre abusos sexuales de forma repetida, pero parece aceptarlo como si fuera una parte más de una realidad a la que está acostumbrado y ante la cual solo cabe la sumisión. Tanto él como su familia viven como víctimas, condenados a la miseria y sin ningún tipo de protección ante las desgracias que les suceden. Ya en estos primeros compases de la película, el espectador empieza a oír el mantra que atenaza a esta gente y que es la base de su existencia: “no hay nada que hacer”... Hasta que un día, casi como un enviado del Cielo, aparece en escena John Bunting. Carismático y extrovertido, irrumpe en la comunidad haciéndose un hueco en la familia y entre un amplio grupo de vecinos, gracias a su fuerte (y en momentos avasalladora) personalidad. Consciente de la indefensión que reina en la zona y de los constantes abusos que quedan sin represalias, comienza una campaña para remover los bajos instintos de venganza de sus nuevas amistades, descubriéndose como un líder que ofrece a sus feligreses algo con lo que ni siquiera se atrevían a pensar: traer la justicia a su comunidad. El objetivo principal y la obsesión personal de Bunting son los pederastas, y basándose en simples rumores, compila una lista de culpables y sospechosos que viven en la zona. Jamie observa silencioso la influencia de su nueva figura paterna, su nuevo protector, dejándose atrapar por sus promesas sin saber que Bunting está llevando a cabo con él un adoctrinamiento que se convertirá en un descenso a los infiernos, una quimera que le proporcionará la liberación a través del sufrimiento ajeno.

Justin Kurzel dirige Snowtown con un naturalismo extremo: realmente nos parece estar en ese suburbio a las afueras de Adelaida, bebiendo un refresco en el porche o charlando en una improvisada reunión de vecinos en la cocina. La sensación de realidad es tal que por momentos la película se asemeja a un documental sobre las condiciones de vida en la zona, sensación potenciada por el excelente trabajo de un elenco de actores en su mayoría no profesionales. Conseguir esta verosimilitud es fundamental para que el espectador pueda comprender o, como mínimo, captar la esencia del contexto en el que estos crímenes se llevaron a cabo. A pesar de ser una película no apta para gente con estómagos delicados, nos encontramos ante una obra más interesada en la mente y el comportamiento de John Bunting que en mostrar sus actos criminales, que huye del gore y se centra en el impacto emocional de los asesinatos. La mayoría de estos ocurren fuera de cámara, en elipsis, tras puertas cerradas. Solo en un par de ocasiones somos testigos del alcance de la enajenación de Bunting, en particular en una escena especialmente gráfica en la que se llega a un nivel de sadismo casi insoportable, pero que resulta esencial para comprender la clase de monstruo ante el que nos encontramos.

Resulta todavía más duro observar la complicidad de los miembros del grupo de vecinos, que ayuda a acelerar una espiral de violencia que pasa de los actos justicieros a convertirse en pura expresión de la maldad de Bunting. Este comete las atrocidades impávido, convencido de que aquellos que le han encumbrado nunca se atreverán a delatarle. Parece como si fuera consciente de que sus mayores aliados son el desarraigo, las inexistentes expectativas de futuro y la ignorancia.

Sin pretender diseccionar ni ser un tratado sobre la mente de un asesino en serie, Snowtown sorprende por la precisión con la que se exponen los hechos, la facilidad con la que se transmite el desasosiego, el caldo de cultivo para que puedan cometerse estos crímenes. En un delicado equilibrio, se dejan fuera los aspectos más sórdidos, evitando mostrar más de lo necesario pero siempre gravitando alrededor del horror, en constante fricción con la locura.