Un loco anda suelto

Título: Un loco anda suelto (The Jerk)
País y año: EE UU, 1979
Dirección: Carl Reiner
Intérpretes: Steve Martin, Bernadette Peters, Bill Macy, M. Emmet Walsh, Maurice Evans
Guión: Steve Martin, Carl Gottlieb, Michael Elias
Cartel de Un loco anda suelto

La comedia se apoderó de Estados Unidos a mitad de los años 70. Cualquier persona medianamente bien informada y que haga un pequeño sondeo de la historia de dicho país desde los 60 hasta el momento en el que se emite el primer episodio de esa obra seminal llamada Saturday Night Live te dirá que todo aquello era normal, ciertamente, América se merecía echarse unas risas si es que quería soportar en pie.

El aligeramiento de las directrices morales que trajo la explosión contracultural en la década anterior no se produjeron con la premura que promulgaba desde el escenario Jim Morrison (We want the world and we want it now) pero, poco a poco, fueron filtrando en la cultura de masas colándose en las casas de la clase media acomodada. La experimentación (con las drogas, con el sexo, con la cultura, con el sistema político…) quizás fuera una cosa que se daba por enterrada con la disolución del movimiento hippy pero, lo cierto, es que la humillación de la salida de Saigon, la crisis petrolífera del 73 y el caso Watergate, en cierto modo, sirvieron para que los americanos entendieran que, a lo mejor, un poco de todo aquello no les vendría mal del todo y que, era posible y solo posible (aunque luego Reagan lo negara) que había otra forma diferente de hacer las cosas.

En medio de dicho bullicio la crisis de valores del American Way of Life (nunca más puestos en solfa que en dicha década aunque más tarde han sido asquerosamente restituídos en su forma más burda…) había arrumbado con la industria del entretenimiento demasiado anquilosada en los valores antiguos como para entender los cambios. Es curioso que, desde el cine independiente, se estuvieran haciendo películas mucho más interesantes, mucho más buenas y mucho más importantes que desde los grandes estudios. La explosión de los “indies” (un raro grupo donde englobar a Scorsese, Bogdanovich, Coppola, Cimino, Lucas, Spielberg, Hackford, Ashby, los hermanos Schrader, etc.) cogió a Hollywood de improviso y, muy pronto, los efectos de todo aquel grupo comenzó a filtrarse en la televisión y en el cine. Las reglas estaban definitivamente y, ahí fuera, había una gente que no quería ver Hello Dolly.

Posiblemente ese golpetazo de aire fresco fue lo que provocó que Jim Belushi, Andy Kauffman, Steve Martin, Bill Murray, Chevy Chase, Gilda Radner y otros tantos cómicos salieran del anonimato de los clubes de comedia y de los grupos de teatro independientes. De hecho fue, un por aquel entonces jovenzuelo, Lorne Michaels el que se encargó de llevarlos a todos a la televisión y a ponerlos frente a las cámaras en horario de máxima audiencia, eso sí, recordándole al público que eran un reparto no apto para grandes audiencias y menos para el prime time de una cadena como la NBC conocida por ser un tanto conservadora como empresa. De hecho ni George Carlin ni Mel Brooks, por poner algunos ejemplos, habían gozado jamás de las simpatías de dicha cadena.

Más allá de eso los cómicos negros rompían también las barreras raciales (aún vigentes) y Richard Pryor o Bill Cosby —un Bill Cosby bastante menos santurrón que el personaje que le hizo famoso— comenzaban a hacerse populares y a aparecer en televisión junto a otros consolidados cómicos negros como Redd Foxx (amigo personal en la juventud de Malcolm X y condenado junto a él en un juicio por robo y estafa) que salían definitivamente de los clubes de comedia para negros con un humor lleno de palabrotas y que exploraba todos los límites de lo que es conocido absurdamente como “humor racial”. 

La revolución estaba en marcha y muy pronto los cómicos de Saturday Night Live se convirtieron en objetivo prioritario de las estudios de Hollywood. Fue así como se pudo producir Desmadre a la americana o El club de los chiflados.

Pese al éxito innegable de Lorne Michaels hay que apuntar en su contra que no fuera capaz de entenderse con Andy Kauffman (demasiado incontrolable incluso para Michaels acostumbrado a lidiar con gente como Belushi), que no descubriera a tiempo el potencial de Richard Pryor pero, sobre todo, que no fuera capaz de incorporar a Steve Martin.

Martin que era un cómico fijo dado a la comedia física y al juego de palabras absurdo había sido fijo en el show de Sonny and Cher y tenía una larga trayectoria como cómico. Un cómico que, quizás, a Michaels le resultara un poco más convencional que su producción aunque solo fuera por el hecho confeso de que la base de Martin era el vodevil americano, una especie de reinvención del cómico circense o de pequeño teatro que parecía excesivamente familiar. Será por eso que tardó una temporada en invitarlo a presentar un programa.

Martin iniciaba un nuevo despegue en su carrera durante esta época estrenando lo que sería su trabajo cómico en vivo más interesante y aplaudido A wild and crazy guy, un chute de adrenalina y “humor pánico” que lo colocaba a medio camino entre Mel Brooks y Kauffman. Se presentaba ante la audiencia con un epatante traje blanco, tocado con una flecha atravesándole el cráneo y portando un banjo para interpretar canciones, hacía juegos malabares, imitaciones cómicas y desplegaba una capacidad para el mimo chungo y el absurdo impagable.

En 1977 y de la mano de su amigo Carl Reiner Martin comenzó el rodaje de Un loco anda suelto (The jerk en el original que podríamos traducir como “El gilipollas”) donde, por fin, podía dar rienda suelta a toda su comicidad en pantalla grande y alejarse de una vez de la televisión y del humor en directo.

Navin R. Johnson es un vagabundo apostado en la esquina de un cine que, completamente borracho, comienza a contar su historia a cámara. Es el hijo de una familia de agricultores de Mississippi que viven en la pobreza. El día de su cumpleaños su madre le revela un enorme secreto: es adoptado y no es negro como él piensa. Navin dice que algo sospechaba porque el blues “lo deprime un poco” y nunca ha sido capaz de seguir el ritmo de una canción. Dispuesto a encontrarse con su destino Navin, un imbécil en toda regla, parte del hogar familiar con un último consejo dado por su padre: “No te fíes de los blanquitos”.

A partir de ahí la vida de Navin da un vuelco y asistimos a sus comienzos como trabajador de una gasolinera y a un absurdo e irresistible ascenso en la escalera del éxito en el que se deja su alma (pero no su estupidez) en el camino.

Gags descacharrantes, situaciones absurdas, chistes cada dos minutos reunidas alrededor del talento infinito de Martin son las armas de batalla de esta película considerada por un servidor como una de las mejores comedias del siglo XX y, creo yo, que de todo lo que llevamos del XXI. Un loco anda suelto es la certificación de que un nuevo tipo de comedia estaba naciendo en Estados Unidos y que tendría otros muchos hijos bastardos. Es innegable que marcó a toda una generación de realizadores y guionistas y que asentó parte de las bases fundamentales de las comedias actuales. Despreocupada y desprejuiciada por completo Un loco anda suelto convierte cada minuto de su metraje en una joya por la que desfila el talento desbordante de Steve Martin como escritor de gags y sketches que luego se reflejaría en ese experimento cómico llamado Cliente muerto no paga o en la aún más chiflada Un genio con dos cerebros. Por cierto, las tres dirigidas por Carl Reiner que se había batido el cobre en el pasado junto a Brooks entre otros y que Steve Martin adora.

La primera película de Martin se revela como una parodia de todos los dramones setenteros (también hubo hueco para la tragedia, no crean; ese año tuvo que competir con Kramer contra Kramer) y como una obra hecha a la medida completa de su creador que rebusca hasta el fondo de su repertorio para arrancarnos la carcajada.  Una película hecha para desconectar, acaso para quitarse el mal sabor de toda una década y dejarse llevar por ese placer sano de la risa. Dicen que es una película con pocas pretensiones pero no crean, eso siempre se dice de las comedias, ¿es una falta de pretensión querer hacer reir? Súbanse a un escenario vestidos de blanco, sujetando un banjo y con una flecha de coña atravesándoles la cabeza ante el público y, cuando pasen cinco minutos, me cuentan si es o no es una tarea con las más altas pretensiones y la peor de las dificultades.