Trust

Título: Trust (Trust)
País y año: Reino Unido, 1990
Dirección: Hal Hartley
Intérpretes: Adrienne Shelly, Martin Donovan, Merritt Nelson, John MacKay
Guión: Hal Hartley
Cartel de Trust
Esta reseña revela detalles del argumento

Trust puede ser un ejemplo más de ese maravilloso cine de ‘arranques’, de ‘leftovers’ o de producciones extendidas como es Strangers in Paradise (1984), que creció a partir de un cortometraje que Jim Jarmusch hizo reciclando metraje sobrante que Wim Wenders le había regalado tras el rodaje de un documental sobre Nicholas Ray que el alemán dirigió y en el que Jarmusch trabajó como asistente personal del legendario director de Rebelde sin causa. El corto pasó a ser una de las 3 partes que componen el mítico film de Jarmusch, estandarte del cine independiente. Y cuando digo “independiente” me refiero a esa forma de designar cierta corriente estética y temática en el cine, no a un modo concreto de financiación. Fue Hal Hartley quien comentó, en la promoción de su mucho más ambiciosa Henry Fool (1997), cómo“llegó un punto en la cinematografía americana hacia el final de los 80 en que la gente quería ver más diversidad. Creo que los que manejan este negocio se dieron cuenta de que se podía hacer más dinero si se explotaban películas muy idiosincráticas o personales. De modo que yo prefiero el término ‘alternativo’ a ‘independiente’”. Es imposible que cualquier producción cinematográfica destinada al consumo masivo disfrute del nivel de frescura y libertad creativa que destila el cine de Hartley. Y, repito, no es solo cuestión de dinero.

¿O sí lo es? Lo cierto es que Hal Hartley estudió cine en la Universidad Purchase de Nueva York que, según el propio director, es “una de las escuelas de cine más importantes en los Estados Unidos porque es auténticamente una institución de clase media. Es el único lugar donde los jóvenes de clase baja y media pueden estudiar cine”. Sin duda alguna esto influyó en su carrera como director. Trust tuvo un presupuesto de $700.000 y recaudó en su estreno poco más de la mitad de esa cantidad. Evidentemente, eso no está reñido con que al cabo de los años la película siga amortizando su éxito artístico, que no comercial, por mucho que el mundo se haya empeñado en olvidar a Hartley. Sus inquietudes siguen conectando con todos los que no terminan de comulgar con la normalidad impuesta ni con las modas; siguen conectando con las clases humildes y con impulsos muy distintos a esa imperante sed de violencia, frivolidad o ambición vacua. No estoy hablando de un orgullo ‘quirky’ o ‘edgy’ (de ser ‘rarito’), sino de algo muy distinto. Estoy hablando de un anhelo de honestidad.

Trust se rodó en 11 días. Hartley se sintió impulsado a seguir trabajando con la actriz Adrienne Shelly (R.I.P.) tras finalizar el rodaje the The Unbelievable Truth (1989), con muy poco dinero restante y, por supuesto, muy poco tiempo. Lo único que tenía era el guión, y la inercia de la producción del que había sido su primer largometraje. Aquello fue suficiente para dar a luz, en estado de gracia, a una obra basada casi exclusivamente en las interpretaciones de Shelly y Martin Donovan y una historia que realmente merecía ser contada y que quienes la han leído en forma de script dicen que funciona perfectamente por sí misma. Después, el montaje (pieza clave de esta película) le daría a Trust una cadencia y una atmósfera fuera de lo común, una apariencia de frialdad que arropa la intensidad contenida de una historia directa y casi dolorosa. En estado de gracia, Hartley firma de un plumazo una cinta redonda usando los elementos que tenía a su disposición: dos actores y un guión.

Maria: Do you miss your kids?
Peg: Sure.
Maria: Do you hate your husband?
Peg: Absolutely.
Maria: Would you ever get married again?
Peg: Of course.

Las interpretaciones de Shelly y Donovan no son grandes despliegues dramáticos; tampoco las de los actores secundarios. La manera en que recitan las líneas del guión es cortante y monótona. Estamos ante “una comedia algo retorcida”, como reza el eslogan del póster original, pero nadie sonríe ni una sola vez a lo largo de la película. Los diálogos son directos y saltan de preguntas sin respuesta a cambios de tema sólo aparentes, sin rodeos ni indirectas, como confeccionados siguiendo una técnica cut and paste. Las líneas se suceden casi sin esfuerzo una tras otra, como en una obra de teatro cuyos actores obedecen la orden de no actuar. Hartley reduce la película a la historia que quiere contar. Es buen escritor y no quiere enterrar su guión en parafernalia cinematográfica.

Pero, ¿de qué trata dicha historia? No sabemos a ciencia cierta si Trust es una historia de amor propiamente dicha. El título de la película se refiere a uno de esos elementos en las relaciones personales, particularmente las románticas, que suele estar ausente por muy intenso que sea el sentimiento. La confianza total es algo muy difícil de encontrar. ¿Es suficiente el enamoramiento, la fascinación? ¿Qué pide una mujer que se sabe a punto de ser madre? El miedo a tener un hijo y no estar segura de ser capaz de asumir y mantener esa responsabilidad es seguramente algo que te hace madurar y que te transforma en una persona distinta. Y eso es lo que le ocurre a Maria.

Maria: Not because you love me or anything like that?
Matthew: I respect and admire you.
Maria: Is that love?
Matthew: No, that's respect and admiration.

Maria Coughlin es una joven atolondrada que ha abandonado sus estudios en el High School y que se ha quedado embarazada de un bruto y engreído ‘quarterback’ capitán del equipo de football americano, el típico descerebrado juvenil que la rechaza completamente en cuanto sabe que va a tener un hijo. Maria, rebelde y descarada, llega a casa y en un ataque de rebeldía le espeta a su padre de forma irrespetuosa que está embarazada. El padre cae redondo al suelo y muere al instante. A raíz de esto, la madre de Maria le guardará un profundo resentimiento a su hija. Maria deja su casa y comienza a vagar las calles, dejándose perder en un mundo al que hasta entonces había sido ajena por su propia ignorancia y superficialidad. Es evidente que Maria necesita algo distinto, impulsada por un sentimiento nuevo que crece en su interior y que no termina de comprender. Maria se siente avergonzada de sí misma, de su situación, y probablemente culpable de lo que le ha ocurrido a su padre. "I am ashamed of being young. I am ashamed of being stupid”, escribe en su diario.

Entonces conoce a Matthew, quien está tan jodido y confuso como ella, pero de otro modo. Es un tipo perfeccionista y muy inteligente, cercano a la misantropía. Su forma de ver el mundo le impide mantener sus trabajos o sus relaciones personales; para él, el mundo está dominado por la hipocresía más absoluta. Matthew vive bajo el influjo de un padre violento y controlador que le retiene en un mundo de odio y resentimiento, emociones que Matthew vuelve en contra del mundo. Cuando él y Maria se conocen, se dan cuenta de que les une su frustración y su confusión, si bien es difícil encontrar a dos personas más dispares en el mundo. Ambos están rodeados, eso sí, de gente agresiva y controladora en sus vidas. Se dan cuenta de que, cuando están juntos, pueden decir todo lo que piensan sin ser rechazados… aunque no terminen de entenderse del todo. No importa. Sus confusiones se atraen irremediablemente. No son misfits, no son estereotipos indie, son dos personas reales y –al mismo tiempo– peculiares. O quizá lo auténticamente peculiar sea la situación en la que se encuentran, no ellos. Y ni siquiera esa situación es tan peculiar, sino que es de lo más prosaica y común; muchos hemos pasado por esa clase de confusión, frustración y hartazgo.

Maria: What do you want from me?
Matthew: I don’t want anything.

Poco a poco el pelo cardado y el maquillaje excesivo iniciales de Maria van dando lugar, según se produce su evolución personal, a un aspecto mucho más sencillo y maduro. Pelo liso, una sencilla coleta, nada de coloretes ni pintalabios y el regreso a unas gafas que le hacían parecer una empollona. Pero que resultan gustarle a Matthew. Es precisamente a Matthew a quien le cuesta más salir de sus rígidas y áridas posturas, y esa será la fuente de los problemas. De hecho, cuando Maria descubre que Matthew lleva consigo a todas partes una granada de mano (símbolo de su estado al borde de la autodestrucción, símbolo de un espíritu casi terrorista), se encarga de intentar quitársela de las manos. A Matthew le costará librarse de su apego por la granada. Este elemento simbólico, lejos de extrañarnos y sacarnos de la historia, nos ayuda a comprender el auténtico problema, el auténtico virus, el auténtico cáncer en Matthew que le impide crecer y que le impide ser alguien en quien se puede confiar. Maria no puede dar marcha atrás en su viaje hacia la responsabilidad y hacia el entendimiento de algo que él, con todo su conocimiento y filosofía, no logrará vislumbrar y mucho menos comprender.

Eso no significa que Matthew no lo intente. Lo hará. Intentará ser normal y anodino, rendirse a una vida de conformismo, ver la televisión, mantener un trabajo que odia… intentará “aniquilar su intelecto”, como él mismo lo llama, como un doloroso sacrificio que hará en nombre del respeto y la admiración que siente por Maria y por la relación que ambos han acordado en mantener. De hecho, llegará a proponer matrimonio a la joven y a cuidar de su hijo.

El desenlace que nos propone Hartley a este viaje compartido (o no tanto) hacia la madurez es frustrante y desagradable. No trágico, sino decepcionante. Pero no es la historia la que decepciona, sino los personajes y sus decisiones. La historia, lejos de decepcionarnos, nos ilumina. La pureza de esa relación sin sexo, basada en el respeto y la admiración, el compromiso del matrimonio y de la paternidad, el entendimiento mutuo frente a un mundo hostil y odioso, no son suficientes. Todos estos elementos juntos no conforman el amor. De lo único que podemos estar seguros es que el elemento más importante, el que da título a la película, es una idea resbaladiza, anhelada secretamente y de la que quizá se habla demasiado, pero que desgraciadamente brilla por su ausencia.

Huyendo de la sensiblería, Hartley nos cuenta con palabras e imágenes sinceras una historia agridulce que, con un humor lejano y retorcido, nos habla de lo que creemos que es el amor y de cómo nos sentimos al confrontarlo a la realidad.