Withnail and I

Título: Withnail and I (Withnail and I)
País y año: Reino Unido, 1986
Dirección: Bruce Robinson
Intérpretes: Richard E. Grant, Paul McGann
Guión: Bruce Robinson
Cartel de Withnail and I

No tengo nada que decir acerca de Handmade Films. Todo lo que tenéis que hacer es leer el texto de MrInsustancial para FilmBunker acerca de una de las primeras películas de esa escudería, The Long Good Friday, en el que hace una interesante introducción a esta productora que surgió de los bolsillos del ‘beatle’ George Harrison. Únicamente recordaros que fue la creación de Handmade Films lo que hizo posible esa joya unánime que es La vida de Brian de los Monty Python. Si a eso añado que CinematicD escribió su texto bautismal para FilmBunker acerca de otra película de dicha productora, Mona Lisa (también, por cierto, con un Bob Hoskins saliéndose del molde), quedará claro que la cosa tiene jugo. La filmografía de Handmade films tiene quizá algunas concesiones poco interesantes como Shanghai Surprise pero reúne otra serie de películas que han pasado a ser obras memorables; entre ellas, esta epopeya etílica que es Withnail and I.

La obra puntera de Bruce Robinson (basada en su propia novela autobiográfica no publicada) no dio demasiado juego a nivel de taquilla en su estreno en las salas de cine, pero en el circuito de video desplegó su poderío como cinta de culto. Quizá sea su humor absurdo y surrealista, mezclado con ese aire bohemio de clase oprimida y esa vena (¿pseudo-? ¿cuasi-? ¿mega- ?) intelectual o poética de la clase aplastada lo que haya propulsado el interés y el estatus de culto que tiene este título. Todo el grafismo y diseño relacionado, así como el cartel de la película, añaden más reminiscencias contraculturales; son obra del ‘ilustrador gonzo’ Ralph Steadman, que algunos asociaréis con dibujos relacionados con el mundo de Hunter S. Thompson.

También se trata de una película muy inglesa. Tanto la manera de hablar de los personajes como la cultura de pubs y la precisa ubicación crono-cultural de la historia son plenamente británicas y es comprensible que sean los anglosajones los que más se identifiquen con ella. En una época en la que los nuevos creadores hacen todo lo posible por evitar los localismos para así globalizar y comercializar sus obras, películas como Withnail and I vuelven a nosotros desde los 80 para recordarnos que es precisamente el contenido cultural y nacional específico el que proporciona ese aura de durabilidad e inmortalidad que sobrevive y supera décadas y continentes.

Withnail y Marwood (“I”, ‘yo’), son dos actores en paro cuyo mayor sueño es interpretar “al danés”. Hasta que llegue ese momento glorioso, se contentan con vivir entre mierda en su caótica y asquerosa madriguera en Camden Town, Londres, sin hacerle ascos a ninguna droga pero, eso sí, entregados irremediablemente al alcohol. A medida que vamos conociéndoles y descubriendo su quijotismo y sanchopanzismo iremos enfadándonos con sus estupideces y riéndonos de sus locuras, como en la escena en que Withnail engulle de un trago el líquido inflamable del Zippo al darse cuenta de que se han quedado sin bebida. De alguna manera, la narración y (sobre todo) la interpretación de Richard E. Grant y Paul McGann hace que empaticemos profundamente con estos dos deshechos humanos, que nos irritemos con sus cobardías y mentiras, que nos compadezcamos de su sino y sus paranoias psicóticas, y que con su cinismo e ignorancia nos partamos de la risa al mismo tiempo que nos entristezcamos por su condición y, por breves (muy breves) momentos, vislumbremos su grandeza.

There must and shall be aspirin!

Withnail, envidioso, cobarde, embustero y cínico, es un ser amargado y extremadamente verbal, que vive escondido del mundo junto a la única persona en el mundo que podría aguantarle: el tímido, débil y paranoico Marwood. Por momentos pensamos que son dos lados de la misma persona, dos extremos que se tocan, una sola cosa que está rota en dos. Son, al mismo tiempo, complementarios. Se escuchan y se mienten hasta el punto de la intimidad más absoluta. Se quieren y se traicionan como sólo uno mismo puede quererse y traicionarse. Son más que hermanos, más que pareja. Desde el principio es evidente que no son homosexuales, del mismo modo en que queda claro que son abiertamente asexuales. Lo único que les motiva, el único impulso en su vida, es encontrar “los mejores vinos disponibles para la humanidad. ¡Y los vamos a tener aquí, y ahora!”. Al menos hasta el momento en que al introvertido y relativamente romántico Marwood se le ocurre la idea de ir una temporada al campo para huir de la miseria en la que viven, y allí les acompañamos en su periplo. El viaje dará lugar a enredos y situaciones que muestran, por cierto, una cinematografía digna de un cine clásico y paisajista/costumbrista que se contrapone al absurdo de las conversaciones y lo ridículo de las situaciones.

¿Estamos ante una comedia? ¡Sí, por supuesto! Hacía tiempo que no me reía tanto de chorradas tan grandes… ¿O quizá ante una amarga tragedia? Lo cierto es que, después de acompañar a Withnail y Marwood en sus desventuras, nos quedamos con un sabor de boca que parece una mezcla de aire libre, cianuro y alcohol de garrafón. Nos hemos reído sin tregua, pero la sensación que se nos queda al final es la de una intensa miseria, una tristeza más allá de la risa y la identificación con los pobres diablos. Nos queda la sensación de que nadie se merece ser Withnail and I, y mucho menos ellos mismos. El discurso final de Withnail, de vuelta en Londres, declamado ante una manada de lobos, es negación de humanidad, lirismo absoluto, nihilismo misántropo, poesía del renegado. Es Hamlet.